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JOSEMARÍA ESCRIVÁ: Creó una organización más poderosa que el propio Franco

Que un abogado podía ser santo ejerciendo su profesión. que un médico podía ser santo operando a sus pacientes, que un político podía ser santo gobernando su país, especialmente un político. Esta idea, que hoy parece inocente, era en realidad una bomba de relojería colocada en el corazón de la sociedad. Porque si los laicos podían alcanzar la santidad en sus profesiones, entonces la Iglesia podía extender su influencia a todos los ámbitos de la vida pública.

No a través de curas en los parlamentos, no a través de obispos dando órdenes a los presidentes, a través de hombres y mujeres perfectamente integrados en la élite política, económica y cultural, invisibles, discretos, devotísimos. Escribá lo llamó apostolado de amistad y confianza. Sus críticos lo llamaron algo diferente.

En los primeros años, el Opus Day era una pequeña red de estudiantes universitarios en Madrid. Escribalos reunía en su piso, les daba dirección espiritual, les hablaba de la obra con una intensidad que muchos describían como hipnótica. Había algo en él que generaba lealtad absoluta. No era particularmente carismático en el sentido tradicional.

No era un gran orador. Pero cuando hablaba contigo sentías que te veía, que te entendía, que había sido enviado específicamente para ti. Esa capacidad de crear vínculos personales de devoción extrema sería la base de todo lo que vendría después. La guerra civil española llegó en 1936 y lo cambió todo.

Escribá pasó parte de la guerra escondido. Cruzó los Pirineos a pie en condiciones durísimas, sobrevivió. Y cuando Franco ganó, el joven sacerdote se encontró en un país nuevo, un país donde la Iglesia Católica tenía más poder que en ningún otro lugar de Europa occidental. Un país donde la fe y el régimen estaban fundidos en una sola cosa.

Un país lleno de oportunidades para un hombre con una red de contactos entre la élite universitaria y profesional. Escriba no perdió el tiempo. Los años 40 y 50 fueron los años de la expansión silenciosa. Mientras Franco consolidaba su dictadura con represión y hambre, el Opus Day se expandía por las universidades españolas.

Sus miembros ganaban cátedras. dirigían departamentos, formaban a las nuevas generaciones de la élite española. No hacía falta controlar el gobierno, si controlabas quién se iba a sentar en ese gobierno dentro de 20 años. Era un plan a largo plazo y estaba funcionando. En 1957, España estaba al borde del desastre económico. El modelo autárquico de Franco, ese intento de hacer el país autosuficiente y aislado del mundo, había fracasado completamente.

Las reservas de divisas estaban prácticamente agotadas. El país no podía pagar sus importaciones. Se hablaba en voz baja de una quiebra nacional. de hambre, de inestabilidad, de lo que podría pasar si el régimen caía. Franco necesitaba una solución y la encontró donde menos lo esperaban sus generales. En febrero de ese año, el dictador realizó una remodelación de gobierno que los historiadores llamarían después el gran viraje.

Fuera los falangistas de línea dura, los militares de economía. Dentro un grupo de tecnócratas jóvenes brillantes, educados en las mejores universidades, hombres como Mariano Navarro Rubio, Alberto Ullastres, Laureano López Rodo, hombres con doctorados, con conocimientos de economía moderna, con contactos internacionales.

Hombres del Opus Day. De repente, los discípulos de Escribá controlaban la economía de España, el Ministerio de Hacienda, el Ministerio de Comercio, la Comisaría del Plan de Desarrollo. Las palancas reales del país no eran los fusiles de la Guardia Civil, eran los números, los presupuestos, los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional y la OCDE.

Y esas palancas estaban en manos de hombres que rezaban juntos, que se confesaban con los mismos sacerdotes, que respondían a una lealtad que iba mucho más allá de su lealtad al régimen. Sabía Franco lo que estaba haciendo. Entendió que estaba cediendo el control real del país a una organización que tenía sus propios objetivos, su propia agenda, su propia visión del futuro.

Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Los historiadores debaten esto. Algunos dicen que Franco fue ingenuo, otros dicen que no le quedaba otra opción. Otros dicen algo más inquietante, que Franco lo sabía perfectamente y que el acuerdo era mutuo.

El Opus Day salvaba al régimen económicamente. El régimen daba al Opus Day legitimidad, recursos y protección para expandirse internacionalmente. Un intercambio, un pacto entre poderes. El plan de estabilización de 1959 y los planes de desarrollo de los años 60 transformaron España. De ser uno de los países más pobres de Europa occidental, España pasó a tener una de las economías de crecimiento más rápido del mundo, el milagro económico español.

Los tecnócratas de Opus Day se convirtieron en héroes nacionales. Su influencia en el régimen se volvió incuestionable. Y mientras tanto, Escribá observaba desde Roma, porque en 1946 el fundador había trasladado la sede central del Opus Day a Roma, un movimiento estratégico de una elegancia brutal.

Estar en Roma significaba estar cerca del Vaticano. Significaba poder tejer relaciones con la curia romana, con los cardenales, con los papas. Significaba que cuando llegaran las críticas, cuando los obispos españoles que desconfiaban del Opus Day intentarán de imitarlo, Escribá tendría amigos en el lugar más alto posible y los cultivó con una paciencia y una habilidad que dejó a muchos eclesiásticos veteranos asombrados.

Pío X lo recibió. Juan 23 le dio audiencia. Pablo I firmó en 1982, Ya muerto escribá, el decreto que convertía a Lopus Day en prelatura personal. Juan Pablo II lo beatificó en 1992 y lo canonizó en 2002. Cada papa, uno tras otro, elevando a este sacerdote aragonés y a su organización a posiciones de poder e influencias sin precedentes en la iglesia moderna.

¿Por qué? ¿Qué tenía el Opus Day que los papas encontraban tan valioso? ¿Qué ofrecía escribá que ningún otro fundador de orden religiosa en el siglo XX pudo ofrecer? La respuesta tiene que ver con algo que la Iglesia Católica llevaba décadas perdiendo. Influencia real en el mundo laico, en las universidades, en los gobiernos, en los medios de comunicación, en los bancos.

El Opus Day no era una orden de monjes contemplativos, era una red de élite integrada en el corazón mismo de las instituciones del poder moderno. Era exactamente lo que el Vaticano necesitaba en un mundo que se estaba secularizando a pasos acelerados. Y Escribá lo sabía. Lo había sabido desde aquella mañana de octubre de 1928, cuando un joven sacerdote de 26 años miró al futuro y vio algo que nadie más podía ver.

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