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Ayudó a un hombre que temblaba bajo la lluvia… pero años después no lo reconoció

 Y el motivo  por el que don Elías se levantaba antes de que cantara el gallo cada madrugada. La vida no les daba lujos, pero tampoco les debía nada. Comían lo que la tierra les daba, dormían con la conciencia tranquila  y rezaban cada noche antes de apagar la vela. Don Elías era de esos hombres que creían que lo poco que uno tiene se  multiplica cuando se comparte y que lo mucho que uno guarda se pudre cuando se esconde.

 Aquella noche de octubre, don Elías volvía tarde de entregar unos sacos de frijol en un rancho lejano. La lluvia  había empezado mansa y se había vuelto tormenta, de esas que no dejan ver ni el camino. Rosenda jalaba la carreta con la cabeza baja resignada  y don Elías iba encorbado bajo su sombrero de palma con el poncho pegado al cuerpo y el frío metido hasta los huesos.

 Fue entonces cuando lo vio un bulto al borde del camino, debajo de un árbol que ya no servía de refugio porque el agua pasaba entre las ramas como si fueran coladera. Un hombre sentado en la tierra abrazándose las rodillas,  temblando tan fuerte que se le notaba desde lejos. Don Elías jaló las riendas. Rosenda se detuvo.

 El hombre levantó la cara  y en esa cara don Elías vio algo que conocía bien, el cansancio de quien ya no puede más. ¿Qué hace ahí, amigo? Se va a morir de frío. Me asaltaron en el camino.  Me quitaron todo. No tengo para dónde ir. No soy de aquí. El hombre hablaba con voz raspada,  apenas audible entre el ruido de la lluvia.

 Vestía lo que antes había sido ropa buena, pero ahora estaba rota y enlodada. Tenía las manos lastimadas y un golpe  en la frente que le había dejado un hilo de sangre seca. Don Elías pensó un momento. En su casa había poco. La cena  era sopa de fideo y tortillas. Y Carmen ya le había dicho que para la semana siguiente tenían que estirar el dinero,  pero pensó también que si ese hombre se quedaba ahí, al amanecer estaría muerto.

Suba a la carreta. En mi casa hay techo  y hay café caliente. Es lo que tengo. El hombre intentó levantarse y no  pudo. Don Elías bajó, lo tomó del brazo y lo ayudó a subir. Lo acomodó como pudo entre los costales vacíos y le echó encima su  propio poncho, quedándose él solo con la camisa mojada.

Llegaron a la casa pasada la medianoche.  Carmen abrió la puerta con la vela en la mano y los ojos grandes de quien no esperaba visita. Don Elías  no tuvo que explicar mucho. Carmen era mujer que entendía a su marido con una sola mirada. Pase, señor, pase, por favor. Lucita, tráele a tu papá ropa seca  y saca la manta gruesa del baúl.

 Esa noche el desconocido durmió en el único cuarto extra de la casa,  envuelto en la manta que Carmen guardaba para las noches más frías del año. Le dieron sopa caliente, café con piloncillo y un pedazo de pan.  Le curaron la herida de la frente con alcohol y con cariño. Don Elías y Carmen durmieron  en el piso de la sala esa noche sobre un petate porque le habían cedido su cama al visitante.

 En la mañana el hombre despertó  con otra cara. El descanso y la comida le habían devuelto algo del color. Se sentó a la mesa con ellos a desayunar y habló poco, pero sus ojos decían mucho. Dijo que se llamaba Rafael, que venía de una ciudad lejana, que tenía que llegar a la capital por asuntos que no explicó. Don Elías no preguntó más.

  En su mundo, uno no hurgaba en la vida ajena sin permiso. ¿Cuánto le debo, don Elías?, preguntó Rafael antes  de irse. Usted no me debe nada. Lo que se da de corazón no se cobra, pero yo quiero. No, señor, siga su camino y que Diosito lo acompañe. Si algún día puede, ayude usted a otro que lo necesite.

 Así se paga esto. Don Elías le dio un poco de dinero para que pudiera tomar el autobús hasta el siguiente  pueblo, unas tortillas envueltas en un trapo para el camino y un sombrero viejo que le sobraba. Rafael lo miró largo rato  como queriendo decir algo que no le salía.

 Al final solo apretó la mano de don Elías con las dos suyas y se fue  caminando por el camino de tierra hasta perderse en la curva. Carmen se quedó en la puerta viéndolo irse. Elías, ese hombre no era cualquier hombre. ¿Le viste los ojos? Le  vi el frío, Carmen. Eso fue lo que le vi.

 Pasaron los años, siete para ser exactos, y la vida que a veces premia y a veces cobra sin avisar, empezó a cobrarle a don Elías todo junto. Primero se enfermó Rosenda, la mula vieja, y tuvo que sacrificarla. Sin mula no había carreta  y sin carreta no había trabajo. Don Elías empezó a cargar bultos a pie, a pedir trabajo de jornalero en las fincas, a hacer lo que fuera para llevar algo a la casa.

 Antes de seguir queremos preguntarte  algo. ¿Desde qué país o ciudad nos estás viendo hoy? ¿Nos llena el corazón saber de qué rincón del mundo llega nuestra  comunidad? Déjanos tu lugar en los comentarios porque cada historia que contamos es también para ti. Luego vino lo peor.

 Lucita, que ya tenía 21 años y estaba por terminar sus estudios de enfermería en la capital,  con mucho sacrificio de sus padres, cayó enferma. Una enfermedad del hígado que los médicos del pueblo no supieron tratar. La mandaron a la capital, al hospital grande, y ahí les dijeron que necesitaba una cirugía urgente y cara, muy cara, más de lo que don Elías podía juntar vendiendo todo lo que tenía.

 Don Elías vendió la casita de  adobe, vendió las gallinas, vendió hasta el reloj de su padre, lo único de valor que le quedaba como recuerdo, y aún  así le faltaba más de la mitad del dinero. Carmen rezaba de rodillas cada noche frente a la vela. Don Elías recorría a la  capital tocando puertas, pidiendo prestado, humillándose ante gente que ni lo miraba.

 Una mañana,  desesperado, se enteró de que en la ciudad había un hombre rico, un empresario muy conocido, que a veces ayudaba a familias  en casos extremos. Le dijeron el nombre del edificio, le  dijeron que era difícil entrar, pero que a veces ese señor recibía a la gente si uno tenía paciencia de esperar.

 Don Elías llegó al edificio con su mejor camisa, que ya no era buena, y su sombrero de palma entre las manos.  El portero lo miró de arriba a abajo y casi no lo dejó pasar. Pero algo en la cara de ese hombre viejo,  en su mirada cansada pero limpia, hizo que el portero suspirara y le dijera que esperara en la sala. Esperó 4 horas.

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