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4 TRAGEDIAS en ESTADIOS que cambiaron la HISTORIA del FÚTBOL – MUNDIAL 2026

Pertenece a esta segunda categoría. Es la mayor catástrofe en la historia del fútbol mundial, pero durante mucho tiempo casi nadie fuera del Perú supo que había pasado. Era un domingo cargado de expectativa. La selección peruana enfrentaba a la Argentina en la última fecha del torneo preolímpico sudamericano.

 Estaba en juego la clasificación a los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 y más de 53,000 personas desbordaron las tribunas del Estadio Nacional. La cifra representaba un 5% de la población total de Lima en ese momento. Mucho público venía directamente de una carrera automovilística celebrada horas antes en la capital.

 El estadio ya estaba al límite cuando las autoridades tomaron una decisión que sellaría el destino de cientos de personas. Cerraron las puertas.  Nadie más entraría y nadie más saldría hasta que el partido terminara. El encuentro tenía todo el peso de una final porque Perú necesitaba al menos un empate para mantenerse con chances de clasificación.

 En cambio, Argentina llegaba invicta varias fechas y con un equipo sólido que sabía que una derrota podía dejarlo afuera. El gobierno de Fernando Veloun de Terry transitaba sus primeros meses en medio de un panorama complejo, de conflictos sociales y planes de modernización. El fútbol era, como suele serlo en momentos así, un refugio y una fuente de orgullo colectivo.

 A los 63 minutos, el arquero peruano rechazó mal y Néstor Manfredy puso el 1 a0 para la Alvi Celeste. La tribuna entera se sacudió y a partir de ahí el clima fue volviéndose más y más tenso. A los 83 minutos ocurrió lo que el estadio entero estaba esperando. Víctor Lobatom, apodado Kilo, metió el gol del empate.

 Las tribunas estallaron y por unos segundos Lima entera se paralizó de alegría. Pero el árbitro uruguayo Ángel Eduardo Pasos, anuló el tanto. Señaló una falta de lobatón sobre el arquero dentro del área y las protestas no sirvieron de nada. Mucho antes del bar, su decisión era irrefutable. El marcador volvía a ser 1 a0 y la alegría se convirtió en cuestión de segundos en una indignación que no tenía donde ir.

 Desde la tribuna sur bajó la furia, un hincha conocido como negro bomba saltó al campo para recriminarle a pasos la decisión arbitral. La policía lo redujo con perros, pero el polvorín se había encendido y no había vuelta atrás. Otro seguidor intentó acercarse al referí y fue golpeado. Ante el caos creciente, pasos dio el pitazo final.

 Lo que vino después fue una cacería brutal. La respuesta policial fue completamente desproporcionada. Comenzó una sucesión de empujones, bastonazos y gases lacrimógenos disparados directamente sobre las tribunas. Pero las puertas del estadio seguían cerradas por orden policial, mientras miles de personas intentaban escapar del humo y el pánico sin ningún lugar a donde ir.

 Las escaleras se convirtieron en embudos de muerte. La gente caía y quedaba aplastada por la presión de quienes venían detrás, que tampoco tenían salida. Cada persona que caía era aplastada y pisoteada. prácticamente una sentencia de muerte. El jugador Héctor Chumpitas estaba en el vestuario cuando alguien salió a ver qué pasaba y volvió diciendo que había dos muertos.

 Los jugadores permanecieron encerrados durante 2 horas sin saber la magnitud de lo que estaba ocurriendo a pocos metros de ellos. Creían que había dos muertos, algo atroz para un partido de fútbol, pero nunca imaginaron cuál era la realidad.  El balance final fue de 328 personas fallecidas, más de 500 resultaron heridas, muchas con fracturas, contusiones o quemaduras provocadas por los gases.

 El árbitro pasos fue sacado del estadio en helicóptero por temor a que lo lincharan ahí mismo y nunca volvió a dirigir un partido internacional. Lima entró en caos. Sobrevivientes y familiares salieron a las calles. Hubo una ola de incendios, saqueos y enfrentamientos. Dos agentes de policía fueron linchados por la multitud.

 hasta el punto de que el presidente decretó estado de emergencia, suspendió garantías constitucionales y envió tropas del ejército a la capital. La ciudad quedó bajo toque de queda. El comandante de la Guardia Republicana, Jorge de Azambuja, fue el único funcionario en reconocer públicamente su responsabilidad.

 Admitió haber dado la orden de cerrar las puertas y de lanzar los gases lacrimógenos.  recibió una condena de 30 meses de prisión y más de 40 policías sufrieron sanciones administrativas, pero la mayoría volvió a sus funciones. El coronel Ramón Rodrich, uno de los oficiales de alto rango desplazados, terminó con su propia vida semanas después.

 Ningún funcionario civil ni autoridad política enfrentó cargos penales. La causa judicial se cerró sin responsables reales. La FIFA y el Comité Olímpico Internacional exigieron explicaciones, pero al final del proceso no hubo respuestas satisfactorias. Todo se presentó como un cúmulo de fatalidades encadenadas, sin un responsable directo.

 Argentina clasificó y se marchó en silencio, aunque renunció después a participar en los propios juegos de Tokio por desacuerdos con el reglamento. Perú quedó eliminado y el Estadio Nacional fue clausurado. Pero rápidamente el fútbol peruano trató de olvidar lo que había pasado en sus propias gradas. Entre los testimonios que el tiempo fue trayendo a la superficie, el periodista deportivo Manuel Pasaraos recordó cómo escapó de la muerte esa tarde.

 En aquel entonces tenía 12 años y quería ir al partido, pero no quiso pagar el precio abusivo de la entrada en reventa. Su madre lo alentó a ir de todos modos y se ofreció acompañarlo, pero Manuel se mantuvo firme. Esa decisión les salvó la vida a ambos. Ese tipo de historias, de ausencias, que de milagro no se convirtieron en pérdidas son las que quedan flotando en Lima cuando alguien pronuncia la fecha del 24 de mayo.

 Lo que nadie logró olvidar fue la cifra, 328 personas, la mayor tragedia registrada en un estadio de fútbol en toda la historia del mundo. Una tarde de domingo en Lima que empezó con la ilusión de clasificar a los Juegos Olímpicos y terminó con cuerpos apilados en los pasillos de un estadio con las puertas cerradas.

 La tragedia de Lima quedó sepultada durante décadas por el silencio de quienes tenían poder para contarla. Lo que ocurrió 3 años antes al otro lado del mundo fue silenciado de una manera todavía más sistemática. La verdad quedó en manos del aparato entero de un estado que no admitía que hubiera fallos capaces de llevarse la vida de sus propios ciudadanos.

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