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Así Vende la Policía de Ecuador la Cocaína que Incauta al Mismo Narco

Un hombre abre un costal en un galpón oscuro en Durán. Adentro no hay cocaína, hay yeso. El sello oficial de la Policía Nacional del Ecuador está encima.  La droga que incautaron no fue destruida, fue vendida de vuelta al mismo narco que se la confiscaron con escolta policial hasta la frontera. Si crees que la policía y el cártel son enemigos, lo que viene te va a reventar los esquemas.

En Ecuador hay un negocio que funciona con una lógica tan retorcida que cuesta creerlo la primera vez que lo escuchas. La policía nacional incauta droga. Eso es lo que aparece en la prensa, en los boletines, en las ruedas de prensa, donde los uniformados posan frente a los costales de cocaína con cara de héroes.

Lo que no aparece en ninguna foto. Lo que nadie declara ante las cámaras es lo que pasa después. Esa misma droga, la que ellos acaban de confiscar, regresa al circuito, se la venden de vuelta al narco y el narco la mueve de nuevo como si nada hubiera pasado. No estamos hablando de una manzana podrida en una institución sana.

Estamos hablando de un esquema que tiene contabilidad, tiene jerarquía y tiene protocolo. Un esquema que ha funcionado durante años dentro de las propias unidades antinarcóticos del Ecuador con agentes que conocen el manual, que saben cómo incautar correctamente y que también saben cómo robar correctamente lo que acaban de incautar.

El primer hilo visible de todo esto apareció en 2022, cuando la Fiscalía General del Estado abrió una investigación que internamente llamaron Operación Espejo. El nombre no fue al azar.  Lo que encontraron era exactamente eso, un reflejo perverso del trabajo policial. Por cada operativo legítimo que desarticulaba un cargamento, había otro proceso paralelo, invisible, que se encargaba de que esa mercadería volviera a circular.

Los fiscales que llevaban el caso documentaron que al menos 27 agentes activos de la Policía Nacional estaban involucrados en distintos niveles del esquema. 27 No eran todos cabos rasos. Había subtenientes, tenientes y al menos dos oficiales con rango de mayor que aparecían vinculados a las comunicaciones interceptadas.

La mecánica del asunto era así. Una unidad antinarcóticos detectaba un cargamento, ya sea por inteligencia propia, por un informante  o por un operativo de rutina en carretera o en puerto. Ejecutaban la incautación con todo el procedimiento de rigor, pesaje, fotografías, registro en acta. Hasta ahí todo normal.

El problema empezaba en la cadena de custodia, ese tramo entre la incautación en campo y el momento en que la droga llega físicamente a la bodega de evidencias. En ese tramo que podía durar horas o días dependiendo de la ruta del operativo, ocurría el intercambio. Los sacos, los ladrillos, los paquetes sellados eran abiertos, vaciados y rellenados con lo que tuvieran a mano, harina de trigo, yeso molido, en algunos casos hasta arena mezclada con polvo de talco para que el peso no variara demasiado.

Los originales desaparecían cuando los peritos  de criminalística analizaban el material en la bodega, para entonces ya era demasiado tarde. En varios de los casos documentados por la fiscalía, los análisis de laboratorio revelaron que lo que estaba registrado como cocaína era harina.

En uno de los expedientes más gruesos de la investigación, el sustituto era tan burdo que los técnicos identificaron de inmediato que el material no tenía ningún componente alcaloide. Pero ese expediente ya tenía firma, ya tenía fotos, ya tenía la rueda de prensa hecha. El cargamento había sido declarado incautado, los números quedaban bonitos en el reporte institucional y la coca real ya estaba en otra parte.

El subteniente Darwin Calapucha Torres fue uno de los primeros nombres que apareció con claridad en los registros  de la fiscalía. Calapucha operaba en la unidad de investigación de delitos relacionados con drogas y estupefacientes, la conocida como Unidad de Investigación de Delitos  relacionados con drogas y estupefacientes en Guayaquil.

Según las interceptaciones telefónicas recogidas en el proceso, Calapucha actuaba como un eslabón de coordinación. Era el que avisaba cuándo había un operativo planificado, cuál era la ruta del traslado y cuánto tiempo habría entre la incautación y el ingreso a bodega. Con esa información, el grupo que esperaba del otro lado podía calcular el momento exacto  del intercambio.

La fiscalía lo vinculó a al menos cuatro operaciones donde el material incautado fue adulterado antes de llegar a custodia oficial. Junto a Calapucha, los registros judiciales mencionan al teniente Edwin Morales Pita, también destacado en el puerto de Guayaquil, quien habría facilitado el acceso a los registros de movimiento de los operativos antidrogas con semanas de anticipación.

La información que salía de sus manos permitía a los distribuidores ajustar sus rutas, mover los cargamentos con más calma o en algunos casos simplemente estar listos para recuperar la mercancía confiscada a través del canal interno que habían construido. Morales Pita no participaba físicamente en el intercambio, pero era la fuente de inteligencia que hacía posible que todo funcionara con tanta precisión.

y luego estaba el mayor. Los expedientes de la fiscalía no revelaron públicamente el nombre completo del oficial de mayor rango vinculado a la red, pero las comunicaciones interceptadas lo identificaban por un alias de dos letras que usaban en los mensajes encriptados. Su participación no era operativa, era financiera.

Era el que definía el precio por kilo liberado,  el que negociaba con los compradores externos y el que distribuía internamente la parte que le correspondía a cada eslabón de la cadena policial. En la jerga de los mensajes interceptados, los kilogramos de cocaína se llamaban  ladrillos y el precio de mercado interno, el que cobraba la red policial por dejar pasar o por devolver la droga, rondaba los $,500 por kilo, una fracción del valor mayorista real que en Ecuador oscila entre los 6,000 y los $9,000 el kilo según la pureza y la ruta de

destino. El volumen que circuló por este canal, según los cálculos conservadores de la fiscalía basados en los casos documentados entre 2021 y 2023, supera las 4 toneladas de cocaína. 4 toneladas que aparecen en los registros institucionales como droga incautada y destruida, pero que en realidad siguieron su camino, a los puertos de Guayaquil, a los contenedores con doble fondo, a los barcos que zarpan hacia Europa y hacia Estados Unidos.

Cuatro toneladas que generaron decenas de millones de dólares para el circuito del  narco, de los cuales una porción significativa regresó a los bolsillos de los mismos uniformados que habían posado frente a las cámaras el día de la confiscación. La fiscalía presentó cargos formales contra 17 de los 27 identificados en la operación espejo.

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