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“¡Los matones golpean a Fernando Torres, gran error! ¡Es un luchador brutal!

Al frente de ese grupo estaba Diego Salazar, el indiscutible rey del Instituto Santa Isabel. Diego era alto, con hombros anchos y una confianza que rayaba en la arrogancia. Capitán del equipo de rugby, estrella de las fiestas y con un carisma que hacía que las chicas suspiraran a su paso, Diego era intocable.

 A su lado como fieles escuderos estaban Raúl Gómez y Miguel el flaco Vargas. Raúl, de complexión robusta y mirada osca, era el músculo del trío, mientras que Miguel, delgado pero astuto, siempre llevaba una sonrisa burlona que ponía nervioso a cualquiera. Juntos formaban una tríada que dominaba el instituto y nadie, ni siquiera los profesores, se atrevía a desafiarlos abiertamente.

 Fernando no tuvo que esperar mucho para cruzarse con ellos. Apenas había recorrido unos metros por el pasillo principal cuando al doblar una esquina chocó accidentalmente con Diego. El impacto fue leve, pero suficiente para que el líder del grupo se detuviera y lo mirara de arriba a abajo. ¿Pero qué tenemos aquí? Dijo Diego con una voz que mezclaba burla y amenaza. Mira por dónde vas, rubito.

Fernando, ajustándose la mochila, murmuró una disculpa rápida. Lo siento, no fue mi intención. intentó seguir su camino, pero Raúl lo bloqueó con un movimiento ágil, colocándose frente a él. “¿Cómo te llamas nuevo?”, preguntó Diego, inclinándose ligeramente para estar a la altura de Fernando. “Fernando”, respondió sin alzar la vista, su voz calma, pero firme.

 Diego soltó una risa seca. “Fernando, ¿qué nombre más?” Corriente, ¿verdad, chicos? Raúl y Miguel rieron al unísono como si estuvieran programados para ello. Bienvenido a Santa Isabel, Fernandito, continuó Diego, poniendo una mano en el hombro de Fernando con una fuerza innecesaria. Aquí tenemos ciertas tradiciones para los novatos, ya las irás conociendo.

 La amenaza en sus palabras era evidente, pero Fernando no reaccionó, simplemente asintió y con un movimiento sutil se liberó de la mano de Diego antes de seguir caminando. A sus espaldas escuchó las risas del trío y algún comentario burlón sobre su cabello o su forma de caminar, pero no se giró. En su mente las palabras de su padre resonaban.

 Un guerrero no responde a provocaciones vacías. Las primeras semanas en el instituto fueron un desafío. Diego y su pandilla parecían haber decidido que Fernando era su nuevo juguete. Los incidentes comenzaron de forma sutil. Un empujón accidental en el pasillo, un comentario sarcástico durante la clase de educación física, una risita disimulada cuando Fernando pasaba por el comedor con su bandeja.

Pero pronto las cosas escalaron. Una mañana, mientras Fernando buscaba su taquilla, encontró su candado cubierto de pintura en spray con la palabra princesita, escrita en letras rojas. Los estudiantes que pasaban por allí se reían o apartaban la mirada, nadie dispuesto a ayudarlo. En el comedor, Raúl tropezó y derramó un vaso de zumo sobre la camiseta de Fernando, mientras Diego observaba desde una mesa cercana con una sonrisa satisfecha.

 Uy, qué torpe soy”, dijo Raúl, fingiendo una disculpa que no engañaba a nadie. Fernando, con el rostro imperturbable, se limitó a limpiarse con una servilleta y seguir comiendo, ignorando las risas a su alrededor. Pero por dentro sentía la adrenalina recorriendo sus venas, el instinto de responder que había aprendido a controlar durante años de entrenamiento.

 Cada noche, al llegar a casa, se desahogaba en el pequeño gimnasio que su padre había montado en el garaje, practicando patadas y movimientos con una precisión quirúrgica. golpeaba el saco con fuerza, imaginando por un instante el rostro de Diego, pero siempre se detenía, recordando que no era así como quería resolver las cosas.

 En medio de aquel torbellino, una chispa de esperanza apareció en forma de Sofía Morales, una compañera de clase que parecía ser la única dispuesta a acercarse a él sin prejuicios. Sofía era una chica de mirada vivaz y carácter directo, conocida por su pasión por el periodismo escolar y su costumbre de cuestionar todo lo que no le parecía justo.

 Una tarde, mientras Fernando estaba sentado solo en una esquina del patio revisando sus apuntes, Sofía se acercó con una botella de agua en la mano. ¿Puedo sentarme?, preguntó Fernando asintió sorprendido. Te he visto por ahí, dijo ella sentándose a su lado. Eres el nuevo, ¿verdad? El que está en el equipo de fútbol. Fernando sonrió levemente.

Algo así. Sofía lo observó con curiosidad. No pareces muy hablador, pero tienes pinta de ser más interesante de lo que dejas ver. Solo un consejo. Ten cuidado con Diego y sus amigos. No son buena gente. Fernando la miró por primera vez directamente a los ojos. Gracias, pero puedo apañármelas. Había algo en su tono, una mezcla de confianza y serenidad que hizo que Sofía frunciera el seño.

 Espero que sí, porque Diego no para hasta que consigue lo que quiere y ahora mismo parece que quiere hacerte la vida imposible. Fernando no respondió, pero su silencio no era de miedo, sino de reflexión. Sabía que Sofía tenía razón, pero también sabía que si llegaba el momento estaría preparado. El punto de inflexión llegó un viernes por la tarde, justo antes del fin de semana.

 El patio trasero del instituto, un lugar donde los estudiantes solían reunirse después de clases para charlar o jugar al baloncesto, se convirtió en el escenario de un espectáculo que nadie olvidaría. Diego, Raúl y Miguel habían estado siguiendo a Fernando todo el día, lanzándole indirectas y riéndose cada vez que pasaba cerca.

 Durante el último recreo, Fernando decidió tomar un atajo por el patio trasero para evitarlos, pero no tuvo suerte. Allí estaban ellos, apoyados contra la pared, como si lo hubieran estado esperando. “Vaya, Fernandito”, exclamó Diego dando un paso adelante. “Qué casualidad encontrarte aquí. ¿No te cansas de esconderte? Fernando se detuvo evaluando la situación.

 Podría dar media vuelta, pero eso solo alimentaría su ego. Decidió enfrentarlos, aunque no de la forma que ellos esperaban. “No me escondo, Diego. Solo intento ir a casa”, dijo con una calma que desconcertó al trío. Raúl soltó una carcajada. “Ir a casa a peinarte el flequillo, princesita.” Miguel, siempre con su móvil en la mano, comenzó a grabar.

 Anticipando lo que creían que sería una humillación épica, Diego se acercó más, invadiendo el espacio personal de Fernando. Mira, Rubito, aquí las cosas funcionan así. O estás con nosotros o estás contra nosotros. Y créeme, no quieres estar contra nosotros. Fernando sostuvo su mirada sin retroceder un centímetro. No estoy contra nadie.

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