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Antes de morir, FLOR SILVESTRE CONFESÓ la GRAN VERDAD sobre LEO DAN…

 No era solo admiración por su talento, era algo más profundo, algo que me asustó. Pero lo que Leo no sabía era que Flor también lo había notado, que sus miradas se habían cruzado apenas por un segundo, pero que ese segundo fue suficiente para que algo inexplicable sucediera entre dos almas que, según todas las reglas del destino, jamás debieron encontrarse.

Antonio Aguilar era un hombre celoso, no por inseguridad, sino porque conocía el valor de la mujer que tenía a su lado. Flor era hermosa, talentosa, carismática. Los hombres la admiraban, las mujeres querían ser como ella. Pero Antonio confiaba ciegamente en su esposa. Llevaban 11 años de matrimonio. Tenían dos hijos pequeños, Antonio Junior y el pequeño Pepe, que apenas cumplía 2 años.

Flor Silvestre, beloved Mexican singer, actress and musical matriarch, dies at 90

Su vida era un espectáculo constante de giras, grabaciones, películas. No había tiempo para nada más, o eso pensaba Antonio. Las semanas siguientes, a ese primer encuentro fueron extrañas. Leodan comenzó a frecuentar los mismos círculos, las mismas fiestas de la industria musical, los mismos estudios de grabación.

 México en los años 70 era un hervidero de talento y los artistas se reunían constantemente en la XCW, en Plaza Garibaldi, en las casas de los productores. Era imposible no coincidir. Y cada vez que Leo y Flor se encontraban, había algo en el aire, una tensión que ambos trataban de ignorar, pero que se hacía más evidente con cada mirada furtiva, con cada conversación que se prolongaba más de lo necesario.

Lo que nadie sabía era que Leo Dan había comenzado a escribir canciones en español con influencia ranchera pensando en ella. Esa pared no era solo una canción sobre un amor imposible, era la pared invisible que separaba a Leo de una mujer que pertenecía a otro hombre, a otro mundo. Cuando Leo cantaba, “Esa pared que nos separa, yo la quisiera derrumbar.

” No estaba hablando de cualquier mujer, estaba hablando de Flor Silvestre. Los meses pasaron y Leo se estableció en México con su esposa Marieta y sus hijos. Por fuera todo parecía normal. Leo grababa éxitos tras éxito. Te he prometido mi última serenata. Token María Chis Canten. Su voz romántica conquistaba a las mujeres mexicanas.

 Sus presentaciones se llenaban. Pero había algo en su mirada, una melancolía que no venía de sus canciones de juventud, sino de algo más reciente, más doloroso. Flor, por su parte, seguía siendo la esposa perfecta, la madre dedicada, la artista impecable. Pero quienes la conocían de cerca comenzaron a notar pequeños cambios. se distraía más durante las conversaciones.

A veces se quedaba mirando al vacío con una expresión que no era tristeza, pero tampoco era felicidad. Era algo indefinido, algo que ella misma no podía o no quería nombrar. Y entonces sucedió lo que nadie esperaba. En 1972, durante una gira que Antonio Aguilar realizó por Estados Unidos, Flor decidió quedarse en México para cuidar de sus hijos.

 Oficialmente fue una decisión práctica. Los niños estaban pequeños y el viaje era largo. Pero la verdad, la que Flor confesaría décadas después, era otra. Necesitaba tiempo para aclarar sus pensamientos, para entender qué era ese sentimiento que crecía en su pecho cada vez que escuchaba una canción de Leo Dan en la radio.

 Fue durante esas tres semanas de ausencia de Antonio cuando todo cambió. Leo Dan había sido invitado a participar en un homenaje a la música mexicana en el Palacio de Bellas Artes. Era un evento importante con varios artistas nacionales e internacionales. Flor también estaría ahí representando la música ranchera femenina. Era inevitable que coincidieran.

La noche del evento, después de las presentaciones, hubo una recepción en uno de los salones del palacio. Las luces eran tenues, la música de fondo era suave, el ambiente era de celebración. Leo y Flor se encontraron junto a una de las ventanas que daba al centro histórico de la Ciudad de México. No fue planeado.

 Fue uno de esos encuentros que el destino orquesta con precisión quirúrgica. Vi las luces de la ciudad esa noche. Contaría Flor después a su hija Marcela Rubiales, su hijastra, en una conversación íntima que Marcela nunca olvidaría. Y sentí que mi vida entera había sido un escenario donde yo interpretaba el papel de la esposa feliz, la artista exitosa, la mujer perfecta.

 Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, me pregunté quién era Guillermina, la mujer detrás de Flor Silvestre. Leo se acercó con dos copas de champán por la música mexicana. Dijo con su característico acento argentino que ya había suavizado un poco viviendo en México. Flor sonrió, tomó la copa y por primera vez no desvió la mirada.

 Por los secretos que guardamos, respondió ella. Y Leo supo en ese momento que no era el único que sentía esa conexión inexplicable. Hablaron por horas, no sobre música, no sobre fama, no sobre sus carreras. Hablaron sobre sus infancias, sobre los sueños que tuvieron de niños, sobre las personas que fueron antes de convertirse en leyendas.

 Leo le contó sobre su pueblo en Santiago del Estero, sobre las noches estrelladas de las pampas argentinas, sobre cómo aprendió a tocar la guitarra, porque era la única manera de expresar lo que sentía. Flor le habló de Salamanca, Guanajuato, de cuando cantaba en la iglesia, sin imaginar que su voz llegaría a millones de personas, de cómo a veces extrañaba la simplicidad de ser solo Guillermina, la muchacha del pueblo.

 Esa noche no pasó nada físico, confesaría Flor en su lecho de muerte, pero pasó algo mucho más profundo. Esa noche nos enamoramos de las almas, de las personas reales que había detrás de las máscaras que usábamos para el mundo. Y eso de alguna manera fue más peligroso que cualquier otra cosa. Cuando Antonio regresó de su gira, Flor estaba diferente.

 Él lo notó, pero lo atribuyó a que ella había descansado, que había tenido tiempo con sus hijos. No sospechó nada. ¿Cómo iba a sospechar su esposa? Nunca le había dado motivos para dudar y técnicamente no había sucedido nada que pudiera considerarse una traición. Pero el corazón no entiende de tecnicismos y Flor sabía que algo había cambiado irreversiblemente en su interior.

 Los siguientes meses fueron una tortura silenciosa para ambos. Leo y Flor se veían en eventos, en grabaciones, en las inevitables coincidencias de la industria musical. Siempre eran cordiales, siempre mantenían la distancia apropiada, siempre había otras personas alrededor, pero las miradas lo decían todo. Antonio nunca se dio cuenta.

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