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Así Es La Lujosa Vida De VOZINHA: El Portero De Cabo Verde Qué Gano MILLONES De Seguidores.

 Los otros niños del barrio lo llamaban bociña, que en portugués significa abuelita. Un apodo que empezó como una burla cruel de los chicos más grandes del vecindario. Porque Josimar era pequeño, competitivo y no le gustaba perder. Y cuando en los partidos callejeros alguien le pegaba muy fuerte o lo hacían quedar mal, corría a casa donde sus abuelos lo esperaban.

 Los mayores se reían y le gritaban que iba a quejarse con la abuelita. Vociña, bociña. Y el apodo se pegó con esa crueldad inocente que solo tienen los niños. Lo que nadie imaginó entonces es que ese nombre inventado para burlarse de un chico que corría donde sus abuelos se convertiría décadas después en el nombre más buscado en internet durante una semana completa en todo el planeta.

The Voice' in the Cape Verde goal: Vozinha, who made 7 saves against Spain

Bosña nunca intentó cambiar el apodo, lo adoptó con orgullo, porque para él ese nombre no era una burla. Era un homenaje a las dos personas que habían hecho todo por él cuando nadie más podía hacerlo.  En el mundo del fútbol profesional hay una regla no escrita que casi nadie cuestiona.

 Si a los 18 años no estás en las categorías juveniles de un club importante, probablemente no vas a llegar a ningún lado. Bosiña rompió esa regla con una tranquilidad que desafía toda lógica. Mientras la Mine Yamal, la estrella española que años después intentaría marcarle sin éxito en un mundial, nacía en 2007. Bociña hacía su debut profesional ese mismo año con el Batuque, un club local de Cabo Verde que la mayoría del mundo del fútbol nunca había escuchado nombrar.

 Tenía 21 años en ese momento, que ya era tarde para los estándares normales del fútbol. Pero lo más increíble es que, según el mismo sus años de verdadero profesionalismo no empezaron ahí sino a los 25, cuando por fin sintió que el fútbol era su trabajo real y no solo su sueño. Y en esa confesión hay algo que estremece.

 Tenía 40 años cuando esto pasó. No fui profesional hasta los 25. Esto es la recompensa de todo ese camino. La razón de ese inicio tan tardío tiene varias capas. De niño lo rechazaron en pruebas por su estatura antes de que su cuerpo terminara de crecer. Y cuando finalmente creció, nadie en Cabo Verde tenía los contactos ni la infraestructura para abrirle las puertas que en Brasil, Argentina o España se abren solas cuando un chico tiene talento.

 Pasó cuatro temporadas con el batuque y luego se fue al Mindelense, otro club local, acumulando experiencia en una liga que el mundo del fútbol internacional ignora completamente. No había contratos millonarios, no había Champions League, no había titulares en ningún periódico, solo un portero de una isla pequeña guardando porterías en estadios que caben menos personas que muchos supermercados europeos, convenciéndose a sí mismo cada día de que ese sacrificio tenía un destino que todavía no podía ver.

 Lo que mantuvo a Bociña en el camino cuando cualquier otro hubiera abandonado no fue el dinero ni la fama. Fue algo mucho más difícil de cuantificar, la certeza absoluta de que su momento llegaría aunque nadie más lo creyera.  Hubo un punto en su carrera donde Bocña estuvo a punto de retirarse. Lo reconoció él mismo después del partido contra España con una honestidad que pocos futbolistas se permiten en público. Pensó en dejarlo.

 calculó las probabilidades, miró su carrera y consideró seriamente que quizás el fútbol no le iba a dar lo que había prometido y algo, una decisión que no supo explicar con exactitud, lo hizo seguir. Ese algo que lo mantuvo en pie cuando las ganas se agotaban es exactamente lo mismo que lo tuvo parado bajo los tres palos en Atlanta a los 40 años, deteniéndole siete tiros a España.

La historia de Bocíña no es la historia de alguien que llegó tarde, es la historia de alguien que llegó exactamente cuando tenía que llegar y que necesitó 40 años para entender que el tiempo siempre estuvo de su lado. Y lo que vino después de ese debut tardío fue una carrera tan errante y tan cinematográfica que ningún guionista de Hollywood se hubiera atrevido a escribirla por miedo a que nadie le creyera.

 Si buscas en Google la ruta profesional de bociña y la comparas con la de cualquier futbolista que haya parado siete tiros a España en un mundial, lo primero que sientes es confusión y lo segundo es un respeto enorme que no esperaba sentir. Angola, Moldavia, Chipre, Eslovaquia, Portugal. Cinco países, nueve clubes, casi 200 partidos en ligas que el mundo del fútbol ignora completamente.

 Estadios sin cámaras de televisión internacional, salarios que en algunos casos no llegaban a lo que un jugador de segunda división española gana en una semana. Esa fue la carrera de Bocinia durante casi dos décadas. Y lo más impresionante es que nunca la vivió como un fracaso. La vivió exactamente como lo que era, el camino más largo y más honesto hacia el sueño más improbable.

  Su primer destino fuera de Cabo Verde fue Angola, donde se incorporó al progreso un club de Luanda donde otro jugador ya se llamaba Josimar, lo que lo obligó a usar oficialmente el apodo de su infancia por primera vez en una camiseta profesional. Ahí nació Bosia como nombre futbolístico en Angola por una coincidencia tan simple como que dos jugadores no pueden tener el mismo nombre en la misma plantilla.

 de Angola voló a Moldavia para jugar con el simbu de Chisinau, una ciudad que la mayoría del mundo no sabría ubicar en un mapa donde el fútbol se juega con temperaturas que en invierno bajan de 0 gr y donde los estadios tienen más historia soviética que comodidades modernas. Luego vino Chipre con el Aelol, donde finalmente ganó su único trofeo de club, la Copa de Chipre en 2019.

 El único título que pudo llevarse a casa después de 12 años de carrera profesional hasta ese momento. Una copa regional que en el contexto de su historia tiene el mismo peso emocional que una Champions League. El 8 de septiembre de 2012 es una fecha que en Cabo Verde muy poca gente olvidará, aunque la mayoría del mundo ni siquiera sabe que existió.

 Esa noche, en el estadio Davarcia en Praya, Bosña se paró entre los tres palos de la selección de Cabo Verde por primera vez en su vida para enfrentar a Camerún en un partido clasificatorio para la Copa de África. No era un amistoso, no era un ensayo, era un partido donde una nación entera que nunca había ido a un torneo importante se jugaba su primera clasificación histórica.

 Bosña registró portería en cero en ese primer partido, ayudando a asegurar una ventaja vital de 2 a0 contra rivales mucho más experimentados. Lo fascinante es que para llegar a esa convocatoria no había pasado por ninguna categoría juvenil de la selección. No había tenido ningún proceso de formación federativa, simplemente lo llamaron porque jugaba bien en Angola y nadie más lo hacía mejor.

 Un portero de 26 años que nunca había sido juvenil internacional debutando en una eliminatoria decisiva. Eso es Cabo Verde en Estado puro.  En el partido de vuelta el 14 de octubre en Yaundé, Cabo Verde perdió 1 a 2 ante Camerún, pero el marcador global de 3 a 2 les aseguró la clasificación histórica para su primera Copa de África.

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