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Raphael le ocultó que casi muere — y la última en enterarse fue su propia mujer

Juntos eran algo que ninguno de los dos era por separado,  una pareja que desafiaba las categorías de la España de entonces. Tuvieron tres hijos, Jacobo, Alejandra, Manuel. Los criaron con una discreción que en aquella época no era común entre los famosos españoles.  No los llevaban a portadas, no los usaban como decorado.

Natalia se ocupó de ellos con la misma seriedad con que había escrito sus libros, como si fuera el proyecto más importante de su vida, porque para ella lo era. Y en ese proceso su nombre fue desapareciendo de los créditos. No de golpe, no por una decisión dramática que alguien pudiera señalar y juzgar, sino del modo en que desaparecen las cosas cuando una persona las va poniendo en segundo plano, semana tras semana,  viaje tras viaje, entrevista a la que no acude, programa que no retoma.

Natalia siguió escribiendo de manera esporádica. Colaboró en ABC. Participó en la tarde de COPE con María Teresa Campos, pero la periodista que presentaba en TVE, la escritora que publicaba libros con ilustraciones de Antonio Mingote,  la mujer que había ganado el premio Antena de Oro el mismo año en que se casó.

Esa mujer fue quedándose en un segundo plano que con el tiempo dejó de  parecer segundo. En algún momento, sin que nadie lo anunciara, había pasado a ser el fondo, no el fondo de la foto, el fondo de la historia. Y lo extraordinario es que nunca se quejó, o si lo hizo, nadie lo oyó. En 1981,  Natalia Figueroa apareció en el programa Esta noche, que presentaba Carmen Maura en televisión española.

No fue como invitada, fue como entrevistadora.  Su marido era el entrevistado. Era un gesto pequeño, casi doméstico, pero contenía algo que en aquel momento nadie supo leer bien. La imagen de una periodista que había dejado de serlo para convertirse en la mujer del pl artista y que ahora regresaba al plató no con su propio nombre, sino con el de él.

No era una reaparición, era una confirmación de dónde había quedado su lugar. Carmen Mauta en un momento de la entrevista  interrumpió para preguntarle cómo había recibido la familia de los marqueses de Santo Floro o el matrimonio de su hija con el cantante. Natalia respondió con toda naturalidad.  Como no le conocían nada, no le sentó nada bien.

Lo dijo sin dramatismo, con la misma ecuanimidad con que llevaba años gestionando todo lo que rodeaba a Rafael. La prensa, los rumores, las ausencias, las giras que se alargaban cada vez más. Porque las giras se alargaban. Rafael era en los años 80 uno de los artistas españoles  más activos en América, México, Argentina, Colombia, Estados Unidos.

Meses fuera, llamadas desde hoteles que empezaban a aparecerse todos. Y en Madrid, Natalia con los hijos, con la casa, con el peso cotidiano de mantener una familia cuyo eje gravitacional estaba siempre en otra ciudad, en otro escenario, en otro  país. Ella nunca lo presentó como un sacrificio. Cuando le preguntaban lo llamaba admiración.

Rafael es infinitamente mucho más importante, dijo en una entrevista. Yo doy un paso atrás. lo dijo en presente, si fuera una descripción  objetiva de la realidad, no una elección que hubiera costado algo, como si retirarse fuera lo mismo que ceder el paso en una puerta giratoria. Pero al mismo tiempo, en aquella misma época, circulaban por Madrid rumores que ninguna  revista se atrevía a publicar con su nombre, pero que corrían de boca en boca con la velocidad habitual  de las cosas que no se

pueden decir en voz alta. Se aludía a la homosexualidad de ambos. Se decía en determinados círculos que la boda había sido un acuerdo, que el secretismo de Venecia no había sido romanticismo, sino  estrategia, que los tres hijos eran la respuesta más eficaz a una pregunta que nadie quería que se hiciera. Rafael lo sabía.

En 2015, en una entrevista con Vanity Fair, lo dijo sin rodeos. Los rumores sobre mi homosexualidad me han pasado de largo y en 2017, cuando cumplió 50 años de carrera, apareció en la portada de la revista Cero junto a Natalia. Como siempre, como en todo, Natalia nunca respondió a esos rumores directamente, no porque no supiera cómo hacerlo.

Era periodista, conocía el oficio mejor que nadie, sino porque había decidido en algún momento que no quedó registrado en ninguna entrevista,  que su forma de responder era no responder, que su manera de estar en la historia  era no ocupar espacio en ella, lo que ninguno de los dos sabía entonces, o quizás sí lo sabía él y eligió no decirlo.

era que mientras las giras se alargaban y los rumores circulaban y Natalia sostenía todo desde Madrid, algo estaba pasando en el cuerpo de Rafael que él tampoco estaba contando.  En 1985 le diagnosticaron hepatitis B. No lo dijo. No lo dijo a su representante,  no lo dijo a sus músicos, no lo dijo a sus hijos y no se lo dijo a ella.

Alargaba los viajes. Decía que no iba esa semana a Madrid. vaciaba el minibar de los hoteles hasta quedarse dormido, porque las botellitas pequeñas le ayudaban a conciliar el sueño y la enfermedad avanzaba en silencio mientras él seguía cantando en escenarios de medio mundo. La mujer que lo había dejado todo para estar cerca de él era en esos años la última persona que sabía lo que le estaba ocurriendo.

La hepatitis B no da la cara. Eso lo dijo el propio Rafael años después,  cuando ya podía contarlo. La enfermedad avanza despacio, sin síntomas que obliguen a parar, sin un momento dramático que fuerce la conversación.  Y él, que había construido toda su carrera sobre la disciplina y el control, decidió que lo que no obligaba a parar no merecía que él parara.

Durante años, la cirrosis fue instalándose en su hígado mientras él seguía actuando.  Seguía llenando teatros, seguía alargando las giras y seguía llamando a Natalia desde hoteles que ya no recordaba haber pisado, diciéndole que todo iba bien, que esta semana no podía volver a Madrid y que el próximo mes estaría  en casa.

Natalia lo creyó o quizás no lo creyó del todo, pero no preguntó Clos suficiente o preguntó y él respondió de un modo que cerraba la conversación antes de que pudiera abrirse del todo. Lo que está documentado es lo que él mismo confesó en 2016 en el programa Mi casa es la tuya ante Bertín Osborn con la serenidad de quien habla de algo que ya no puede hacerle daño.

Mi enfermedad era muy traicionera y no daba la cara. Yo no he bebido nunca ni he fumado, pero empecé a beber botellitas pequeñas de los hoteles porque me ayudaban a dormir. Vacciaba el minibar hasta que caía. Yo alargaba los viajes. Decía, “No voy esta semana a Madrid.” No fue Natalia quien lo descubrió, fue Rocío Jurado.

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