Esa era la lección de Marruecos y Yahweh la aprendió bien. Allí coincidió con otros jóvenes oficiales que compartían esa filosofía. Hombres como Francisco Franco, como Millan Astrai, como Mola, una generación entera de militares templados en el fuego colonial, convencidos de que habían descubierto la verdad sobre la guerra, que la misericordia era una debilidad que el enemigo aprovechaba y que la victoria exigía una determinación que el ciudadano común no podría comprender ni debería juzgar.
Cuando en julio de 1936 estalló el golpe de estado contra la República, Yahwe era teniente coronel y estaba destinado en Marruecos. Su papel en los primeros días del alzamiento fue crucial. Fue él quien organizó el puente aéreo que trasladó a la legión y a los regulares desde África hasta la península.
Una operación logística que cambió el curso de la guerra antes de que esta llevara ni siquiera una semana. Sin ese puente aéreo, el golpe habría fracasado. España habría tenido otro destino. Pero el puente aéreo funcionó y con él llegó un ejército diferente a todo lo que la España Peninsular había visto. Los legionarios del tercio cantaban que eran los novios de la muerte.
Los regulares marroquíes tenían una reputación que se había extendido como pólvora entre la población republicana. Implacables, feroces. acostumbrados a una guerra sin cuartel. Y al frente de todos ellos, marchando hacia el norte por la calurosa Extremadura, avanzaba la columna de Yahweh. El objetivo era Madrid.
El camino era largo y a lo largo de ese camino había pueblos y ciudades que tenían que caer, que tenían que someterse, que tenían que entender desde el primer momento cuál era el precio de la resistencia. Yahwe no tenía tiempo para sie lardas, no tenía recursos para gestionar miles de prisioneros y no tenía tampoco la menor intención de mostrarse blando.
Badajoz era la primera gran ciudad en su camino. Badajoz en el verano de 1936 era una ciudad asustada. Los rumores llegaban antes que los ejércitos. La gente sabía lo que había pasado en los pueblos del sur, en las aldeas de Andalucía que habían caído ante las columnas africanas. Sabía o intuía que la guerra que se acercaba no era como las guerras que habían leído en los libros.
Era algo diferente, algo más antiguo y más cruel. La guarnición republicana que defendía la ciudad era escasa y estaba mal equipada. Los milicianos que se habían sumado a la defensa eran variantes, pero carecían de formación militar real. Las murallas de Badajoz, construidas siglos atrás, eran imponentes a la vista, pero no estaban diseñadas para resistir la artillería moderna.
Todo el mundo lo sabía y aún así, resistieron. Durante días, la columna de Yahweh intentó tomar la ciudad. La artillería bombardeó las murallas. Los aviones de la Aviación Nacional sobrevolaron las calles. Los defensores contestaron como pudieron, causando bajas entre los atacantes, retrasando lo inevitable.
Varios asaltos directos fueron rechazados. Yahweh perdió hombres ante esas murallas y eso, para alguien con su temperamento, no era solo una contrariedad táctica, era algo personal. El 14 de agosto, las tropas franquistas encontraron el punto débil. Por la puerta de la Trinidad y por otros accesos, los legionarios irregulares irrumpieron en la ciudad.
Lo que siguió fue brutal, incluso para los estándares de aquella berra. Las calles se convirtieron en escenario de combates cuerpo a cuerpo. Los defensores que no pudieron escapar fueron cayendo uno a uno. Los civiles se encerraron en sus casas, rezando para que la tormenta pasara sin tocarlos. Pero la tormenta no distinguía entre combatientes y civiles, no distinguía entre quién había empuñado un fusil y quién simplemente había vivido en aquella ciudad durante el tiempo equivocado.
En la confusión, en el calor, en el polvo y el humo, la columna africana arrasó barrio por barrio. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Y cuando terminó la batalla, cuando los últimos disparos se apagaron y Badajoz cayó definitivamente en manos de Yahweh, comenzó algo diferente, algo que ya no era una batalla.
Cientos de personas fueron reunidas, llevadas a la plaza de toros, encerradas allí bajo el sol abrasador, sin agua, sin sombra, sin explicaciones. Entre ellos había milicianos que habían combatido, pero también había trabajadores, campesinos, hombres que simplemente habían sido señalados por alguien, mujeres que estaban en el lugar equivocado.
Y entonces llegaron los pelotones. Lo que ocurrió en esa plaza de toros durante las horas siguientes quedó registrado por uno de los periodistas extranjeros que por circunstancias casi milagrosas consiguió estar presente. J. Allen, corresponsal del Chicago Tribium, escribiría uno de los reportajes más impactantes de toda la guerra.
Sus palabras describían el suelo cubierto de sangre, los cuerpos apilados, el olor que impregnaba el aire caliente de agosto. Calculó a partir de lo que vio y de los testimonios que recogió que el número de ejecutados podía llegar a 4,000 personas. 4000 personas en un día. Y Y Yween no lo negó cuando un periodista le preguntó directamente, cuando le pusieron delante la pregunta sin rodeos, respondió con una frialdad que heló la sangre de quienes lo escucharon.
Por supuesto que los habían fusilado. ¿Qué otra cosa podía hacer? Llevarse consigo a 5000 prisioneros rojos mientras su columna tenía que avanzar hacia Madrid. Esa respuesta lo dice todo sobre quién era Juan Yahweh y también dice todo sobre el tipo de guerra que estaba librando y sobre las órdenes tácitas o explícitas que llevaba consigo desde el Estado Mayor.
La noticia llegó a Franco. El escándalo era internacional. Los periódicos de medio mundo publicaban el nombre de Badajoz. La República utilizaba la masacre como propaganda ante las cancillerías europeas. Alguien tenía que responder y Franco respondió, “Pero esa respuesta y lo que significa lo contaremos en el próximo capítulo.
” Franco lo sabía. No es una suposición, no es una inferencia histórica ni una hipótesis académica. Franco lo sabía porque el sistema de mando funcionaba exactamente así. Los generales sobre el terreno informaban hacia arriba y las decisiones sobre prisioneros, sobre ejecuciones, sobre el tratamiento de las poblaciones conquistadas, no eran decisiones que un teniente coronel tomara en solitario sin que nadie en el estado mayor levantara una ceja.
La columna de Yahweeh operaba dentro de una cadena de mando y en la cima de esa cadena estaba Francisco Franco Baamonde. Cuando los telegramas de la prensa internacional empezaron a llover sobre las cancillerías europeas, cuando el nombre de Badajoz apareció en los titulares del Chicago Tribium, del Lecigaró, del Times de Londres, el cuartel general franquista tuvo que reaccionar.
La presión diplomática era real. La República española estaba utilizando las noticias de la masacre para intentar convencer a Francia y a Gran Bretaña de que levantaran el embargo de armas. Badajoz se había convertido en un problema político de primer orden y Franco tomó una decisión. Esa decisión no fue abrir una investigación, no fue suspender a Yahweh de su mando mientras se esclarecían los hechos.
No fue emitir una nota de condena, ni siquiera una tibia declaración de que se estudiaría lo ocurrido. Franco tomó una decisión que era en sí misma un mensaje. Un mensaje dirigido a sus propios generales, a sus propios soldados y también, aunque de forma más velada, al mundo exterior que preguntaba y exigía respuestas. El 16 de agosto de 1936, dos días después de la caída de Badajoz, Juan Yahweh fue ascendido a Coronel.
Dos días. El cadáver de Badajoz todavía estaba caliente. Los periodistas todavía escribían sus crónicas. Los sobrevivientes todavía contaban lo que habían visto y Franco firmó el ascenso. Para entender el peso de ese gesto, hay que entender cómo funcionaba el ejército sublevado en aquellos meses. La disciplina era absoluta.
Los ascensos no eran automáticos ni burocráticamente rutinarios. Cada promoción en tiempos de guerra era una declaración pública de confianza, un reconocimiento explícito de que el oficial ascendido había actuado correctamente, que sus métodos eran aprobados, que su criterio merecía ser recompensado con mayor responsabilidad y mayor poder.
Ascender a Yahwe en ese momento no era solo un acto administrativo, era un respaldo político. Era Franco diciéndole a Yahweé, “Lo que hiciste estuvo bien.” Era Franco diciéndoles a todos los demás generales, “Así es como se hace esto.” Y era Franco diciéndole al mundo, “La presión internacional no cambia nada.
” El historiador Paul Preston, en su monumental biografía de Franco, publicada en 1993, analiza esta decisión con precisión quirúrgica. Preston argumenta que el terror no era un efecto secundario de la estrategia franquista durante la guerra civil, sino un componente deliberado. La violencia masiva tenía una función: destruir no solo la resistencia física del enemigo, sino su capacidad psicológica de organizarse, de resistir, de creer que la lucha tenía sentido.
Una población aterrada no se levanta. Una ciudad que ha visto lo que pasó en Badajoz entrega las armas antes de que lleguen los primeros disparos. Eso explica por qué el ascenso era coherente con la estrategia. Yue no había cometido un exceso que Franco tenía que tolerar a regañadientes. Yahwe había ejecutado con brutal eficiencia exactamente lo que el plan requería y Franco lo premió.
Pero hay algo más en esta historia, algo que los análisis puramente militares tienden a pasar por alto, porque Juan Yahweh no era solo un instrumento, era un hombre con sus propias ambiciones, sus propias lealtades, sus propias ideas políticas. Y esas ideas, en algunos aspectos sorprendentes, lo pondrían más adelante en colisión con el mismo franco que ahora lo ascendía.
Para entender esa paradoja, hay que conocer mejor al hombre. Hay que entender lo que pensaba, lo que quería y por qué alguien capaz de ordenar 4000 fusilamientos podía al mismo tiempo ser considerado dentro del movimiento nacional casi como un disidente. Esa es la contradicción en el corazón de la historia de Yahweh. Y para comprenderla tenemos que volver al principio. Badajoz no fue un accidente.
Esa es la frase que los historiadores más serios repiten una y otra vez cuando analizan la violencia del bando nacional durante la guerra civil española. No fue un exceso puntual. No fue el resultado de la indisciplina de unos soldados fuera de control. No fue la explosión emocional de unos hombres que habían sufrido bajas y buscaban venganza.
Badahos fue el resultado de un sistema, un sistema diseñado, construido y aplicado con deliberación. Para entender ese sistema hay que retroceder varios meses antes del 14 de agosto de 1936. Hay que remontarse a las reuniones secretas en las que los generales conspiradores planeaban el golpe. Hay que leer los documentos que circularon entre ellos, las instrucciones que se redactaron para el momento posterior al alzamiento, porque en esos documentos aparece una palabra que lo explica todo.
Exterminio. El general Mola. cerebro organizativo del golpe, fue extraordinariamente explícito en sus instrucciones a los conspiradores provinciales. En circular tras circular, Mola dejaba claro que la operación no debía limitarse a tomar el poder militar. Debía eliminar físicamente a los líderes políticos, sindicales e intelectuales de la izquierda.
No encarcelarlos, no procesarlos, eliminarlos. La lógica era implacable. Si se dejaba vivo al enemigo, el enemigo se reorganizaría. Si se le daba tiempo, volvería. La única victoria definitiva era la que hacía imposible la resurrección del adversario. Esa filosofía tenía raíces profundas en la experiencia marroquí que compartían todos los generales africanistas.
En el RIF habían aprendido que la pacificación a medias era peor que la ausencia de pacificación, porque dejaba en pie la capacidad del enemigo de reagruparse y contraatacar. La solución colonial era la solución total. Destruir la estructura social del adversario, eliminar a sus líderes, aterrorizar a la población hasta que la resistencia resultara impensable.
Trasladar esa filosofía a España significaba algo terrible. significaba tratar a una parte del pueblo español, a sus propios compatriotas, con los mismos métodos que se habían aplicado a los del norte de África. significaba ver a los obreros y campesinos republicanos no como ciudadanos en el otro lado de una disputa política, sino como una población colonial que había que someter mediante el terror.
Y en ese contexto, Yahweh era el ejecutor perfecto. Pero el sistema no funcionaba solo gracias a los generales. Necesitaba una estructura que lo sostuviera desde abajo. Y esa estructura existía. En cada pueblo que caía, en cada ciudad que era tomada, había listas. Listas de sindicalistas, de militantes de partidos de izquierda, de maestros que habían enseñado con los métodos de la República, de concejales que habían votado a favor de la reforma agraria.
Esas listas no las elaboraban los militares, las elaboraban los vecinos, los propietarios locales que querían recuperar tierras que la reforma había distribuido, los caciques que habían perdido influencia con la llegada de la democracia, los curas que guardaban rencor contra los que habían quemado iglesias en los años anteriores. El sistema nacional era, en ese sentido, una alianza entre la violencia militar desde arriba y la violencia local desde abajo.
Los generales aportaban los pelotones y la cobertura institucional. Los colaboradores locales aportaban los nombres y los señalamientos. El resultado era una maquinaria de represión que se autoalimentaba, que se expandía por sí sola, que no necesitaba órdenes explícitas para cada caso, porque todos sus participantes entendían perfectamente cuál era la lógica del sistema y qué se esperaba de ellos.
En Balajoz, esa maquinaria funcionó a escala industrial. Los supervivientes que dieron testimonio en los años posteriores describían cómo el proceso de selección funcionaba dentro de la plaza de toros. Había interrogatorios sumarios. Se miraban las manos. Los que tenían callos eran sospechosos de ser jornaleros con militancia sindical.
Se buscaban marcas de armas en los hombros. Se pedían avales de personas conocidas por el bando nacional. ¿Quién no podía presentar un aval satisfactorio, quien tenía las manos equivocadas? quien llevaba un nombre que aparecía en alguna lista era separado del grupo y conducido al paredón 4000 veces.
Hay una razón por la que Badajoz se convirtió en el símbolo más poderoso de la represión franquista en los primeros meses de la guerra y no otro de los cientos de episodios similares que ocurrieron durante ese verano de 1936. Esa razón tiene nombre y apellido. Jay Allen. Jay Allen era un periodista norteamericano de 40 años, corresponsal del Chicago Trivium en Europa.
Llevaba años cubriendo la política española, conocía el país, hablaba el idioma con fluidez y tenía contactos en ambos bandos. Cuando estalló la guerra civil, se encontraba en la península siguiendo los acontecimientos. Y a mediados de agosto, por una combinación de instinto periodístico y fortuna geográfica, se encontró en la zona fronteriza entre España y Portugal en el momento en que caía Badajoz.
Lo que Allen vio y escuchó durante los días siguientes a la toma de la ciudad lo transformó. Sus crónicas publicadas el 30 de agosto de 1936 en el Chicago Trivium son documentos extraordinarios, no solo por lo que describen, sino por cómo lo describen, con una precisión clínica que hace el horror todavía más insoportable que si hubiera optado por el dramatismo fácil.
Allen no entró en Badajoz inmediatamente después de la toma. Las autoridades nacionales habían cerrado la ciudad a la prensa, pero trabajó desde la frontera portuguesa, donde cientos de refugiados habían cruzado huyendo de la ciudad. Los entrevistó uno a uno. Recogió sus testimonios con la metodología de un detective más que de un periodista.
Cruzó datos, buscó contradicciones, descartó los relatos que le parecían exagerados o no podían ser corroborados. Lo que quedó después de ese proceso de verificación fue suficiente para helar la sangre. Describía cómo los camiones llegaban a la plaza de toros cargados de detenidos. Describía los sonidos que se escuchaban desde fuera.
Describía el olor que impregnaba los barrios cercanos durante horas. Y daba cifras. 4,000 muertos según sus estimaciones más conservadoras. Pero Allen hizo algo más que publicar su crónica. buscó a Yahweeh yahwe, en soberbia o de simple indiferencia ante las consecuencias habló. La conversación que Allen transcribió es uno de los documentos más impactantes de toda la guerra civil española.
Cuando el periodista le preguntó directamente si era verdad que habían fusilado a miles de personas en Badajoz, Yahwe no negó nada. no adoptó la postura defensiva que cualquier oficial con instinto político básico habría adoptado. Respondió con una pregunta retórica. Por supuesto que sí. ¿Qué esperaban que hiciera? Tenía una columna en marcha hacia Madrid.
No podía detenerse a gestionar miles de prisioneros. No tenía recursos para custodia a largo plazo y no podía dejar en sus espaldas a miles de hombres que en cuanto su columna avanzara volverían a tomar las armas. La lógica militar era impecable si uno aceptaba las premisas y eso era lo más perturbador, que Yahweeh no se justificaba, no pedía comprensión, no apelaba a circunstancias excepcionales, simplemente explicaba la aritmética de su decisión con la tranquilidad de alguien que habla del tiempo.
Allen no fue el único testigo. El corresponsal portugués Mario Néves del diario de Lisboa también estuvo en Badajoz en aquellos días y publicó crónicas que describían escenas similares. El periodista francés Marcel Daní envió despachos en el mismo sentido. Las embajadas de varios países europeos recibieron informes de sus agentes consulares que confirmaban lo esencial de los testimonios periodísticos.
El régimen franquista respondió de la única manera que podía responder, negando todo, acusando a la prensa internacional de ser instrumento de la propaganda republicana y construyendo una narrativa alternativa en la que lo ocurrido en Badajoz era una inevitable consecuencia de la resistencia que los defensores republicanos habían opuesto, que habían asesinado a prisioneros y civiles, que los nacionales no habían hecho si no responder a la violencia con la violencia necesaria.
Esa narrativa tuvo éxito durante décadas dentro de España, donde la censura franquista garantizaba que ninguna versión alternativa pudiera circular con libertad. Pero fuera de España, los testimonios de Allen y de los otros periodistas permanecieron guardados en archivos de hemerotecas, reproducidos en libros de historia, citados en los estudios académicos que comenzaron a publicarse cuando la dictadura terminó y España pudo empezar a mirar su propia historia con algo parecido a la honestidad.
Y esos testimonios son los que hoy, casi 90 años después, permiten reconstruir lo que pasó realmente en Badajos, lo que permiten entender por qué el ascenso de Yahweeh fue algo más que un acto administrativo y lo que permiten hacer la pregunta que todavía resuena en la España de hoy, la pregunta que el debate sobre la memoria histórica no ha terminado de responder.
¿Cuándo una nación se enfrenta realmente a lo que hizo? Esa pregunta la vamos a explorar en los capítulos que siguen. Aquí viene lo que nadie esperaba. El hombre que ordenó fusilar a 4000 personas en Badajoz. El hombre que Franco ascendió dos días después como recompensa por esa brutalidad. El hombre cuyo nombre se convirtió en sinónimo del terror franquista en los primeros meses de la guerra.
Ese mismo hombre estuvo a punto de ser ejecutado por el propio Franco 3 años después. Eso es lo que los libros de historia no cuentan. Eso es lo que convierte a Juan Yahweh en algo más que un simple villano de manual. Porque la historia de Yahweh tiene una vuelta de tuerca que obliga a repensar todo lo que creíamos saber sobre las lealtades, las ideologías y las luchas de poder dentro del bando nacional.
Para entenderlo, hay que saber algo que normalmente se omite cuando se habla de la guerra civil española. El bando nacional no era un bloque monolítico, era una coalición inestable de grupos con intereses divergentes, unidos provisionalmente por el objetivo de destruir la República, pero profundamente dividido sobre qué construir en su lugar.
Estaban los monárquicos alfonsinos que querían restaurar a Alfonso XI. Estaban los carlistas que querían su propia rama dinástica y su propio modelo teocrático. Estaban los militares africanistas, cuya ideología era esencialmente el orden y la jerarquía sin demasiados adornos doctrinales. Y estaban los falangistas, los fascistas españoles, que soñaban con una revolución nacional sindicalista al estilo de Mussolini o incluso de Hitler.
Yahwe era falangista, no superficialmente, no por conveniencia política, sino convicción genuina. Creía en la falange, creía en su proyecto revolucionario, creía que el movimiento nacional debía ser algo más que una simple dictadura militar conservadora al servicio de los terratenientes y la iglesia. Y esa convicción lo llevaría a un enfrentamiento directo con Franco que estuvo a punto de costarle la vida.
El momento de ruptura llegó en abril de 1938, en plena guerra, cuando Yahwe pronunció un discurso en Burgos que sacudió los cimientos del régimen. Ante una multitud de soldados y simpatizantes, Yahwe se lanzó a una crítica abierta de la dirección del movimiento. Denunció la corrupción dentro del ejército.
atacó a los generales que según él estaban traicionando los ideales de la falange y pronunció frases que nadie en el bando nacional se había atrevido a pronunciar en público. Llamó a los republicanos valientes por haber resistido tanto tiempo. Dijo que España necesitaba reconciliación, no exterminio permanente. El hombre que había ordenado la masacre de Badajoz pidiendo reconciliación.
La contradicción es casi imposible de procesar. Pero era real. Franco reaccionó con una velocidad que mostraba cuánto le había perturbado el discurso. Yahwe fue arrestado de inmediato. Fue destituido de su mando. Estuvo confinado durante semanas y según algunos testimonios de la época su situación fue genuinamente peligrosa.
En el contexto de 1938, en plena guerra, la desobediencia pública al caudillo era un delito que podía pagarse con la vida. Varios hombres habían muerto por menos, pero Yahwe no murió. Franco necesitaba sus capacidades militares demasiado. O quizás calculó que ejecutar a uno de los héroes de la toma de Badajoz generaría más problemas de los que resolvería.
Yahweh fue rehabilitado meses después, reincorporado al mando y continuó su carrera militar hasta el final de la guerra y más allá. Sin embargo, el episodio reveló algo fundamental, que incluso dentro del sistema más brutal las personas son contradictorias, que el hombre capaz de la mayor crutalidad puede albergar al mismo tiempo ideas que en otro contexto sonarían casi a humanidad y que esas contradicciones no absuelven nada, pero sí complican la narrativa simple del monstruo unidimensional.
Yahwe era un monstruo y era humano. Las dos cosas al mismo tiempo. Y esa combinación es en muchos sentidos más aterradora que el monstruo sin más. Durante 40 años España no pudo hablar de Badajoz. No es una metáfora, es un hecho literal. La dictadura franquista construyó un aparato de censura tan exhaustivo, tan penetrante, tan integrado en cada aspecto de la vida pública y privada, que la masacre de Badajoz simplemente desapareció del discurso oficial español.
No existía en los libros de texto, no existía en los periódicos, no existía en los discursos políticos ni en las investigaciones académicas publicadas dentro del país. Para las generaciones que crecieron bajo el franquismo, Badajoz era simplemente una ciudad en Extremadura, nada más. Pero el silencio nunca es perfecto y el silencio sobre Badajoz tenía grietas por todas partes.
Estaban los testimonios de los supervivientes, transmitidos en voz baja dentro de las familias, guardados como secretos peligrosos que los abuelos contaban a los nietos con la advertencia explícita de no repetirlo fuera de casa. En la España franquista, hablar de la represión era un acto que podía tener consecuencias, pero la memoria familiar es extraordinariamente resistente.
Se transmite en susurros, se codifica en silencios elocuentes, sobrevive a los regímenes y a las censuras, porque existe en un espacio que ningún aparato estatal puede controlar completamente. El espacio íntimo de las conversaciones entre personas que se quieren y se fían. Estaban también los exiliados, cientos de miles de españoles republicanos que habían cruzado los Pirineos en 1939, que se habían dispersado por Francia, por México, por Argentina, por la Unión Soviética.
Esos exiliados no estaban sujetos a la censura franquista y muchos de ellos escribieron, publicaron, testimoniaron. Sus libros circulaban clandestinamente dentro de España, metidos en las maletas de los viajeros, escondidos en dobles fondos, pasados de mano en mano con el cuidado con el que se manipula algo a la vez precioso y peligroso.
Y estaban los archivos extranjeros. Los despachos diplomáticos de las embajadas británica, francesa y norteamericana en España durante la guerra civil son documentos extraordinarios. Sus autores, funcionarios profesionales sin compromisos ideológicos con ninguno de los dos bandos, describían lo que veían y escuchaban con una frialdad burocrática que, paradójicamente los hace más creíbles que cualquier testimonio apasionado.
En esos archivos, Badajoz aparece una y otra vez. Los números varían. Algunos hablan de 2000, otros de 4000. Algunos se aventuran a cifras más altas. Pero el hecho central, la masacre sistemática de prisioneros y civiles en la plaza de toros, aparece en fuente tras fuente sin que ninguna lo contradida. Cuando Franco murió en noviembre de 1975 y España inició su transición hacia la democracia, el debate sobre qué hacer con la memoria de la guerra civil se convirtió en uno de los más delicados de la política española.

Los arquitectos de la transición optaron por lo que se ha llamado el pacto del olvido, una decisión implícita de no abrir los archivos, no procesar a los responsables de la represión, no exumar las fosas comunes, no establecer comisiones de verdad y justicia al estilo de las que otros países habían creado después de sus propias dictaduras.
La lógica del pacto era comprensible en el contexto de 1975 a 1978. España estaba en un momento extraordinariamente frágil. El ejército seguía siendo poderoso y hostil a cualquier proceso que pudiera interpretarse como una condena institucional de Franco y su régimen. Las heridas de la guerra civil seguían siendo profundas.
Muchos de los que habían participado en la represión seguían vivos, ocupando posiciones en la administración, en la judicatura, en las fuerzas de seguridad. Abrir esa caja de Pandora podía, en el peor escenario, desestabilizar la transición democrática y provocar una respuesta militar. Pero el precio del pacto fue alto. Fue un precio que se pagó no en dinero, sino en verdad, en justicia, en la posibilidad de que las familias de las víctimas pudieran saber dónde estaban enterrados sus muertos, pudieran escuchar un reconocimiento oficial de lo
que les había pasado, pudieran tener algo parecido a la dignidad que se le debe a cualquier ser humano asesinado injustamente. En Badajos, ese precio fue especialmente visible. La plaza de toros donde ocurrió la masacre siguió en uso durante décadas. Las fosas donde fueron enterradas las víctimas no tenían marcas.
Las calles de la ciudad llevaban nombres de personas del bando nacional y los descendientes de los 4000 guardaban su duelo en privado, sin espacio público para expresarlo, sin reconocimiento oficial de lo que sus familias habían sufrido. Ese silencio institucional duró hasta 2007, cuando el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó la ley de memoria histórica.
Fue el primer intento legislativo de romper el pacto del olvido. Reconocer oficialmente las víctimas del franquismo, financiar la búsqueda e identificación de restos en fosas comunes, retirar los símbolos franquistas de los espacios públicos. Pero la ley fue insuficiente para muchos. No creaba mecanismos judiciales, no establecía responsabilidades penales, no obligaba a las administraciones locales a actuar y generó una controversia política enorme con el Partido Popular acusando al gobierno de reabrir heridas
que habían cicatrizado y de instrumentalizar políticamente el pasado. La cicatriz de Badajoz seguía abierta y la discusión sobre cómo cerrarla o si debía cerrarse continuaba. En 2010, un equipo de arqueólogos e historiadores inició en Badajoz uno de los proyectos de memoria histórica más ambiciosos de Extremadura.
Su objetivo era localizar y exumar las fosas comunes donde habían sido enterradas las víctimas de agosto de 1936. Lo que encontraron y lo que no encontraron es la parte de esta historia que más debería perturbarnos hoy, porque resultó que encontrar los cuerpos era solo el principio del problema. La primera dificultad era geográfica.
70 años de urbanización habían transformado Badajoz de manera radical, donde en 1936 había descampados y terrenos valdíos donde resultaba fácil cabar fosas de emergencia. En 2010 había avenidas, edificios, aparcamientos subterráneos, instalaciones deportivas. Varios de los lugares señalados por los testimonios de supervivientes y por los documentos de la época estaban literalmente sepultados bajo toneladas de hormigón y asfalto.
Los muertos de Badajoz no solo habían sido silenciados por la dictadura, habían sido físicamente tapados por el desarrollo urbano de la posguerra. La segunda dificultad era documental. El ejército franquista no llevaba registros sistemáticos de las ejecuciones extrajudiciales o los llevaba y los destruyó. Los archivos militares del periodo tienen lagunas enormes, precisamente en los documentos que más interesaría consultar.
Los libros de registro de los cementerios de la época muestran cifras de enterramientos que no cuadran con los testimonios de los supervivientes, lo que sugiere que muchas víctimas fueron enterradas en fosas clandestinas que nunca entraron en ningún registro oficial. La tercera dificultad era política. Los trabajos de exhumación en España no cuentan con el apoyo institucional unánime que sería necesario para llevarlos a cabo con la eficiencia que el problema requiere.
Dependiendo del partido que gobierne en cada ayuntamiento, en cada comunidad autónoma, los proyectos de memoria histórica reciben financiación o se ven privados de ella. En Extremadura, donde gobiernos de distinto signo político se han alternado en las últimas décadas, el avance ha sido irregular. Hay momentos de impulso y momentos de parálisis, pero los hallazgos que sí se produjeron fueron devastadores.
En 2019, en el marco de los trabajos promovidos por la ley de memoria democrática aprobada por el gobierno extremeño, los arqueólogos localizaron restos humanos en varios puntos de la ciudad que coincidían con los lugares señalados por los testimonios históricos. Los análisis forenses confirmaron lo que ya se sabía. muertes por arma de fuego.
Impactos en la base del cráneo que son la marca inconfundible de las ejecuciones por fusilamiento. Huesos de hombres y mujeres de diversas edades, mezclados sin ningún orden, enterrados en fosas que no guardaban ningún respeto por la dignidad de los muertos. Entre los restos había algo que los forenses no esperaban encontrar en esa proporción. Huesos de mujeres jóvenes.
Las víctimas de Badajoz no habían sido solo milicianos y militantes políticos. Habían sido también familiares de sospechosos, mujeres cuyo único delito había sido estar casadas con el hombre equivocado o ser hija del maestro equivocado o haber trabajado en la cooperativa equivocada. El sistema no distinguía.
El sistema no podía permitirse distinguir porque su lógica no era la de la justicia, sino la del terror. Y el terror para ser efectivo tiene que ser indiscriminado. Tiene que demostrar que nadie está seguro, que la inocencia no protege, que la única garantía de supervivencia es la sumisión absoluta. Eso explica los 4000.
No eran 4,000 combatientes que habían presentado resistencia armada. Eran 4,000 personas seleccionadas según criterios que mezclaban la militancia política real con la sospecha, el señalamiento por parte de vecinos, la pertenencia a una clase social, la posesión de unas manos con los callos equivocados, 4,000 personas elegidas para demostrar a toda Extremadura, a toda España, lo que costaba resistir.
Y aquí viene el dato más perturbador de todos, el más difícil de asimilar, el que cuando lo escuchas por primera vez hace que tengas que parar y procesarlo durante un momento antes de seguir adelante. Madost episodio más grave de la represión franquista del verano de 1936. Fue el más conocido porque tuvo testigos extranjeros que pudieron publicar sus crónicas.
Pero a lo largo de ese mismo verano, en docenas de pueblos y ciudades de Andalucía, Extremadura, Galicia y Navarra, ocurrieron episodios de violencia masiva comparables o superiores en cifras absolutas. El historiador Francisco Espinosa Maestre, que ha dedicado décadas al estudio de la represión en el sur de España, estima que solo en la provincia de Huelva fueron asesinadas más de 6000 personas durante los primeros meses de la guerra.
En Sevilla las estimaciones hablan de números similares. En Granada, donde fue asesinado Federico García Lorca, la represión fue sistemática y prolongada. La suma total de víctimas de la represión franquista durante la guerra civil y los años inmediatamente posteriores es objeto de debate historiográfico.
Las estimaciones más rigurosas basadas en el análisis sistemático de registros civiles, militares y eclesiásticos hablan de entre 130,000 y 150,000 personas ejecutadas extrajudicialmente solo entre 1936 y 1945. 150,000 en un país de 25 millones de habitantes. Eso convierte al franquismo en uno de los regímenes con mayor tasa de represión política de la Europa del siglo XX, comparable en términos relativos con algunos de los episodios más oscuros del estalinismo o del nazismo en los territorios ocupados.
Una comparación que la narrativa oficial española durante décadas hizo todo lo posible por evitar. Y Juan Yahweh, el hombre de Badajoz, el teniente coronel al que Franco ascendió a Coronel dos días después de la masacre, fue uno de los arquitectos de ese sistema. No el único, no el peor quizás, si es que tiene sentido establecer esa jerarquía, pero sí el más visible, el más documentado, el que tuvo la insolencia o la arrogancia de confirmarlo con sus propias palabras ante un periodista extranjero.
Por supuesto que los fusilamos. Sí, por supuesto. Esa frase lleva 90 años resonando y todavía no ha encontrado la respuesta institucional que merece. Juan Yahwe murió el 21 de octubre de 1952 en Burgos. Murió en su cama con sus medallas, con sus condecoraciones, con el título de marqués del Muni que Franco le había concedido, con un funeral de estado y un cortejo militar.
murió como lo que el régimen había decidido que era. Un héroe de España, un general glorioso, un hombre que había servido a su patria con distinción y valentía. Nadie lo juzgó, nadie lo procesó, nadie le preguntó oficialmente bajo juramento ante un tribunal qué había ocurrido exactamente en Badajoz el 14 de agosto de 1936.
Nadie le exigió que explicara la aritmética de su decisión a las familias de las 4000 personas que habían muerto por su orden. Murió con su versión de los hechos intacta, protegida por el estado que él había ayudado a construir, sepultada bajo décadas de silencio institucional. Y eso en sí mismo es parte de la historia, una parte que no podemos ignorar.
Porque cuando hablamos de Badajoz, cuando hablamos de los 4000, cuando hablamos de Jay Allen y de sus crónicas y de los testimonios de los supervivientes y de los huesos encontrados bajo el asfalto de la ciudad moderna, siempre llegamos al mismo punto, al punto donde la historia deja de ser solo historia y se convierte en una pregunta sobre el presente, una pregunta sobre la justicia, una pregunta sobre lo que una sociedad debe a sus muertos, a sus víctimas, a las familias que durante generaciones guardaron su duelo en silencio porque no
había espacio público para expresarlo. España lleva décadas intentando responder esa pregunta y todavía no ha terminado. La ley de memoria histórica de 2007 fue un primer paso. La Ley de Memoria Democrática de 2022, aprobada por el gobierno de coalición de Pedro Sánchez, intentó ir más lejos.
Creó un banco de ADN para identificar restos de víctimas. Estableció un censo oficial de víctimas del franquismo. Declaró nulos los juicios del régimen y prohibió los actos de exaltación del franquismo en espacios públicos. Fue la legislación más ambiciosa que España había aprobado hasta entonces en materia de memoria histórica, pero también fue profundamente controvertida.
El Partido Popular y Vox la calificaron de revancha política, de intento de reabrir heridas, de instrumento de división. Prometieron derogarlas y llegaban al gobierno. En las comunidades autónomas que gobernaban, la aplicación de la ley fue mínima o nula. La batalla por la memoria histórica española no es un capítulo cerrado.
Es un conflicto político activo que divide a los partidos, a las regiones y en muchos casos a las propias familias. Y mientras ese debate continúa, los muertos de Badajoz siguen esperando. Algunos han sido identificados gracias a los trabajos de exhumación. Sus familias, tras décadas de búsqueda, han podido darles sepultura digna, han podido poner una flor sobre una tumba con nombre.
Esos momentos que los documentalistas que han firmado las exhumaciones describen con una intensidad que ninguna descripción verbal puede capturar completamente, son la demostración más poderosa de por qué la memoria histórica importa. No como ejercicio académico, no como arma política.
sino como acto elemental de humanidad hacia los que murieron sin nombre, sin juicio, sin despedida. Pero la mayoría todavía no ha sido encontrada. La mayoría de los 4000 de Badajoz, la mayoría de los 150,000 de toda España siguen en algún lugar bajo el suelo, bajo avenidas con nombres que quizás deberían cambiarse, o bajo descampados que nadie ha excavado todavía, o bajo edificios que nadie va a demoler para buscarlos.
Hay una última cosa que hay que decir sobre Juan Yahweh, algo que complica la historia una vez más, justo cuando creíamos que teníamos los contornos claros. En los últimos años de su vida, según testimonios de personas que lo conocieron en ese periodo, Yahwe experimentó algo que sus biógrafos describen con cautela, sin poder confirmar su profundidad ni su sinceridad, una cierta inquietud, no pública, no declarada, no traducida en ningún gesto concreto de reparación o reconocimiento, pero presente. una inquietud que sus
allegados más cercanos percibían en ciertos momentos, en ciertas conversaciones, en la forma en que a veces callaba cuando el tema de la guerra salía en la conversación. No sabemos qué pensaba realmente. No podemos saberlo. Los muertos no dan entrevistas y los que lo conocieron en esos años son también ya historia.
Pero la pregunta sobre si Juan Yahweh en algún momento de su vida consideró el peso de lo que había hecho es una pregunta que se resiste a desaparecer, no porque su respuesta cambie algo, no porque el arrepentimiento privado de un general sea equivalente a la justicia que se les negó a 4,000 personas. No porque nada de lo que Yahwe pudiera haber pensado o sentido en sus últimos años tenga el menor valor para las familias de sus víctimas, sino porque esa pregunta nos dice algo sobre la naturaleza humana que es necesario
entender si queremos comprender cómo fue posible Badajoz. ¿Cómo es posible que seres humanos hagan lo que hicieron en aquel agosto de 1936? La respuesta incómoda es que no fueron monstruos de otro planeta. Fueron hombres formados por un sistema, una ideología, una experiencia colonial, una guerra que los había desensibilizado a la violencia hasta hacerla cotidiana.
Fueron hombres que habían aprendido a deshumanizar al enemigo hasta el punto en que 4000 ejecuciones se convertían en un problema logístico, en una cuestión de aritmética militar, en algo que se podía responder con una pregunta retórica ante un periodista sin sentir la necesidad de justificarse más. Eso es lo más aterrador de Badajos, no el número, no la brutalidad en abstracto, sino la normalidad con la que fue ordenado, ejecutado y después justificado.
La facilidad con la que un sistema puede convertir la masacre en procedimiento. Y por eso importa recordarlo, no para odiar a los muertos, ni para alimentar rencores que ya llevan 90 años, sino porque la única vacuna contra la repetición es el conocimiento preciso de cómo ocurrió, quién lo ordenó, quién lo ejecutó, quién lo premió, quién lo silenció y quién durante décadas miró hacia otro lado.
Badajos ocurrió porque un sistema lo hizo posible y los sistemas los construyen las personas y las personas somos nosotros. Eso es todo por hoy. Si este vídeo te ha parecido importante, compártelo. La memoria no se mantiene sola. Alguien tiene que contarla y alguien tiene que escucharla. Muchas gracias por vernos. No olvides suscribirte al canal para no perderte ningún video.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.