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¡DIOS ME MOSTRÓ CÓMO SOBREVIVIR A LOS 3 DÍAS DE OSCURIDAD SIN DINERO! |

Hay una fecha que no debería existir en ningún calendario humano y, sin embargo, lleva siglos apareciendo en los márgenes de los documentos más incómodos que he tenido entre las manos. No voy a empezar por el principio porque esta historia no tiene principio. Tiene un centro, un núcleo ardiente alrededor del cual todo lo demás orbita en silencio, esperando el momento en que alguien se atreva a nombrarlo en voz alta.

Ese momento es ahora. Lo que vas a escuchar en los próximos minutos no es una especulación, no es una teoría construida sobre el vacío. No es la fantasía de una mente que busca terrores donde no los hay. Es la convergencia de algo que lleva siglos siendo dicho por voces completamente distintas, en idiomas distintos, desde rincones del mundo que jamás se comunicaron entre sí, y que, sin embargo, describieron el mismo evento con una precisión que eriza el bello de cualquier persona que se tome en serio la investigación. Antes de que

continúes escuchando, si este canal te ha dado alguna vez algo que te hizo pensar, que te sacudió por dentro, que te obligó a mirar dos veces una realidad que creías conocer, entonces ya sabes lo que necesito de ti, un like, una suscripción y que actives la campanilla porque lo que viene en los próximos meses en este canal no es para perdérselo.

Esto no es una fórmula de presentación, es una petición real. Necesito que estés aquí. Lo que voy a contarte lo merece. Empecemos por una voz del pasado, una voz que lleva más de 500 años intentando ser escuchada y que la historia oficial ha preferido enterrar bajo capas de academicismo y de ese escepticismo cómodo que tiene la ciencia institucional cuando algo no encaja en sus moldes. El año es 1492.

No, no estoy hablando de Colón, estoy hablando de algo que ocurrió ese mismo año en un convento de clausura en el sur de Italia en Calabria, donde una monja llamada María de Agreda, aunque la confusión de nombres en los archivos es frecuente en esta época y en esta tradición, escribió en un texto que fue sellado durante décadas lo siguiente y cito con la aproximación que permite la traducción.

Vendrán tres días durante los cuales la luz del sol se apagará y la oscuridad cubrirá la faz de la tierra, como no ha ocurrido desde los tiempos de Egipto. En esos días, quien no tenga en su corazón la llama encendida, perecerá de miedo antes de perecer de frío. Ahora bien, antes de que descartes esto como la visión febril de una religiosa medieval con demasiado tiempo para la contemplación, déjame añadir algo que cambia completamente el peso de esa frase, porque no fue solo ella.

En el siglo X, en un manuscrito conservado en los archivos del Vaticano y catalogado bajo una referencia que los investigadores independientes que han tenido acceso a él prefieren no mencionar públicamente por razones que explicaré más adelante, un monje dominico del sur de Francia describió una visión que tuvo durante tres noches consecutivas de ayuno.

La descripción es en algunos fragmentos casi idéntica a la de aquella monja italiana. Tres días. Oscuridad total, frío anormal y una instrucción específica que se repite en ambos textos con una literalidad que no puede ser coincidencia. Cerrar las ventanas, no salir, no mirar hacia fuera y encender una vela, no cualquier vela, una vela bendecida.

Porque según ambos testimonios separados por geografía y por décadas, la oscuridad no sería simplemente ausencia de luz, sería una presencia, algo que entraría si se le daba la oportunidad, algo que buscaría las grietas. Ahora necesito que te detengas un momento conmigo aquí en este punto exacto del relato, porque lo que acabo de decir podría parecer el argumento de una película de terror de serie B.

Y entiendo esa reacción. Yo también la tuve la primera vez que me encontré con estos textos. Era periodista. Llevaba años cubriendo fenómenos que la prensa convencional no se atrevía a tocar. había investigado avistamientos de objetos no identificados con testimonios de pilotos militares que juraban sobre sus uniformes lo que habían visto.

Había estado en Fátima recorriendo los testimonios originales de los tres pastorcillos con una minuciosidad que ningún periodista mainstream se había tomado la molestia de aplicar. había cruzado referencias entre el libro de Ezequiel y los reportes de la NASA sobre anomalías en la ionosfera que nadie sabe explicar.

Pero los tres días de oscuridad eran para mí un escalón diferente, un escalón que tardé años en decidirme a subir, no por miedo a lo que encontraría, sino por lo que encontré. sigamos con las voces, porque hay más, muchas más, y cada una añade una capa que la anterior no tenía. En el siglo X, una mujer llamada Ana María Taigui, beata italiana, que sería beatificada por la Iglesia Católica en 1920, dejó un testimonio que fue recogido por su confesor y publicado varios años después de su muerte. Ana María Taigi

fue conocida en vida por lo que ella misma describía como un sol misterioso que veía constantemente y en el cual decía podía contemplar el pasado, el presente y el futuro. Los médicos de la época no supieron qué hacer con esto. Los teólogos tampoco del todo. Pero lo que ella describió respecto a los tres días de oscuridad ha quedado registrado con una precisión que resulta imposible ignorar.

Y cito la traducción correspondiente, “Habrá una oscuridad de tres días y tres noches. Nada podrá verse y el aire estará cargado con pestilencia que matará principalmente, pero no exclusivamente, a los enemigos de la religión. Durante esa terrible oscuridad no se abrirán las puertas. La luz de una vela bendecida será suficiente para disipar el terror.

Los que en soledad y paz observen esas horas serán protegidos por los ángeles. Esta gracia no se dará a los curiosos e incrédulos. Detente en esa última frase. Esta gracia no se dará a los curiosos e incrédulos. Eso es extraordinariamente específico. No dice que los incrédulos morirán de hambre o de frío o de lo que sea que cause la oscuridad.

Dice que no recibirán la gracia, lo cual implica que hay una gracia que recibir un mecanismo de protección que no es físico, sino de otra naturaleza. Y eso me llevó años después a una conversación que nunca olvidaré con un hombre que había pasado 20 años. estudiando estos textos desde una perspectiva que no era ni religiosa ni científica en el sentido convencional, sino algo intermedio, algo que todavía no tiene nombre adecuado y que me dijo algo que llevo desde entonces girando en la cabeza como una piedra en el interior

de un tambor. dijo, “Benítez, lo que todos estos textos están describiendo no es un castigo, es una prueba de frecuencia, como cuando apagas todas las luces de una habitación para ver qué brilla por sí solo.” Voy a dejar esa frase flotando un momento porque merece su espacio y voy a continuar añadiendo voces porque la arquitectura de lo que estoy construyendo aquí no se sostiene sobre una sola columna, se sostiene sobre docenas de ellas.

En el siglo XIX, el padre Bernardo María Clausi, sacerdote franciscano calabrés, dejó escrito en sus memorias que permanecieron en un convento durante casi un siglo antes de ser parcialmente transcritas lo siguiente. Cuando llegue esa hora, los que hayan preparado sus casas y sus corazones no tendrán necesidad de oro, ni de plata, ni de ningún material.

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