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CUAUHTÉMOC BLANCO Hizo 5 Cosas Que GALILEA MONTIJO Jamás Debió Saber

CUAUHTÉMOC BLANCO Hizo 5 Cosas Que GALILEA MONTIJO Jamás Debió Saber

Era el 28 de julio del 2002. Galilea Montijo salió de una casa donde había pasado 29 días encerrada, 29 días llorando por un hombre, 29 días defendiéndolo frente a millones de mexicanos que la estaban viendo en televisión abierta. 29 días creyendo en él, mientras los rumores decían que le estaba siendo infiel.

Y ese hombre la estaba esperando afuera con mariachi, con rosas y con un anillo de compromiso. México entero suspiró. Lo que México no sabía esa noche es lo que tú vas a saber hoy. Lo que había detrás de ese anillo, lo que había detrás de esa sonrisa, lo que estaba pasando mientras Galilea estaba encerrada creyendo en él. Y por qué esa historia que parecía el cuento de amor más bonito de México terminó exactamente como terminó.

Esto es Cuautemoc Blanco, el hombre que México eligió como símbolo, el niño de Tepito que llegó al cielo y la historia que nadie contó completa. Hoy la vas a escuchar entera con los nombres, con las fechas, con las palabras exactas que dijeron los protagonistas. Quédate, pero para entender todo lo que pasó esa noche y todo lo que vino después.

Primero necesitas saber de dónde venía este hombre, porque sin entenderte sin entender lo que ese barrio te hace por dentro, no puedes entender nada de lo que vino después. Empecemos desde el principio. Tepito y el origen Tepito. Si hay barrios en el mundo que no necesitan presentación para quien los conoce y que para quien no los conoce resulta casi imposible describir con palabras justas.

Tepito es uno de esos barrios. No es solo una dirección en el mapa de la ciudad de México. Es una manera de ver la vida. Es una filosofía, es un código de honor que se aprende en la calle antes de aprenderlo en los libros. En Tepito la pobreza no se disimula, no hay manera de taparla. Vive en el olor del ambiente, en la textura de las paredes, en el sonido de las calles donde los niños juegan descalzos porque así es.

Pero Tepito tiene algo que los barrios ricos nunca van a tener. Una claridad brutal sobre la vida que los que tienen todo nunca entienden del todo. La claridad de que si no peleas pierdes, si no te levantas te quedas. Si no sueñas con una fuerza que asuste, el barrio te devora. Y es exactamente ahí, en ese tepito que México muchas veces prefirió ignorar, donde nació el hombre que después haría llorar de orgullo a un país entero.

Cuautemoc Blanco Bravo, nacido el 17 de enero de 1973. Su nombre lo dice todo de sus raíces. Cuautemok como el último gran emperador azteca, el que resistió cuando todo se derrumbaba, el que no se rindió aunque hubiera podido, un nombre que pesa, un nombre que obliga. Era el décimo de 12,

hermanos. 12. En un hogar donde el dinero era exactamente lo que no había. Su padre trabajaba como obrero. Su madre hacía lo que hacen las madres mexicanas de barrio cuando la vida aprieta sin parar. Hacía todo posible con lo que era imposible. No había lujos, no había colchón de seguridad, solo había familia, Tepito y la calle.

Y Cuautemoc tenía una pelota. No siempre era una pelota de verdad. A veces era una lata. A veces era una bola de trapo que se deshacía después de dos patadas, pero ese niño pateaba algo todos los días sin falta, como si supiera desde muy pequeño e con esa intuición que solo tienen los que tienen hambre de verdad, que ese balón era  su boleto de salida, no de Tepito.

Tepito nunca lo abandonaría completamente. Cuautemoc lo llevaría dentro toda la vida, sino de la limitación del destino que el barrio parecía tener escrito para los suyos. En las canchas de tierra de Tepito, donde creció, no había árbitros ni reglas escritas. Lo que había era la ley del más fuerte.  El que mejor jugaba mandaba.

El que se acobardaba perdía su lugar. Quautemok era el más grande de los que jugaban, no era el más fuerte físicamente, pero nadie lo intimidaba, nunca, porque había aprendido algo que los niños de Tepito aprenden muy pronto o no aprenden nunca, que el miedo es una elección y él había elegido no tenerlo. Pero antes de la Academia del América hubo años de cancha de tierra, años de jugar con lo que hubiera, años de aprenderlo todo de la manera difícil.

Y en esos años, Cuautemoc Blanco fue construyendo algo que ningún entrenador de academia le pudo dar. Un ojo para el partido que viene de jugar en condiciones adversas. Cuando la cancha no está nivelada, aprendes a anticipar.  Cuando no hay árbitro, aprendes a defenderte tú solo.

Cuando el balón es una lata que rebota diferente cada vez, aprendes a improvisar. Todo eso iba a ser su ventaja competitiva durante toda su carrera. Hay una anécdota que circula sobre esa época, que cuando Quautemok llegó a la Academia del América, los entrenadores se sorprendieron de dos cosas. La primera, lo bueno que era para situaciones de presión donde los demás se bloqueaban.

La segunda, lo poco que le importaba lo que pensaran de él mientras hiciera su trabajo. Esa combinación de talento y desprendimiento de la opinión ajena es rara y es casi siempre producto de haber crecido donde importaba sobrevivir, no quedar bien. A los 12 años entró a las fuerzas básicas del club América. A los 16 ya destacaba de una manera que hacía que los entrenadores se miraran entre sí con esa expresión que solo tienen cuando están viendo algo que no se ve todos los días.

Había algo en ese muchacho, algo que no se puede enseñar en ninguna academia, una forma de leer el partido que los demás no tenían, una capacidad de crear espacio donde otros solo veían paredes y una determinación de hierro que solo se forja en los lugares donde no tienes absolutamente nada que perder. Tepito le había enseñado algo que ningún entrenador puede enseñar, que la adversidad no es el enemigo, la adversidad es el maestro, que los momentos de mayor presión no son los momentos para acobardarse, son los momentos para brillar.

Eso lo aprendió de niño en las canchas donde no había árbitros y lo aplicó toda su carrera en los estadios más grandes del mundo. De su esposa en esa época era Maricela Santoyo, su novia de la escuela, la que lo conoció antes de que fuera nadie, la que lo quería cuando no había fama ni dinero, ni portadas de revista.

Esa relación, esa fidelidad a sus raíces amorosas también formaba parte de la imagen que México tenía de él. Era el chico que no olvidaba de dónde venía, que no cambiaba a su gente cuando llegaba el éxito. Era auténtico, completo del pueblo. Pero el mundo del fútbol profesional, la fama que llegó de golpe, luego las oportunidades que abre esa fama iban a ponerlo frente a tentaciones que Tepito nunca le había enseñado a manejar.

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