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EL PESO DE UNA PROMESA: EL ECO DEL BIEN EN LA CIUDAD DE CRISTAL NH

EL PESO DE UNA PROMESA: EL ECO DEL BIEN EN LA CIUDAD DE CRISTAL NH

La lluvia en la Ciudad de México no caía; se desplomaba como un castigo divino sobre el asfalto gris. En medio del caos de claxons y luces de neón, la familia Santoyo se encontraba en el epicentro de su propia tormenta. Alberto, un hombre cuyos ojos reflejaban el cansancio de mil turnos dobles, sostenía el volante de su viejo sedán con los nudillos blancos. Atrás, su esposa Elena abrazaba a su hija de seis años, Sofía, quien tiritaba de fiebre.

—¡Alberto, no arranca! ¡Por favor, el hospital está a diez cuadras y el coche se ha muerto! —gritó Elena, con la voz quebrada por el pánico.

El motor solo emitía un quejido metálico y agónico. Alberto bajó del auto, empapado al instante, y comenzó a empujar con todas sus fuerzas. El agua le

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