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Un Joven Retó a Antonio Aguilar — No Sabía que Pedro Infante Escuchaba Cada Palabra desde el Fondo

Había estudiado canto, había probado suerte con bolos, había cantado en radio, había pasado por escenarios pequeños y lugares donde la gente aplaudía con respeto, pero no con destino. Tenía talento, sí tenía voz también, pero todavía le faltaba algo más difícil de conseguir, saber quién era frente a un micrófono.

A veces eso tarda más que aprender a cantar, porque una cosa es tener garganta y otra muy distinta es encontrar el lugar desde donde la voz debe salir. Esa noche Antonio llevaba el abrigo con barro en los talones. Venía de un rancho en las afueras de la ciudad y no se había cambiado. No le pareció necesario. En una cantina como la paloma del sur, el barro en los zapatos no era una falta de elegancia.

 Era una verdad y Antonio, aunque todavía no terminaba de entenderlo, estaba hecho precisamente de esas verdades. Tierra, caballo, campo, familia, Zacatecas, canciones que olían a polvo y no a salón elegante. Don Bernal puso el micrófono cerca de las 9. El primero en cantar fue un hombre mayor de producción con una voz rota pero honesta.

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cantó un corrido como quien no quiere impresionar a nadie, solo recordar algo. Después subió una muchacha de vestuario, una joven que casi nadie miraba durante los rodajes, pero que esa noche sorprendió a todos con una voz oscura, profunda, de esas que parecen traer historias guardadas. La gente aplaudió de verdad.

No fueron aplausos de compromiso, eran aplausos cansados, pero sinceros, de esos que solo dan quienes han trabajado 12 horas y ya no tienen energía para mentir. El tercero en subir fue Marcos Dueñas. Marcos era joven, guapo y demasiado consciente de sí mismo. Había ganado un concurso de canto en Puebla el año anterior y desde entonces cargaba ese dato como si fuera una credencial de autoridad.

tenía voz y eso era lo más complicado porque cuando alguien no tiene talento es fácil ignorarlo. Pero Marcos tenía técnica. Sabía pararse frente al micrófono, sabía respirar, sabía sostener una nota, sabía mirar al público después de una frase importante. Llevaba una camisa con botones de nácar en una cantina llena de trabajadores y parecía sentirse ligeramente por encima del lugar donde estaba cantando.

Cantó tres boleros seguidos. Los cantó bien. La gente aplaudió con respeto, pero mientras uno lo escuchaba, faltaba algo, algo difícil de explicar, pero fácil de sentir. Su voz estaba en su lugar, pero no parecía venir de un lugar verdadero. Cantaba como quien se escucha a sí mismo cantar. Y eso, en una cantina como aquella, podía impresionar un momento, pero no atravesaba a nadie.

Entonces Marcos dijo que quería intentar algo diferente. Dijo que iba a cantar Amorcito Corazón. En la cantina se levantó un murmullo. No era cualquier canción, era la canción de Pedro Infante, la que había quedado marcada en el corazón del público desde nosotros los pobres. la que se silvaba en mercados, talleres, camiones, patios y cocinas de toda la República.

Había canciones que podían pasar de voz en voz sin problema, pero había otras que parecían tener dueño, no por contrato, sino por alma. Amorcito Corazón tenía dueño y todos lo sabían. En la mesa del fondo, Antonio Aguilar dejó de mirar la pared. Marcos empezó a cantar. La voz era buena. Los acordes llegaban donde tenían que llegar.

 La técnica estaba limpia. Pero había algo en la manera en que atacaba cada frase, como empujando la melodía en lugar de dejarla respirar, que le quitaba precisamente lo que hacía grande a esa canción. Amorcito corazón no era una canción para demostrar garganta, era una canción de ternura. Y la ternura no se presume.

 La ternura se tiene o no se tiene. Antonio escuchó sin moverse. Había escuchado muchos cantantes en esos años de búsqueda. Algunos buenos, otros regulares, otros con una seguridad que no siempre venía acompañada de verdad. Marcos tenía voz, sí, pero había una diferencia entre tener voz y saber qué hacer con ella. Antonio lo sabía porque él mismo llevaba tiempo haciéndose esa pregunta.

 ¿Qué hago con esta voz? ¿Para qué sirve? ¿Dónde está lo mío? Cuando Marcos terminó, los aplausos fueron educados. Él sostuvo el micrófono un momento más de lo necesario y sonrió hacia el público. Luego miró hacia la mesa del fondo. Había notado al hombre del abrigo con barro. Desde el principio lo había notado porque ese hombre no aplaudía.

No por grosería, no por desprecio, sino porque parecía escuchar desde otro lugar. Marcos, con el micrófono todavía en la mano, dijo que parecía que el señor del fondo no estaba muy convencido, que si tenía alguna observación sobre cómo se cantaba Amorcito Corazón, podía compartirla, que estaban todos ahí para aprender.

Algunas personas se rieron. Don Bernal apretó el trapo con el que limpiaba la barra. Antonion no respondió de inmediato. Tomó un sorbo de cerveza, miró el fondo del vaso y luego levantó los ojos hacia Marcos. Tenía esa expresión de alguien que ha escuchado provocaciones parecidas antes y que decide, por cansancio o por dignidad, no entrar.

 Negó con la cabeza apenas. Sin palabras. Marcos abrió los brazos como si esa falta de respuesta fuera una pequeña victoria. bajó del micrófono entre algunas risas y volvió a su mesa. La cantina regresó a su rumor habitual. Vas sobre madera, sillas arrastrándose, conversaciones a media voz, el ventilador girando sin ganas. Antonio siguió sentado con la cerveza delante.

No tenía nada que demostrar. No esa noche, no en una cantina, no frente a un muchacho que confundía cantar bien con cantar de verdad, pero algo en el aire había cambiado. Pasaron unos minutos. Don Bernal miró hacia la mesa del fondo y luego volvió a sus vasos. Había aprendido a no meterse en lo que no era suyo.

 Fue entonces cuando se abrió la puerta de la paloma del sur. Entró por un segundo el ruido de la calle, coches, voces lejanas, noche de ciudad. Luego la puerta se cerró y quedó solo. El hombre que acababa de entrar no se detuvo en el umbral. Cruzó hacia la barra sin mirar demasiado a los lados. Llevaba una chamarra de cuero oscura y un sombrero de ala corta.

No iba vestido de charro, no venía como estrella, venía como un hombre cualquiera que conoce ese tipo de lugares porque alguna vez perteneció a ellos. Pidió una cerveza. Don Bernal se la sirvió sin preguntar el nombre, pero cuando levantó la vista y le vio la cara, algo en su expresión se detuvo durante un segundo.

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