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Pastor EVANGÉLICO visitó seminario católico por curiosidad… 6 años después celebra su primera misa

 

Mi abuela asistía a sus misas en la parroquia de San Pablo y nosotros íbamos a nuestros cultos llenos de guitarra eléctrica y proyectores. Pero ella nunca dejó de orar por nosotros, siempre lo supo. Décadas después entendería que su oración silenciosa y constante era más poderosa que mil sermones inflamados.

Recuerdo con claridad una tarde de mi adolescencia. Tendría unos 15 años cuando mi abuela me regaló un pequeño crucifijo de madera para que te proteja”, me dijo con esa sonrisa suave que tenía. Mi padre, que estaba presente se tensó visiblemente. Yo, intentando navegar entre ambos. Lo acepté con educación, pero nunca lo usé.

Lo guardé en un cajón de mi escritorio donde permaneció durante años olvidado. Solo décadas después, cuando limpiaba mi apartamento después de renunciar al pastorado, lo encontraría nuevamente y me quebraría al recordar su gesto silencioso de fe. Entré al seminario evangélico con 18 años, lleno de certezas y de fuego.

El Instituto Bíblico de Lérida era conocido por su formación sólida. su énfasis en el estudio profundo de las escrituras y su enfoque en plantar iglesias. Pasé 4 años estudiando teología sistemática, hermenéutica, omilética, griego bíblico. Aprendí a desarmar cada argumento católico con precisión quirúrgica. Me enseñaron que la reforma había rescatado el evangelio puro de las garras de Roma, que solo la escritura era nuestra autoridad, que la salvación era por fe sola, que la tradición católica era una distorsión peligrosa

del cristianismo primitivo. Uno de mis profesores, el doctor Eliseo Martínez, era particularmente vehemente contra el catolicismo. Había sido católico en su juventud antes de convertirse y sus clases estaban llenas de historias sobre la oscuridad espiritual de la que había escapado. La Iglesia Católica decía con convicción absoluta, es un sistema religioso que ha oscurecido el evangelio simple de Cristo con siglos de tradiciones humanas y supersticiones paganas.

Yo absorbía cada palabra, tomaba notas meticulosas, memorizaba sus argumentos. Me convertí en uno de sus estudiantes más dedicados, capaz de debatir con cualquier católico y demostrar contextos bíblicos y razonamiento lógico por qué estaban equivocados. Me gradué con honores y comencé a servir como pastor asociado en una iglesia en Huesca.

3 años después, con 25 años, recibí el llamado para plantar una nueva congregación en las afueras de Zaragoza. Fuente de Vida comenzó en la sala de estar de mi pequeño apartamento con 12 personas. En 7 años crecimos hasta casi 300 miembros regulares. Teníamos un edificio propio, tres servicios los domingos, ministerio de jóvenes vibrante.

grupos de estudio bíblico en 15 hogares diferentes, un presupuesto anual de casi 200,000 € Yo predicaba con pasión, organizaba conferencias, visitaba enfermos, aconsejaba parejas, bautizaba convertidos y estaba vacío. No sabía cómo nombrarlo. Entonces era una sensación difusa, un malestar que no podía localizar.

Los domingos me paraba frente a la congregación y levantaba mis manos mientras el equipo de alabanza tocaba y la gente saltaba y gritaba y lloraba. Y yo sentía como si estuviera actuando en una obra de teatro cuyo guion ya no me convencía. Cuanto más fuerte era la música, más intensos los gritos de gloria a Dios y aleluya, más profundo era el silencio que crecía dentro de mí.

Había domingos donde el vacío era tan palpable que temía que alguien pudiera verlo en mi rostro. Subía al escenario. El equipo de alabanza ya había calentado a la multitud con 40 minutos de música progresivamente más intensa. Las luces estaban estratégicamente atenuadas para crear atmósfera.

 El humo de las máquinas de niebla flotaba entre los focos de colores. La gente levantaba las manos, algunos lloraban, otros gritaban palabras en lenguas y yo me paraba allí micrófono en mano y pensaba, “¿Qué estamos haciendo? ¿Es esto adoración o es entretenimiento religioso?” Intenté explicármelo de varias maneras. Quizás estaba quemado, quizás necesitaba vacaciones, quizás estaba enfrentando un ataque espiritual del enemigo y necesitaba ayuno y oración.

Hablé con otros pastores, amigos, que me dijeron que todos pasamos por valles espirituales, que era normal. Aumenté mi tiempo de oración personal. Leí libros sobre avivamiento y renovación espiritual. Nada cambiaba. El vacío seguía ahí, creciendo lentamente como una grieta imperceptible en un muro que parece sólido.

Recuerdo una noche en particular, debía ser alrededor de las 3 de la mañana cuando me desperté con una pregunta que no podía silenciar. ¿A quién le estás predicando? ¿A ellos o a ti mismo? Me senté en la cama sudando a pesar del frío de febrero y entendí con claridad terrible que llevaba meses, quizás años, intentando convencerme a mí mismo de verdades que ya no me convencían completamente.

Cada sermón era un intento de reconstruir mi propia fe, desmoronándose. Cada declaración enfática sobre la certeza de la salvación o la claridad de las Escrituras era un grito contra mis propias dudas crecientes. Fue un jueves por la mañana de octubre cuando todo comenzó a desmoronarse de verdad, aunque tardaría años en admitirlo.

Kía había salido temprano de casa para caminar un poco antes de ir a la oficina de la iglesia. Zaragoza estaba fría esa mañana con una niebla ligera que difuminaba los contornos de los edificios. Caminaba sin rumbo fijo por el casco antiguo cuando pasé frente a la basílica del Pilar.

 No era la primera vez, por supuesto. Vivía en Zaragoza. Era imposible no pasar frente a ese enorme complejo católico. Pero esa mañana algo era diferente. Eran las 6 de la mañana, demasiado temprano para turistas, y escuché algo que me hizo detenerme. Cantos. No música contemporánea con guitarras y batería, no gritos ni aplausos, cantos gregorianos profundos y tranquilos que flotaban en el aire frío de la mañana.

 La puerta lateral de la basílica estaba entreabierta. Me quedé parado en la acera, mi aliento formando nubes pequeñas en el aire helado, escuchando esos cantos que parecían venir de otro tiempo. No sé cuánto tiempo estuve ahí, quizás 5 minutos, quizás 20. Solo recuerdo que algo dentro de mí se movió, algo que no podía nombrar. Los cantos eran masculinos, monacales, sin instrumentos.

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