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HARFUCH CATEA la Casa de JAVIER SOLÍS en Las Águilas… Y Encuentra la PARED FALSA del Estudio

Hay un escritorio, hay una grabadora de carrete de los años 60 todavía con el carrete adentro. Hay un florero vacío con el cuero agrietado, hay un florero vacío con polvo gris en el fondo y hay algo más. En la pared blanca, a la altura del hombro derecho, una de las molduras de madera no encaja con la línea del resto, está como un dedo más adelantada.

Arfuch se acerca, pasa la palma sobre la moldura, la empuja, la pared se mueve. Es una pared falsa. Lo que hay detrás detiene a los [música] tres peritos al mismo tiempo. Una cavidad rectangular de 30 cm de profundidad recubierta de cuero rojo gastado. Adentro, ordenado con cuidado de alguien que pensaba volver pronto, hay un fajo grueso [música] de billetes de dólar. Siete fajos.

Cada fajo amarrado con una liga seca que se rompe al primer contacto. La doctora forense [música] empieza a contar. $000 billetes de 100. Año de [música] impresión 1964. Sin manchas, sin marcas, sin doblar. Como si alguien hubiera ido al banco, [música] pedido el cambio en billetes nuevos y los hubiera guardado ahí [música] 42 días antes de morir.

Detente un segundo. Piensa en lo que acabas de oír. $000 en 1964. En México equivalen [música] a más de un millón y medio de pesos de hoy. Era el precio de tres casas medianas en la colonia del Valle. Era cuatro veces el sueldo anual [música] de un médico de prestigio en la capital. Era 20 veces lo que ganaba un trabajador del campo en todo un año.

Javier Solís ganaba bien, eso lo sabemos. Pero Javier Solís no era un hombre de esconder [música] dinero en paredes. Sus regalías llegaban por cheque vía a la disquera depositadas en una cuenta a nombre de su esposa. Lo que estaba en esa pared no llegó por cheque, llegó en mano, llegó en sobre y llegó para algo que no se podía declarar.

Pero aquí viene algo que nadie [música] te ha contado nunca sobre esos billetes. Junto al efectivo, en la misma cavidad había [resoplido] un sobre de papel manila cerrado con cera de vela roja, sin remitente, sin destinatario, solo una palabra escrita a lápiz sobre la solapa, una palabra que la doctora forense le pasa a Harfux sin tocarla, la palabra dice expediente.

Y dentro del sobre, sin abrir todavía esta madrugada, alguien guardó la historia que iba a cambiar el significado [música] de todo lo que viste en esta casa. Hoy vas a saber cuatro cosas que nunca [música] te contaron sobre Javier Solís y te voy a avisar cuando llegue cada una.

Primero vas a saber lo que dice el expediente médico original de su cirugía, el que la familia nunca vio, el que tres médicos firmaron dos días [música] antes de que él entrara al quirófano. Lo que ese papel dice contradice lo que firmó después el certificado de defunción. Segundo, vas a saber lo que decían las cartas entre [música] las dos compañías discográficas que se peleaban su voz en febrero y marzo de 1966.

Cinco cartas fechadas con una precisión que [música] no era casual. Tercero, vas a saber lo que apuntó [música] él mismo con su letra en una libreta de tapas verdes oscuras que guardó [música] en un cajón del estudio, conversaciones que tuvo con personas del medio en las últimas seis semanas de su vida.

Cuarto, y esto es lo más duro de todo. Vas a saber lo que dijo Javier Solís [música] tres días antes de la cirugía a un hombre que ya no puede confirmarlo ni desmentirlo. Una frase, una sola frase, está escrita de su puño [música] y letra en la última página de esa libreta y explica, [música] sin dejar lugar a duda, por qué el rey del bolero ranchero murió a los [música] 34 años.

Pero antes de que escuches lo que dice esa libreta, necesitas entender quién era el hombre que la escribió, porque la historia de Javier Solís no empieza con un disco de oro, empieza con un niño abandonado en un cuarto de azotea en la colonia [música] Tacubaya. 1 de septiembre de 1931. Nace Gabriel Siria Levario en una casa de vecindad detrás del mercado de Tacubaya.

Su madre, Juana Levario, tiene 22 años. El padre, un albañil que aparece y desaparece, los deja antes de que el niño cumpla dos años. Nunca vuelven a saber de él. Juana lo cría sola con la ayuda de [música] una hermana mayor que vende quesadillas afuera del mercado. El cuarto donde dormían [música] tenía dos por tr met, un colchón en el suelo, una palangana para lavarse la cara.

un brasero y un radio de bulvos que la abuela [música] había heredado de un patrón muerto. Ese radio fue lo que cambió todo, porque a las 8 de la noche, cuando el cuarto de Tacubaya quedaba en silencio, Gabriel [música] escuchaba a Pedro Infante cantar Amorcito Corazón y a Jorge Negrete cantar México lindo y querido.

Y aprendía, sin [música] que nadie le enseñara, a imitar cada inflexión. Cada respiración [música] entre versos, cada quiebre de voz en el final de una estrofa. Tenía 7 años y ya cantaba mejor que los muchachos del barrio que tenían 12. Una voz que tus abuelos canturreaban en la cocina los domingos al mediodía. Una voz que le ponía piel de gallina a tu mamá cuando [música] la pasaban en el radio del taxi camino al mercado.

Una voz que tu papá ponía bajito los sábados por la noche después de la cena, mientras leía [música] el periódico en el sillón. Esa misma voz tuvo en 1938 su primera escuela en un cuarto sin agua corriente detrás [música] del mercado de Tacubaya. Un niño descalzo con los pies fríos sobre el cemento, repitiendo en voz baja mientras la mamá dormía, las estrofas de cuatro caminos, sin saber todavía que esa [música] misma canción él la iba a grabar 21 años después con el mariachi Vargas en un estudio con piso de duela y micrófonos alemanes que

costaban tres [música] veces lo que su madre ganaba en un año. A los 9 años, su madre lo manda a trabajar al mercado de la Mercedor, de ayudante [música] de un carnicero llamado Don Eulogio, que le pagaba dos pesos diarios por cargar canales de res desde las 4 de la mañana. Gabriel se levantaba a las 3:30, caminaba 28 cuadras en la oscuridad, trabajaba hasta el mediodía y a la 1 estaba en la escuela primaria nocturna.

de la colonia Santa María la Ribera hasta las 8. Después caminaba [música] de vuelta a Tacubaya. Llegaba a las 9:30, se dormía con el radio puesto. A los 14 don Eulogio [música] le dejaba cortar carne. A los 15 le pagaba 6 pesos diarios. A los 16 Gabriel decidió que la carnicería [música] no iba a ser su vida.

Se anotó en un gimnasio de boxeo cerca del Parque [música] España. Peleó como peso ligero. Ocho combates a Mateur, cuatro victorias, tres derrotas. Un knockout [música] a los 17 años que le rompió el tabique nasal y le dejó la cicatriz que después, cuando lo entrevistaban [música] en televisión, él cubría con maquillaje. La voz no se le dañó nunca.

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