Desde hace mucho tiempo he querido sacar de mi pecho esta situación, este dolor que me embarga, pero también lo hago porque hubo situaciones que quizá yo provoqué. Confieso que utilicé brujería y eso no fue lo mejor, pero también hubo cosas que yo sufrí, que experimenté y que al final ustedes podrán juzgar por su propia cuenta.
Esto me ocurrió hace 10 años y debo comenzar contándoles que en ese tiempo mi marido Alfonso y yo estábamos atravesando una crisis. Evidentemente la diferencia de edad era muy notoria, sobre todo en la intimidad. Mi marido tenía que tomar medicamentos, ya saben, para poder funcionar como hombre.
Sin embargo, debido a otras complicaciones del corazón, él ya no pudo usar los medicamentos. Y yo a veces en las noches sentía la necesidad de que él me tocara, que me hiciera el amor y otras cosas, pero eso iba a ser prácticamente imposible. Ahí entendí que la intimidad es importante en un matrimonio, muy importante.
De hecho, definitivamente es la cereza del pastel. Y con la ausencia de caricias, besos y demás, nuestra relación se fue deteriorando. Yo estaba irritable, histérica, desesperada. Sentía que ya no aguantaba a mi esposo. Créanme que en un escenario favorable yo lo hubiera cuidado y lo hubiera aguantado. Pero también mi marido, yo le supe que me había sido infiel un par de veces, pero siempre me lo callé porque yo, como una mujer hecha a la antigua, sentía que el hombre necesitaba también desfogar fuera de casa. Y aunque guardé
aquello con dolor, con resentimiento, terminé sacándolo en esos momentos en que mi marido estaba ahí. Ya en los últimos momentos de su vida, al final mi marido terminó muriendo. Un infarto ahí en casa, en la sala, un domingo cualquiera. Me tocó ver cómo se desvanecía y cómo su vida se extinguía, como sus ojos se quedaron fijos hacia un retrato que teníamos ahí colgado en la pared, donde aparecíamos juntos el día de nuestra boda.
Le lloré, sí, no lo voy a negar. Lo quería mucho, pero había una mezcla de emociones. Por una parte me daba tristeza y, por otra, tenía una sensación de libertad, como si su muerte hubiera roto unas cadenas que me sostenían prisionera en esa casa, a ese matrimonio que ya se había convertido en una pesadilla. Organicé el funeral y también el entierro.
Acudió mucha de su familia conocidos. Aquello era más parecido algo a una fiesta. Había risas por aquí. carjajadas por allá. Es como si no hubieran tomado en serio la muerte de mi marido. Pero bueno, aquello me facilitó el no mostrar tantas emociones, al menos no las de dolor. Cuando enterraron a mi marido, el abogado acudió para leer su testamento.

En aquella declaración de su voluntad, Alfonso prácticamente me dejó todo a mí y solo una pequeña parte para sus hermanos. Nuestros hijos ya eran adultos y estaban casados y eran profesionistas. De esta forma se estipulaba que al pasar todo a mis manos, cuando yo muriera, la herencia debería pasar a nuestros hijos.
Ellos no dijeron nada, estaban completamente de acuerdo. Nuestros hijos siempre fueron muy justos, muy derechos. Y yo la verdad es que no tenía idea de qué iba a hacer con tanto dinero. Mi marido siempre fue el que manejó los ingresos. Yo a veces tocaba un poco el dinero, pero muy poco. Alfonso siempre se encargó de todo y por ello es que no tenía idea de cómo es que lo iba a administrar.
Pasaron varias semanas después de la muerte de mi marido. Después de que terminó el novenario, algunas de mis amigas me llamaban para salir, que al café, que al cine, que simplemente a caminar o a hacer yoga. Yo no tenía ganas de hacerlo. Tenía una especie de miedo a salir a la calle, una ansiedad muy extraña.
Siempre fui a una mujer de hacer ejercicio, de llevar buena alimentación. Para tener 60 años, me veía muy, pero muy bien al espejo, como una mujer joven de 30. Eso sí, con mis arrugas en la cara y parte de la naturaleza de mis años. Pero por dentro yo me sentía una mujer triste, deprimida y tímida. Poco a poco fui saliendo.
Iba a las compras, iba al banco a revisar los estados de cuenta. Lo que más me costó trabajo fue acoplare a una aplicación del celular donde tenía los ingresos registrados. Desde ahí hacer movimientos era algo sorprendente, completamente nuevo para mí. Sentía que estaba viviendo en un mundo donde me tenía que adaptar porque era eso o perecer.
En alguna ocasión yendo al café con mi amiga Norma, ella me convenció de que fuéramos a una clase de yoga. Me dijo que iban puras mujeres como de nuestra edad y tenían un profesor que era muy joven y guapo. A mí eso no me llamaba la atención, pero sí lo hacía. La manera en que mi amiga Norma me contaba que la pasaban bien, de cómo el ejercicio le sentaba de maravilla y cómo es que aquel joven guapo era una cosa digna de admirarse.
Dejamos ese tema en blanco por un tiempo, pero ya cada que yo llegaba a mi casa sentía un vacío muy raro, una soledad que poco a poco se volvió un tormento y entendí ahí que yo aún era una mujer con energía, que aún sentía deseos humanos y sobre todo carnales. Y ese vacío se fue extendiendo al grado que entendí que me gustaría volver a amar, volver a sentir y volver a probar las mieles de la intimidad.
Pero también tenía un dilema en mi cabeza. Sentía que ya estaba vieja para esas cosas, que a lo mejor me vería ridícula andando nuevamente de enamorada. Pero un día que fui al centro comercial de compras, no sé por qué me llamó la atención un lugar donde vendían cosas de tipo esotérico. Hubo unos cuarzos que llamaron mucho mi atención por su tamaño y por lo bonito que estaban.
Así que me acerqué y la chica que atendía de inmediato se acercó. me regaló una especie de volante donde venía la información relativa al negocio y a los servicios. La joven al abordarme empezó a platicarme sobre esto. Me decía que ahí vendían objetos místicos que hacían limpias, trabajos de brujería y demás cosas.
Y yo me sentía muy rara estando ahí, parada y escuchando esas cosas. Todo me parecía incluso hasta ridículo, como que brujería, esas cosas no eran reales. Pero la chica me hablaba de aquello con tal seguridad que, créanme que me terminó convenciendo de que pasara para que me dieran una muestra de lectura de mano.
Bueno, no era una muestra como tal. Al final tenía que dar un pago voluntario, una aportación por recibir aquel servicio. La chica me metió a un pequeño cuartito oscuro, iluminado con una lámpara de color roja, dando ese tono místico al asunto. Al sentarnos me tocó la mano, prendió un incienso y, revisando mi mano, con su dedo recorría las líneas lentamente.
estaba muy callada y de pronto comenzó a soltarme todo su testimonio. Veo aquí, señora, de que está pasando por una situación muy triste, una pérdida reciente. Probablemente alguien murió o alguien se alejó de su vida. Esto le ha dejado un vacío, una necesidad de afecto. Siente inseguridad, tristeza y desconfianza porque tiene que enfrentar un mundo usted sola.
por dentro desea amar, desea tener a alguien cerca que le cuide, le proteja y le ame. Tiene miedo de envejecer y de vivir sola el resto de sus días. Pero también aquí veo la posibilidad de varios caminos. Veo varios hombres que estarían dispuestos a crear con usted una vida, un romance.
Veo que en el pasado también tuvo una enfermedad, una cirugía importante que le marcó prácticamente la vida. También puedo notar que usted aquí tuvo tres hijos, que ellos están sanos, están tranquilos, pero a mí lo que me preocupa es lo que veo referente a su tristeza. Eso es un detalle que se debería arreglar. Debe atenderlo usted.
Me sorprendía mucho lo que esa chica me decía. Mi marido recién había muerto. Me había dejado ese vacío con esa necesidad de amar, de que alguien me abrazara y me dijera que todo estaría bien. Con esas declaraciones, la chica se ganó mi confianza y puse de hecho todos mis créditos en sus palabras. Por esto fue que cuando me ofreció un servicio para la buena suerte, para atraer el amor y la abundancia, sin lugar a dudas lo acepté.
La chica me estuvo platicando de un jabón especial, de una medallita que era como un amuleto, la cual debía yo cargar siempre en mi monedero o en mi bolso. Supuestamente con aquello. El amor llegaría a mi vida. Pero eso sí, también yo debía tener cierta exposición social porque estando en mi casa encerrada, el amor no iba a ir a tocar a mi puerta.
Terminé comprándole todas aquellas cosas. La chica también me vendió una veladora especial. supuestamente ya trabajada con brujería, me dijo que si yo tenía un prospecto un nombre que me gustara, simplemente debía colocar esa veladora encima de la fotografía, rezar unas oraciones y entonces el amor de aquella persona estaría conmigo.
Yo llevaba tantas cosas que ni me la podía creer. Pensaba que había caído en una trampa de marketing, que solamente eso servía para sacarme el dinero y que iba a perder mi tiempo. Me fui a casa. Ya había hecho mis compras y guardé todo aquello en el closet. Por un momento pensé en tirarlo, pero algo de mí le daba el beneficio de la duda a aquella mujer, algo muy dentro me hacía pensar que no era del todo tan irreal, que a lo mejor si era cierto hasta cierto punto y que en algún momento que tuviera mucho ocio, desesperación,
entonces lo intentaría. Olvidé aquello de las compras durante unos días, pero llegado el siguiente viernes acudí con mi amiga Norma a las dichosas clases de yoga y créanme que ahí me llevé una sorpresa muy pero muy extraña. La cuestión es que aquel profesor de yoga que tenían, aquel joven del que todas hablaban como locas, era un muchacho de unos 35, 37 años.
La verdad es que muy guapo, muy apuesto, pero saben qué es lo que me flechó de aquel hombre. Es que en su rostro el parecido que tenía con mi difunto Alfonso cuando era joven era completamente total. Eran como dos gotas de agua. Yo sentía que mi difunto había reencarnado en ese joven, pero en una versión físicamente mejorada.
No les voy a mentir, pero aunque suene hipócrita y ya les haya dicho que mi marido al final pues no era tanto de mi agrado, pero cuando nos conocimos y cuando me conquistó era idéntico aquel muchacho. Solo fue con unos años más, por supuesto. Eso sí, el punto al que quiero llegar es que terminé siendo flechada al instante. Pero no solo fue aquello una especie de gusto, una extraña coincidencia, porque después de la primera clase se convirtió todo en una extraña obsesión, una necesidad, una cosa que traía todos los días en la cabeza, en la mente.
aquella primera clase recuerdo que él me daba indicaciones, se acercaba y me tocaba de los hombros, me hablaba cerquita al oído, me ayudaba a mejorar las poses y yo no más cerraba los ojos y me imaginaba otras cosas. En mi mente el pecado del amor con aquel muchacho me hacía divagar constantemente.
Me desconcentraba en la clase una y otra vez, pero aquello servía para que Misael, aquel muchacho, se acercara conmigo y tratara de corregirme. Eso significaba que había un poco de tacto, su aroma, su perfume. Yo estaba loca por ese muchacho desde ese primer momento. Cuando llegué a la casa me sentía una loca. Entendía que aquello no tenía lógica.
Porque yo tenía 60 y ese joven tenía unos 35, 38 años aproximadamente. Sabía que estaba viviendo una completa locura. Sin embargo, empecé a seguir yendo a las clases muy motivada. Iba hasta cuatro veces a la semana solo para estar cerca de Misael, para verlo, para contemplarlo e imaginarme tantas cosas en mi cabeza.
Pero también disfrutaba mucho cuando Norma y las demás. Hablábamos en el café del profesor Misael. Todas estábamos encantadas con él, pero yo por dentro realmente lo sentía como algo serio. Me imaginaba en una relación real con ese hombre y tenía un deseo tan fuerte de estar con él que esa locura terminó llevándome a que sacara todos los tiliches del closet, aquellos que compré de brujería.
Y entonces empecé a llevar a cabo aquel ritual. Esperé a una noche de luna llena. Coloqué la fotografía que obtuve en las redes sociales del profesor Misael. La coloqué sobre una mesa y encima le coloqué aquella veladora supuestamente trabajada con magia. Enseguida comencé a leer algunas oraciones y yo por dentro pedía que aquel hombre se enamorara de mí, que me hiciera suya, que fuéramos felices sin importar las diferencias de edad.
Finalmente, si yo había estado con un hombre mayor, ya no sería tanto problema para mí estar con uno que fuera unos años más joven que yo. Llevé a cabo aquellos rituales durante tres noches. A veces ni dormía pensando en qué tanto podría ser aquello realidad, pero finalmente era una mujer desesperada y no me quedaba otra más que ser paciente.
Total, si no pasaba nada, pues sola ya estaba. Ya vendría algo mejor después. Los días pasaban y yo seguía yendo a las clases, pero eso sí, siempre fui una mujer muy necia perdía la esperanza de que algo extraño ocurriera y me acercara con aquel hombre. Mientras tanto, por las tardes en mi casa, me gustaba sacar mis vestidos, los más coquetos, los más escotados, aquellos que ya no podía usar porque mi marido ya no me dejaba, me los lucía y yo me daba cuenta que aún me veía muy bien, que aún podía levantar suspiros y algo más en los hombres. Pues
bien, dicen que a veces gallina vieja hace buen caldo. Y a mi profesor Misael, yo estaba dispuesta a hacerle el mejor de los caldos, el más rico, el más suculento. Pues aquí, aunque suene a broma, pero yo tenía buena pierna y buena pechuga, así que aquel platillo sería demasiado suculento para ese hombre.
Pasaban nuevamente las semanas y yo no notaba nada extraño. Empecé a creer que la brujería era algo que que honestamente era una tomada de pelo, pero también la vida se iba a encargar de cambiarme la creencia, de darme una cachetada con guante blanco. Fue para una noche que salí con Norma. Y vamos las dos. Salimos a un centro nocturno.
En aquel presentaban shows y también había una pista de baile. Las dos íbamos como todas unas jóvenes, muy bien vestidas, arregladas, escotadas, perfumadas y maquilladas. Y de estar ahí escuchando la música y esperando si alguien no sacaba a bailar, de repente vi como una mano se acercó a mí y cuando levanté la mirada, aquel se trataba de Misael.
Y lo que me sorprendió fue cuando me dijo, “Buenas noches, señorita. Me pregunto si le gustaría bailar esta canción conmigo. Aquello me hizo gracia y a Misael también, pero no dudé en darle la mano y para que me sacara a bailar. Misael no iba solo, iba con otros dos amigos y uno de estos sacó a bailar a Norma.
Estábamos ahí bailando y me encantaba cómo me tomaba de la cintura, cómo olía su perfume, cómo iba vestido con esa camisa que parecía tela de seda, cómo se sentían los músculos a través de esa suave tela y cómo es que me sentía protegida tan cerca de él. Aquellos chicos se sentaron con nosotros en la mesa, empezamos a beber, a bailar y sobre todo a platicar.
Misael extrañamente se acercaba mucho conmigo. Yo entendía que era el contexto de pasarla bien. Aquello había sido una extraña casualidad y pues ahí estábamos viviéndola. Pero la plática entre nosotros se volvió muy interesante. Él no dejaba de mirarme maravillado de las cosas que le había contado, de cómo yo ya había recorrido algunas partes del mundo, de mis viajes, de mis experiencias.
Él me miraba como si también deseara haberlas vivido, como si fuera un hombre con hambre de vivir, de conocer. Y entre pláticas y tragos se nos fueron las canciones, los bailes y ya la hora de la salida. Justo antes de que nos fuéramos, recuerdo que Misael me dijo al oído y muy en secreto.
Mejor dicho, me preguntó si queríamos ir a seguir aquella fiesta, pero solamente nosotros dos. Aquello me parecía algo tan irreal, tan extraño, pero no podía dejar pasar la oportunidad, así que acepté. Le dije que sí, que podíamos ir a donde él quisiera. Yo se lo dije en un tono muy sugerente, ya saben, un lugar privado y solitario.
Así que nos acomodamos, nos despedimos y fingimos que nos íbamos cada quien por su lado. Norma llevaba su auto, así que ella se fue por su cuenta. Los otros dos amigos de Misael iban en taxi y Misael llevaba su auto. Él terminó llevándome y ya en el camino él me miró y me dijo con un tono muy serio, “¿Sabes, Mónica? Me sorprendió mucho la plática que tuvimos.
De verdad, me pareció fascinante y aunque sea extraño, pero me sentí conectado contigo, con tu visión. Hay algo en mí aquí dentro que no sé por qué, pero me empuja contigo. Siento como si te conociera de toda la vida. Y aunque suene muy directo, pero me siento atraído a ti. Quiero pedirte cordialmente si quieres venir conmigo a un lugar privado, tú sabes, para platicar más a gusto y quién sabe que pueda pasar, pero yo no te puedo llevar ahí sin tu consentimiento, así que dime si aceptas.
Yo me chiveé un poco, agaché la mirada, pero terminé dándole el sí. Misael, bien contento, le aceleró. y nos fuimos directo a un motel. Ahí nos metimos y compramos algunos tragos. La verdad, yo tenía un poco de nervios. Tenía miedo de que él me viera desnuda, que notara mi paso de los años y que pues eso le llegara a decepcionar.
Por eso es que en cuanto llegamos, él empezó a besarme, me tomó de la cintura y me apretó fuerte hacia su cuerpo. Se le notaba la juventud cómo irradiaba esa energía. Pero yo por pena le pedí que apagara las luces y él lo hizo. Y entre la oscuridad solamente podía escuchar su respiración, podía sentir sus caricias, como sus labios acariciaban los míos, cómo me besaba el cuello, cómo me iba desabotonando el vestido y cómo dejaba que sus instintos le guiaran sobre mi cuerpo.
Lo recorrió paso a paso y despacio. Para mí aquello era un sueño, una sensación extasiante. Pero lo mejor vino cuando él comenzó a hacérmelo. El cómo se movía, cómo me acariciaba y me sujetaba, cómo entrelazaba sus manos con las mías, como si aquello más que una noche de aventura fuera una noche de hacer el amor.
Les juro que tenía muchísimos años que no sentía aquello, que no me sentía mujer. En ese momento se me cayó la venda de los ojos y entendí que yo todavía estaba para amar, para sentir, para entregarme a un hombre. Y en ese momento me sentí la más afortunada del mundo. Cuando terminó, Misael se recostó a un lado mío, me abrazó, me besó los labios y me acarició el cabello.
Me trataba con tanto amor, con tanto cariño, que aquello simplemente me parecía incluso hasta absurdo, tampoco real. Pero también recordaba que le hice brujería y que a lo mejor aquello ya llevaba días haciéndole efecto, que a lo mejor, así como él estaba en mi mente, yo también estaba en la suya y estaba buscando el momento perfecto para salir de cacería y entonces atraparme en sus brazos.
Aquella noche desató una relación. Para mí era incómoda, no lo voy a negar. Por ello le pedí a Misaelka que yo fuera a secreto, que fuera a escondidas. Solo en lo que encontrábamos la manera de poder hacerlo público, Misael aceptó y fue así que él iba a mi casa, yo a la suya, que nos íbamos de noche de reventón, así como dicen los chavos, fuimos a un par de viajes y la verdad es que estábamos bien enamorados, pero también debo confesar que nunca me imaginé que todo aquello iba a llegar al nivel en el cual Misael me iba a pedir matrimonio.
Aquello era una completa locura. Él era tan joven, tenía todo por delante. Él tenía ganas de tener hijos, me lo dijo una vez, y pues eso ya no podía yo dárselo. No podía yo ser tan egoísta y sobre todo sabiendo que yo lo había embrujado para que estuviera conmigo. Por esta razón regresé al centro comercial.
Volví con aquella chica y le platiqué todo lo que estaba pasando. Le agradecí porque su trabajo fue eficiente. Esa razón fue la que me llevó a regresar porque yo tenía que romper ese lazo, ese cadena de amor, ese amarre, porque por más que yo lo deseara y quisiera que Misael quedara conmigo toda la vida, yo no podía hacer aquel acto de injusticia.
Aquella chica se me quedó viendo muy desconcertada, confundida, pero me dijo que si había alguna forma de romper aquello. Yo llevaba la foto que tenía de Misael y se la mostré. Y aquella chica se metió de nuevo al cuartito. Estuve yo viendo ahí cómo es que aquella rezaba sobre la fotografía y colocaba una sustancia extraña.
Ella hacía peticiones para que se rompiera nuestro lazo de amor y finalmente terminó quemando la fotografía. La chica, muy segura de sí mismo, me dijo que pasarían algunos días para que todo se acabara, para que el amor de Misael se disolviera y entonces todo volviera a la normalidad. Yo empecé a llorar.
Sabía que aquello me iba a doler, pero salí así de aquel lugar, con lágrimas en mis ojos y con la tristeza de saber que aquel muchacho se iría de mi vida. Los primeros días, Misael seguía bien intenso. Yo lamentaba porque le pedí tiempo para pensar aquello del matrimonio. Yo no me sentía lista, pero él insistía.
Sin embargo, al pasar de los días, aquellas insistencias dejaron de ocurrir y Misael poco a poco empezó a volverse más frío, más distante. La última vez que lo vi, estábamos en mi casa. Misael siempre había hecho comentarios sobre lo bonito que estaba. Yo le comenté que mi esposo había sido un empresario importante que me había dejado mucho dinero.
Le conté cómo él se forjó, cómo construyó todo aquello y cómo me había dejado casi todo en herencia. Aquella noche Misael y yo tomamos unos tragos. Empezamos a hablar de nuestra relación, de que ya no iba para ningún lado, que él merecía ir por otro camino. Pero ahí Misael me pidió que ya entonces solo una noche más, que quería despedirse de la mejor forma, haciéndome el amor como solo él sabía.
Aquella noche tomé mucho, me embriagué, quería evitar sentir el dolor, pero lamentablemente tampoco recuerdo cuando él me hizo el amor, el cómo me acarició o me besó. Eso no existe en mi memoria, pero lo que sí existe en mi vida fue un hecho muy oscuro y retorcido que jamás en la vida me hubiera esperado.
Después de la noche de copas de amor y caricias, recuerdo que desperté en mi cama completamente desnuda. Tenía unas marcas en el cuerpo de los mordisqueos que ese hombre me había hecho. Pero también vi que junto a mí se encontraba mi celular. Aquello me llamó la atención. Pero al ver que el teléfono estaba ahí y al recordar que yo lo había dejado en mi taburete, no pensé nada malo.
Sin embargo, 2 horas más tarde recibí una llamada del banco. En la operadora me acababa de decir que se había hecho un movimiento de dinero muy grande. Solo querían corroborar que yo en efecto lo hubiera hecho. No entendía de qué me hablaban, así que ingresé a mi cuenta de banco en el teléfono y al revisar mi saldo me di cuenta que mi cuenta estaba vacía.
Aquello era algo horrible porque, bueno, yo tenía varias cuentas de banco, pero la que estaba registrada en mi celular era una donde tenía fácil 3 millones de pesos. era donde hacía mis gastos del día a día, pero aquel dinero había desaparecido. Yo no entendía qué había pasado, cómo había ocurrido aquello, pero después me vino a la mente Misael y entonces todo cuadró.
Por un momento pensé que denunciarlo sería lo correcto, pero después entendí que no tenía sentido. Yo no quería hacerle daño a ese hombre, aunque él hubiera jugado conmigo. La operadora colgó la llamada y entonces me puse a pensar que en el momento en que a Misael se le fue el amor por mí, lo único que le quedaba era el interés, que él había vuelto a hacer lo que siempre fue, un maldito vividor.
Porque sí, tiempo después, hablando con mis amigas más a fondo sobre ese hombre, se había hablado de que Misael se había acostado con algunas mujeres, sobre todo adineradas, para quitarles dinero o para que le compraran cosas. Y aunque estoy segura de que él me amó con brujería y que hubiera sido incapaz de hacerme eso.
Por ello es que en cuanto terminé con aquel amarre de amor, él volvió a hacer lo que siempre fue. Por ello es que me desfalcó. Por ello es que se volvió un mañoso, una persona horrible. De verdad, nunca pensé en denunciarlo. Finalmente, no me quedé pobre. Aún tenía mucho dinero. Sentí que aquello era un pago por haberlo hecho amarme, porque también sé que con la brujería pude haberle hecho mucho daño, pude haberlo hasta acabado con su vida.
Pero también aprendí la lección de que aquello era un amor poco real, no era lo ideal. Y entonces fue que dejé aquel capítulo atrás, al menos por un tiempo. Y es que en mi caso a mí me robó una parte, no todo. Pero ya después de un año supe que Misael defraudó a una mujer, a otra de las que iban a su clase de yoga.
Evidentemente yo me enteré por parte de Norma. Desde que terminó mi relación con él, yo tomé muchísima distancia. De hecho, no volvía a verlo. Pero lo que sí es que aquel caso sonó muy fuerte porque Misael le robó dinero y además de esto la golpeó y la mandó al hospital. Cuando Norma me contaba aquello me parecía injusto, yo le perdoné por lo que me hizo, porque pensé que aquello equilibraba la balanza.
Pero también entendí que haber sido permisiva después de que me robó fue convertirlo en un monstruo mucho peor, mucho más voraz y destructivo. Por esto es que apoyada de la brujería, volví con aquella chica del centro comercial para pedirle un trabajo para que así Misael pagara las consecuencias de lo que había hecho.
Porque seguramente aquella mujer no era la primera a la que extorsionaba y golpeaba, quizá hizo hasta cosas peores. Por ello es que yo tenía que ponerle un alto. Aquella joven a cambio de dinero accedió. Ella me advirtió que esos trabajos eran algo que ella no le gustaba hacer porque eso comprometía energías muy fuertes, riesgos muy altos.
Por ello es que me cobró bastante, pero finalmente lo hizo. Aquella mujer me pidió una prenda o algo de Misael. Afortunadamente, yo guardaba una camisa de él y con esta aquella chica hizo un trabajo. En un frasco metió un fragmento de la camisa y también una fotografía y enseguida empezó a esparcir un líquido negro extraño y como gelatinoso.
Con este empezó a cubrir parte de aquello y empezaba a rizar. hizo un extraño conjuro con el cual supuestamente Misael iba a pagar todas las que había hecho. Aquella chica de la brujería fue quien se encargó de darle el toque final a aquel ritual. Yo simplemente me marché a casa para tener que esperar los resultados.
Al principio me sentía impaciente, llena de coraje. De alguna forma me sentía cómplice de aquello. Si yo le hubiera puesto un freno a Misael en su momento, él no hubiera actuado de aquella forma, no hubiera tenido posibilidad de dañar a aquella mujer. Por mi parte, seguí con mi vida tranquilamente y quizá hasta aburrida, pero con la conciencia más limpia.
Pero por otra parte, con Misael las cosas no terminaron bien. Para empezar, después de aquello que ocurrió con la mujer, él dejó de ser maestro en aquel lugar. Durante algún tiempo nadie supo de él. Después se supo que abrió una escuela de yoga en el otro lado de la ciudad, pero aquello no le duró mucho porque fue para entonces que terminaron arrestándolo.
La circunstancia es que él se involucró en un fraude muy grande a una empresa. Desconozco el cómo ocurrió, pero seguramente a través de alguna amante adinerada. Fue que Misael quiso hacer otra vez de las suyas, pero las cosas le salieron mal y terminaron demandándolo y metiéndolo a la cárcel. Hasta la fecha sigue encerrado.
Espero que se quede ahí mucho tiempo porque lo que hizo simplemente es algo horrible. En mi caso, yo le perdoné lo que me robó, porque sé que también yo le hice algo feo, porque sé que lo embrujé, pero también reconozco que corrí con suerte porque bajo otro contexto yo hubiera acabado mal. Quizás se hubiera aprovechado de mí de otras formas o incluso hasta me hubiera matado.
No me enorgullece todo esto que les he contado, pero es un testimonio que quería compartir porque necesitaba contarlo. Al principio comenté que esto me daba pena por tema de la edad, por haber estado en una relación con alguien más joven, también por haber hecho brujería, pero sabía que si no lo contaba, esto quedaría simplemente en mi mente, que esto no aportaría valor socialmente para nadie y no serviría de ejemplo para saber que usar brujería no es lo ideal.
Y de la misma forma, el apegarnos a nuestros valores, a nuestros ideales, entender que todo tiene su tiempo y su momento y que a veces es mejor entender nuestro contexto. En mi caso, debí buscar a una persona de mi edad con metas y con visiones similares. Entiendo que me traicionó el instinto por todos los años de carencia de un hombre, pero al final entendí la lección y por ello la pongo de ejemplo.
Muy reconozco de una forma que haber vivido aquello me dejó una experiencia de aprendizaje. Fue algo muy fuerte, porque créanme que no fue fácil el haber tenido que lidiar con todo esto con el hecho de haberme enamorado de un hombre más joven por haberme dejado llevar y por haber cometido el peor pecado de una mujer viuda. Ah.
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