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La Enfermera Que VIO a Fidel Castro Ayudar a Su ENEMIGO — El SECRETO Que Cambió Su Opinión

 

En ese momento, nadie sabía que una enfermera de 32 años sería testigo del acto más contradictorio de Fidel Castro. Lo que Elena Martínez vio en el hospital oncológico de La Habana en marzo de 1994, desafiaría todo lo que creía sobre el líder más controversial de Cuba y la obligaría a guardar un secreto que cambiaría completamente su opinión durante 25 años, hasta que finalmente decidió revelarlo sabiendo que nadie le creería. 8 de noviembre de 2019.

Entrevista en Miami. Elena Martínez, ahora de 57 años, estaba sentada frente a una cámara con las manos temblando. Había trabajado como enfermera oncológica en La Habana durante 28 años antes de exiliarse. Había visto a cientos de pacientes, había presenciado milagros y tragedias, pero nada la había preparado para lo que vio aquella noche de marzo de 1994.

Pero necesito contarlo porque porque no es blanco y negro. Nada es blanco y negro. El entrevistador se inclinó hacia delante. ¿Qué viste exactamente? Elena tomó aire profundamente. Vi a Fidel Castro, el hombre que había encarcelado al padre de una niña moribunda, pagar personalmente y en secreto el tratamiento de esa niña, no para propaganda, no para las cámaras.

 Nadie lo supo, excepto yo, y eso eso lo cambió todo. Pero lo más impactante era que esta no era una historia de un héroe o un villano. Era la historia de algo mucho más complicado, un hombre capaz de crueldad extrema y compasión inesperada al mismo tiempo. Y esa contradicción es lo que hace esta historia imposible de ignorar.

 Elena Martínez llevaba 12 años trabajando en el hospital oncológico pediátrico de La Habana. había elegido esa especialidad porque, como ella decía, los niños merecen luchar con dignidad. Marzo de 1994 fue un mes particularmente difícil. Cuba estaba en pleno periodo especial. La crisis económica después del colapso de la Unión Soviética, el hospital tenía escasez de todo, medicinas, equipos, hasta analgésicos básicos.

 El 15 de marzo ingresó una nueva paciente, Sofía Valverde, 9 años, leucemia linfoblástica aguda. Necesitaba quimioterapia inmediata. Sin tratamiento le daban 3 meses de vida. El problema, el tratamiento específico que necesitaba no estaba disponible en Cuba. Había que importarlo. Costo $5,000 estadounidenses.

 Para una familia cubana promedio en 1994, esa cantidad era literalmente imposible. El salario mensual era de aproximadamente $10. La madre de Sofía, Carmen Valverde, suplicó a los médicos, “Por favor, tiene que haber algo. Ella es mi única hija. Por favor, el Dr. Ramírez, jefe de oncología, explicó con tristeza.

 Señora Valverde, entiendo su dolor, pero no tenemos los recursos. Lo siento, haré todo lo posible para mantenerla cómoda, pero sin el tratamiento” no terminó la frase, no hacía falta. Carmen colapsó en el piso del hospital. Soylozando, Elena la ayudó a levantarse, le dio agua, se sentó con ella. ¿Hay alguna forma? Preguntó Carmen desesperada.

 ¿Alguna manera de conseguir el dinero? Elena negó con la cabeza. No, que yo conozca. Y justo en este punto todo cambió, porque Elena estaba a punto de descubrir que había alguien que sí conocía una manera. Al día siguiente, Elena estaba revisando expedientes en la oficina de enfermería cuando notó algo extraño en el archivo de Sofía Valverde.

Había una nota manuscrita adjunta. No en el formato oficial del hospital, la letra era casi ilegible. Garabateada rápidamente, decía: “Padre Roberto Valverde, prisionero político, combinado del este, 15 años, artículo 91, propaganda enemiga. Elena sintió que el estómago se le revolvía. Sabía lo que significaba. Artículo 91.

 Oposición al gobierno. Roberto Valverde era un disidente. Esto explicaba por qué la familia no tenía recursos extraordinarios. No solo eran pobres como todos los cubanos, sino que además el padre estaba encarcelado por oponerse al régimen. Elena cerró el archivo rápidamente. En Cuba del periodo especial, saber demasiado sobre prisioneros políticos podía ser peligroso, pero no pudo olvidar esa información.

 Esa noche en su casa le dio vueltas en la cabeza. Una niña de 9 años va a morir porque su padre tuvo el valor de criticar al gobierno. Pensó, “Es así como funciona la justicia revolucionaria. Castigamos a los niños por los crímenes de sus padres.” No era la primera vez que Elena cuestionaba el sistema, pero sí era la primera vez que veía las consecuencias tan directamente.

Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que Elena descubriría en los próximos días desafiaría todas sus suposiciones. Elena estaba en el turno de noche. El hospital pediátrico era tranquilo después de las 10 pm. Los niños dormían. Solo se escuchaba el pitido ocasional de los monitores. A las 11:30 pm escuchó un auto detenerse en la entrada de emergencias. Extraño.

 Las ambulancias usaban otra entrada. Miró por la ventana. 13 subs negros. No eran ambulancias. Segundos después, seis hombres con trajes entraron al hospital. Seguridad. Elena lo reconoció inmediatamente. Seguridad del estado. Su primer pensamiento fue pánico. ¿Qué hicimos mal? Viene a arrestar a alguien. Pero los hombres no parecían agresivos, simplemente se posicionaron en las entradas.

 Entonces entró él, Fidel Castro. Elena lo reconoció instantáneamente. Era imposible no reconocerlo. Alto, con su uniforme militar verde oliva, barba gris, caminando con esa confianza que solo él tenía. Pero algo era diferente. No había cámaras, no había periodistas, no había anuncio oficial, era completamente privado. El Dr.

 Ramírez salió de su oficina, obviamente esperando la visita. Comandante, gracias por venir. ¿Dónde está?, preguntó Fidel sin preámbulos. Habitación 30 en 7. Pero, comandante, debes saber que Lo sé. Sé quién es su padre, por eso estoy aquí. Elena se quedó paralizada detrás del mostrador de enfermeras. Fidel sabía sobre Roberto Valverde.

 Había venido por la hija del prisionero político. Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que pasó después contradecía todo lo que Elena pensaba que sabía sobre Fidel Castro. Fidel subió al tercer piso. Elena, sin saber por qué, lo siguió a distancia. Su curiosidad venció su miedo. Fidel entró a la habitación tren 7 Penet. La puerta quedó entreabierta.

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