Antes de iniciar este episodio, asegúrate de estar suscrito al canal. También si las historias te asustan, regálanos un me gusta. Comenzamos. Desde que fui niña, escuchaba a la gente decir que en la vida el que la hace la paga, que el que a hierro mata a hierro muere y frases de ese tipo. Sin embargo, más allá de que también se hablaba de justicia divina y demás, en el lugar en donde crecí que aquello no existía.
En los barrios pobres, donde ni siquiera hay pavimento, la maldad está en cada rincón, en donde los asaltos ocurren a cualquier hora del día. Ahí se entiende que a veces, incluso parece que el mismo Dios ha abandonado esos lugares. Es normal que ahí el más fuerte sea quien sobreviva con violencia, con astucia, como fuera.
Pero el chiste es pisar al de abajo para no morir. O al menos eso es lo que muchos pensaban, porque donde hay carencia, por naturaleza debe de haber muchos problemas. En mi casa siempre tuvimos problemas de dinero. Mi papá era un borrachito que iba y venía. A veces llevaba dinero y a veces llegaba después de un mes. Tras haberse ido de parranda, mi mamá le batallaba.
Y aunque ya había corrido a mi papá muchas veces, este siempre llegaba y se metía a la fuerza. Él ya sabía cómo vencer el candado de la puerta, cómo meterse por la ventana. Era muy triste ver a mi papá siendo un hombre malo, o al menos uno que evitaba sus responsabilidades. Mi mamá lo único que hacía era rezarle a Dios, pero parecía que este nunca escuchaba las plegarias.
Esta fue la razón por la que mi mamá empezaba a hacer pequeños rituales de brujería. se hacía limpias y rezaba por las noches escondida en su cuarto como si le diera un poco de vergüenza todo eso. Pero no era para menos, estaba desesperada. Teníamos un entorno de circunstancias que estaban en nuestra contra y peor tantito mi papá, que jamás se hacía responsable de nada.
Lamentablemente mi mamá tenía que recurrir muchas veces a pedir prestado. Allí en el barrio estaba una señora de nombre Gregoria. Todos la conocían. Ella se dedicaba a prestar dinero con altos intereses. Dicen que dos de sus hijos se fueron a Estados Unidos muchos años atrás, que se hicieron de mucho dinero, que regresaron al barrio y que ahí los mataron.
Por ello es que le dejaron mucho dinero a la mujer y esta se dedicó a prestar dinero con altos intereses. Contrató a un par de guarros para que fueran a cobrar y que incluso le hicieran maldades a la gente que no pagaba. Yo, hasta donde sabía, la señora Gregoria había embargado casas, había quitado carros o destruido familias y la esperanza de mucha gente.
Todo por su avaricia y por su hambre constante de más dinero. y las circunstancias para mi familia, como no eran favorables, mi mamá constantemente iba, pero no pedía mucho, solamente lo que pudiera alcanzar a pagar o con lo que fuese necesario para salvar un día o una semana comprando la comida necesaria. Pero la vida nos iba a dar una sorpresa.

Mi hermanito Jorge un día se enfermó muy feo. Evidentemente no teníamos dinero para pagar un seguro, mucho menos para ir al hospital. Por lo tanto, a mi madre no le quedó más remedio que acudir nuevamente con la señora Gregoria. Y ahí iba mi mamá. Recuerdo que mis hermanos y yo la acompañábamos porque mi papá no estaba, andaba de gira de borracho.
Y cuando llegamos con la señora y mi mamá le explicó que mi hermanito estaba bien enfermo, que necesitaba atención médica urgente, aquella señora se aprovechó de la situación y entonces sí le prestó dinero, le prestó bastante, pero a cambio le pidió a mi madre las escrituras de la casa y también le hizo firmar varios documentos.
La casa donde vivíamos era de mi mamá. Ella era la dueña, así que con toda validez y con ventaja, aquella mujer, ya una vez que le firmaron todo, se encargó de entregarle un fajo de billetes a mi madre para que llevaran a mi hermanito al hospital. Recuerdo que cuando salimos mi mamá lloraba. Ella sabía que seguramente perderíamos la casa, pues, ¿de dónde iba a sacar tanto dinero y en tan poco tiempo? Por la cantidad de intereses, aquello definitivamente era imposible e impagable.
Al salir de la casa de la señora Gregoria, fuimos a nuestra casa. Mi mamá tomó a mi hermanito en los brazos, se lo llevó alzado. Íbamos caminando al boulevar. En su bolso ella llevaba los fajos de billetes y estábamos cerca de llegar a la avenida donde pasaban taxis y autobuses. Cuando en eso, dos tipos a bordo de una moto se le acercaron a mi mamá.
Y entonces uno le apuntó con una pistola. Órale, vieja, denos el dinero que tiene en la bolsa. O si no, ahorita aquí le meto unos pinches plomazos y a sus esquincles también. Así que muévale porque no estamos jugando. Todos nos asustamos. Mi mamá también. Ella se aferró al bolso de dinero y también a mi hermanito, pero en eso uno de los tipos llegó y le metió un golpe con la pistola en la cabeza y esta cayó al piso de forma en que fue para ellos fácil sustraer aquel bolso con el dinero.
Mi mamá jalaba el bolso, ya que el tipo le puso la pistola en la cara. Y pues a mi mamá no le quedó más remedio de que entregar el dinero y ver como la esperanza de salvación para mi hermano se escurría entre los bolsos de un ladrón. Los tipos de la moto se escaparon. Mi mamá estaba bien enojada, bien triste y pues no nos quedó más remedio que regresar a la casa a pedirle a Dios que salvara a mi hermanito porque ya no teníamos esperanza.
No había dinero ni recursos, simplemente nuestra fe. Recuerdo haber visto a mi hermano aquella tarde. Estaba tosiendo y vomitando muy pálido. El pobre en un par de días bajó mucho de peso y aunque algunas vecinas le dieron remedios y demás, no hubo más que hacer. Mi hermanito terminó muerto en una noche triste y larga, llena de oscuridad y mucha impotencia.
A mí me daba tristeza que mientras mi mamá lloraba y nosotros también, mi papá no estaba en casa. El seguro andaba divirtiéndose allá de borracho con alguna mujer suuela, mientras que aquí en casa las cosas estaban completamente destruidas. Al velorio llegaron algunas personas, le daban el pésame a mi madre y esta, teniendo que tragarse el sufrimiento, se la pasó atendiendo a los invitados.
Le llevaba galletas y un cafecito de olla que hizo en una vaporera. Ni siquiera le daban tiempo de llorar. Ahí entendí que a veces la gente no más va a las fiestas o a los funerales por el puro morvo o no más saber qué les regalan. La señora Gregoria brilló por su ausencia. Ella sabía que de alguna forma no era bienvenida en esos lugares.
Además, aunque era una como nosotros, no le gustaba mezclarse con la clase más pobre, quizá hasta le dábamos asco. Después del entierro de mi hermanito, mi mamá andaba bien apretada porque tenía que pagarle lo de la semana a la señora Gregoria y también tenía que estar pagando los gastos del entierro.
Mi mamá tenía todo el mundo encima, pero aquello no se comparaba con lo que venía porque era evidente que mi mamá no pagaría. Y después de dos meses, la señora Gregoria llegó con un licenciado y con un montón de guarros a sacarnos de la casa. Pues ahora sí que lo siento mucho, Adriana, pero tus niños y tú se tienen que salir.
No me has pagado y según lo que me firmaste, pues ahora sí que ya te jodiste. Esta casa ya va a ser mía. Lo siento mucho, Adriana. La verdad es que espero que tengas donde vivir, que nunca te falte un techo, pero postegocios son negocios, así que o me pagas lo que me debes justo ahorita o ya mejor empieza a sacar tus tiliches.
Yo no lo podía creer, pero ya me lo esperaba. Aquella mujer nunca se tentaba el corazón y pues no pude hacer nada. Era muy chica todavía. Y mientras mi mamá lloraba y se aferraba a la puerta y nosotros a su vestido, aquellos tipos prácticamente nos agarraron y nos aventaran como si fuéramos basura al medio de la calle vimos cómo iban sacando las cosas.
Llorábamos de tristeza y la gente estaba no más ahí de morbosa viendo. Mi mamá estaba llena de impotencia gritándole a la señora Gregoria que no fuera tan mala. Pero esa señora no tenía corazón. Al final solo nos dio la espalda. y nos tocó ver cómo sacaban todas nuestras cosas. Por pura suerte, una señora de ahí del barrio, la señora Jobita, ella nos ofreció su casa para que nos quedáramos en lo que encontrábamos dónde vivir.
Esa mujer estaba sola. Sus hijos se habían ido a Estados Unidos y nunca volvieron. La dejaron ahí pudrirse en la soledad y en el abandono. Y pues estábamos en misma situación y por ello es que nos acogió. Y nosotros muy agradecidos al lado de mi madre. Con la cabeza agachada fuimos a meternos a su casita.
Lo único que rescatamos fueron las camas y una tele vieja. Todo lo demás lo llevamos a un valdío donde lo dejamos ahí a que se pudriera con la humedad y con el sol. Teníamos el ánimo tan bajo que ya nada nos importaba. Aquella señora Jobita nos recibió bien, nos dio de comer y mi mamá estaba agradecida. La ayudaba a limpiar, a planchar.
A veces también salía a buscar trabajo o conseguir dinero para ayudarle con los gastos. Pero algo que era inesperado era el saber que un día mi padre llegaría a nuestra antigua casa, la cual ya no nos pertenecía y seguramente se llevaría una horrible sorpresa. Y aquel día llegó, fue una noche, estaba haciendo mucho viento y de pronto no más empezaron a escuchar unos gritos.
Nos asomamos por la ventana y vimos cómo es que a mi papá lo aventaron por la puerta y uno de los guarros de la señora Gregoria, que estaba cuidando aquella casa como un perro, empezó a golpear a mi papá, le metió unos palazos y allí en el piso lo pateó del cuerpo y de la cara. Dicen que le tumbó varios dientes.
Por la distancia nosotros no veíamos, pero le pedíamos a Dios para que mi papá no preguntara por nosotros y entonces nos encontrara. Porque mi papá de verdad era muy mala persona. Por pura suerte mi papá se quedó ahí tirado inconsciente. Al par de horas se levantó y se largó. Estaba muy borracho y seguramente le apuraba más ir a buscar otra botella de licor antes que ir a buscar a su familia.
Pero fueron pasando los días y entonces empezó a correr el rumor de que la misma señora Gregoria fue la misma de que mandó a asaltar a mi madre y no era casualidad. Esa mujer era la única que sabía que mi madre tenía esa cantidad y que la llevaba en ese bolso. Aquella señora tenía una maldad tan grande que no le importó siquiera que la vida de mi hermanito se hubiera perdido a causa de su avaricia.
Después de que mi mamá confirmó algunos rumores, fue entonces de que fue hasta la casa de la señora Gregoria para gritarle, para reclamarle por la injusta manera en que hizo las cosas, pero los hombres que cuidaban la casa no la dejaron entrar. La señora Gregoria ni siquiera dio la cara, como si no le importara lo que nos había pasado y mucho menos el que tanto nos afectaba todo el daño que nos hizo.
Mi mamá llegó bien enojada. Estaba de verdad muy mal que hasta a nosotros nos gritó. Pero la señora Jobita le pidió que se calmaran, que ya un día aquella mujer pagaría porque tanta maldad que estaba haciendo. Era evidente que un día le costaría caro. Pero tal parece que mi mamá estaba tan desesperada de tomar justicia por sus propias manos que fue muy difícil calmarla.
Y aunque yo era muy joven, sabía muy bien que pasaban cosas. Sobre todo cuando vi a mi madre una noche tenía la puerta entreabierta de su habitación. De ahí me asomé y la vi llorando y forjando una especie de pequeño muñeco de tela. Lo estaba cosciendo de los bordes y en eso tosí y me vio y me pidió que me largara, que no anduviera de metiche.
Aquello era evidentemente brujería. No hacía falta pensar mucho para saber a quién iba dirigida y yo no sabía si era real o no. Pero mi madre, aún con todo y eso, siguió adelante con su ritual. No más solía un poco la casa como a humo. Mi mamá rezaba escondida en el cuarto y yo no sé qué tanto estaba tramando, pero a la mañana siguiente no se levantó en todo el día.
Parecía muy agotada, como si toda su energía la hubiera puesto en aquel hechizo. Hoy en día que soy mayor entiendo de que aquello era un muñeco de brujería, un muñeco de voodo o algo así. Pero en aquel entonces yo no entendía las repercusiones o las consecuencias de hacer un trabajo de ese tipo. Lo que sí les puedo decir es que mi mamá anduvo muy seria todos esos días y en varias noches estuvo trabajando en esos rituales.
Era evidente que mi mamá se estaba volviendo loca por el coraje, por la impotencia y ya se había cansado de ser una víctima. Mi mamá duró muy seria varios días, pero recuerdo perfectamente durante una noche estaba haciendo mucho viento. Cuando nos fuimos a dormir, parecía que Lar iba a romper las ventanas como si se hubiera liberado al mismo demonio.
La verdad es que yo tenía miedo. Era muy chica, pero sentía una angustia muy profunda en mi pecho, como un presentimiento de que algo malo iba a ocurrir, sobre todo porque los perros de la cuadra empezaron a ladrar. La señora Jobita también tenía un perro y empezó de la misma forma a hacer ruido, como si alguna presencia oscura estuviera cerca, rondando como si fuese la misma muerte.
De tanta angustia yo no me podía dormir. Caminaba de un lado en la habitación, iba al baño y regresaba. Y me dio por asomarme por la ventana. Había una fuerte ventisca y al fondo de la cuadra se veía la casa de la señora Gregoria ahí, perdida casi entre la oscuridad de aquel lugar donde el alumbrado público apenas y podía brindar un poco de iluminación.
Pero, ¿saben? Aquella noche, al pie de la puerta de la mujer se veía algo que parecía una sombra, como una silueta de una persona que flotaba ahí pacientemente, con una cautela, con una paciencia que solamente los cazadores más furtivos pueden ejecutar. De pronto vi como una fuerte ventisca trajo mucha tierra, cubrió todo y cuando esta se marchó, aquella sombra ya no estaba, pero los perros seguían ladrando efusivos.
Aquel alboroto duró un buen rato. Mi madre también se despertó y la señora Jobita, mis hermanos igual estaban muy inquietos, pero saben, nada se igualaría con lo que veríamos al día siguiente, pues aquello era una cosa que no se podía ni creer. Lo que pasó en la casa de la señora Gregoria fue que ella había mandado traer varios perros de esos agresivos pitbull.
habían sido entrenados para matar, para cuidar la casa y sobre todo para asustar a aquellos que se negaran a pagar. Pero con lo que no contaba la señora Gregoria es que iba a sufrir un golpe de traición por parte de varios de sus ayudantes. Aquellos cansados de los malos pagos y de los maltratos de la mujer. Lo que hicieron una noche cuando pudieron colectar un buen botín, cuando supieron cómo abrir la caja fuerte de la mujer y sacarle buen dinero, alajas y demás cosas.
Fue entonces que decidieron un día amarrarla. Le cubrieron la boca, la ataron de pies y manos y entonces con una navaja le hicieron varios cortes en la piel para que comenzara a sangrar. Y ya con esto los tipos la levantaron, la llevaron al patio de los perros y la lanzaron a estos. Aquellos, al oler la sangre y encender sus instintos, de inmediato se fueron a morder y empezar a devorar el cuerpo de la mujer, que no tenía forma de expresar el dolor, simplemente estaba ahí.
agonizando, sufriendo su lenta muerte, mientras que los animales se sacia y mordían, quitándole lentamente su vida. Por ello es que los perros ladraban tanto. Por ello entendí que aquella presencia oscura que estaba al pie de la casa era más que la misma muerte que acababa de llegar a reclamar el alma de la señora Gregoria, la cual estaba pagando por todas las cosas que hizo y que aunque entiendo que se lo merecía, el morir de una forma así tan horrible es algo que de verdad yo jamás le desearía ni al peor de mis enemigos. No
sé qué tanto la brujería de mi madre haya creado un mal en la vida de esa mujer, le haya creado un final así de horrible, porque el rencor de una persona que hace brujería no tiene límites. Es algo realmente terrible. Nadie sabe cuánto le robaron de dinero a Lajas y demás cosas de valor a la señora Gregoria.
Sin embargo, la casa duró abandonada mucho tiempo. Se decía que por las noches escuchaban sus lamentos aquellos que no pudo hacer en vida al momento de morir. Aquel sufrimiento que experimentó al morir de esa forma tan horrible. Y saben, quién sabe cómo habrá quedado, qué tanto habrán dejado los perros para ser sepultado. Pero seguramente cuando los forenses fueron a recoger lo que quedaba, debieron haber presenciado una escena horrible.
una que ni siquiera me atrevo a imaginar, porque de entrada sé que será muy asquerosa y horrible. Con el tiempo nos fuimos a vivir a otro lugar. Le agradecimos a la señora Jovita y una de mis tías que vivía en otro municipio nos recibió en su casa. Aquella le dio trabajo a mi mamá en un negocio que tenía. De esta forma mi madre pudo rentar una casita y también pagarnos estudios.
Yo terminé solo la preparatoria y también me puse un negocio. A la fecha de eso, vivo y me va bien. Tengo una vida bastante digna. Le agradezco a mi madre todo su esfuerzo y aunque ella murió de una enfermedad y sufrió bastante, ahí entendí que pagó su karma también, porque finalmente, al dejar de ser víctima, ella dejó llenar de oscuridad su alma para cubrir una venganza que seguramente hubiera sido mejor dejar en manos de Dios.
Pero yo no puedo juzgar. Ella hizo lo que hizo por sus razones. Solo ella sabe que sintió. Y pues mientras tanto, si de algo estoy segura es que la gente mala siempre paga, tarde que temprano, o aunque a veces ni siquiera estemos ahí para presenciar su declive, pero en esta vida nadie se va limpio, de eso estoy segura.
Por ello es que siempre trato de hacer el bien, de tener la conciencia limpia y aunque eso no me exime de tener un final triste y trágico en mí existir, prefiero irme de este mundo sabiendo que ayudé, que aporté algo bueno a los demás y no que simplemente vine al mundo a destruir, a causar dolor, sufrimiento a los demás.
Creo que eso es antihumano, pero al final cada quien decide cómo vivir su existencia. Mientras tanto, yo le guardaré respeto a mi madre, porque ella, ella aunque hizo ese acto, para mí siempre fue buena, siempre fue ejemplar y siempre nos dio cariño. Aunque en su vida quizá una mala decisión fue definitivamente la de usar brujería.
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