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Lo que Concha Piquer ocultó cuarenta años — y la copla que lo cantó todo

No fue a la escuela como los demás niños. Cuando con apenas 14 años se embarcó rumbo a Nueva York para cantar, casi no sabía leer ni escribir en su propio idioma. Era una cría analfabeta de un barrio humilde de Valencia y aún así se subió a un escenario de Broadway. En aquella Nueva York de los años 20 interpretó Cuples y Foxots y llegó a compartir cartel con figuras como Eddie Cantor o Al Johnson.

Grabó discos para una de las grandes compañías americanas cuando todavía era una adolescente. De aquella aventura volvió convertida en otra persona. Ya no era una niña asustada, era una mujer de carácter, exigente, dueña absoluta de sí misma, que no le tenía miedo a nada ni a nadie. Fue en esa España, ya famosa, pero todavía joven, donde apareció Antonio Márquez.

Y lo que surgió entre ellos no tuvo nada de cálculo. Él era un torero consagrado, acostumbrado a que el mundo girara a su alrededor. Ella, una artista que empezaba a llenar teatros enteros con su sola voz, podrían haber sido dos orgullos enfrentados. En lugar de eso, se convirtieron en el refugio  el uno del otro.

Porque Antonio entendió algo que muy pocos hombres de su época habrían aceptado, que el talento de Concha era todavía más grande que el suyo y en vez de competir con ella, decidió protegerla. Apartó su propia gloria para sostenerla de ella. Llevaba sus asuntos, cuidaba cada detalle de su carrera, la acompañaba  en cada gira.

Durante casi 40 años apenas se separaron y compartieron también el dolor. Antes de que naciera la hija que terminaría uniéndolos para siempre, Concha perdió a dos bebés que murieron al poco de nacer. Fueron pérdidas de las que casi nunca se habló, pero que marcaron a la pareja en lo más hondo. Quien atraviesa junto a otra persona una herida así, no está interpretando un papel, está construyendo algo verdadero.

Por eso, cuando España miraba a Concha Piquer y a Antonio Márquez, no se equivocaba del todo. Aquel amor era real, tan real que duró toda una vida, tan real que ella solo logró sobrevivirle dos años. Pero había un detalle que convertía ese amor verdadero en algo casi imposible, un detalle que tenía que ver con un matrimonio anterior, con una ley que acababa de cambiar en España y con un país que no perdonaba.

Y ese detalle ibas a obligar a Concha a vivir su gran historia de amor a media voz durante el resto de su vida. El detalle era este. Cuando Antonio Márquez conoció a Concha, no era un hombre libre. Años atrás se había casado con una dama cubana, Ignacia de Arechavala, con la que tuvo tres hijos. se habían separado. Es cierto.

Incluso durante la Segunda República llegó a existir en España  una ley que permitía el divorcio. Pero entonces ocurrió algo que lo cambió todo. Terminada la guerra civil, el régimen de Franco abolió el divorcio. de un plumazo. Miles de personas que se habían separado legalmente quedaron de nuevo atadas para siempre a sus antiguos matrimonios.

Antonio Márquez fue una de ellas. A los ojos del nuevo estado y de la iglesia seguía casado con su primera mujer y eso significaba algo muy sencillo y muy cruel. Por mucho que amara a Concha, nunca podría casarse con ella en España. En aquellos años eso no era un simple inconveniente, era una bomba.

Era la época en que la sección femenina enseñaba a las mujeres a ser sumisas, recatadas, calladas. La época en que el Kedirán podía hundir una reputación en una sola tarde. Una mujer soltera viviendo con un hombre casado y peor aún esperando un hijo suyo, podía ser señalada, insultada, apartada de todo. Y Concha Piquer no era una mujer cualquiera, era la artista más famosa del país.

Todo lo que hacía estaba bajo la lupa. Así que su mayor fortaleza se transformó de repente en su mayor amenaza. Cuanto más famosa era, más imposible resultaba esconderse. Cuanto más la quería España, más peligroso era que España descubriera la verdad. Y por si fuera poco, el régimen tampoco la quería del todo.

A pesar de la leyenda que después intentaron construir, Concha Piquer nunca fue la cantante del franquismo. Más bien al contrario, las autoridades la multaron en varias ocasiones. Según se ha contado, llegaron incluso a retirarle el pasaporte más de una vez, obligándola a suspender giras enteras. El motivo, su manera de cantar, su empeño en defender verso a verso, las letras tal y como habían sido escritas.

El caso más conocido fue el de Ojos Verdes. La censura quería suavizar algunos de sus versos considerados demasiado atrevidos. Concha se negó. Cada vez que la interpretaba, lo hacía con la letra original,  sabiendo de antemano que después le caería una multa encima. y la pagaba,  dicen, sin pestañear.

Hay una escena que lo resume todo. Se cuenta que durante una cacería ante el propio Franco y su séquito, un ayudante se acercó a ella con un recado. A su excelencia le gustaría que volviera a cantar. Concha, que ya se había retirado a descansar, respondió con una calma escalofriante. Según la versión que ha quedado para la historia,  contestó que en aquel preciso momento se disponía a merendar y no cantó ni una nota más.

Era capaz de decirle que no a un dictador. Era capaz de pagar multas con  la frente bien alta. era capaz de casi cualquier cosa, pero había un terreno en el que ni siquiera ella podía ganar la batalla y era el de su propia vida privada. Porque mientras se enfrentaba al régimen sobre los escenarios, en su casa guardaba un secreto que ningún desplante público podía resolver.

Un secreto que tenía nombre de niña y la manera que Concha eligió para hablar de él sin llegar a hablar de él del todo. Es una de las cosas más extraordinarias y más dolorosas de toda esta historia. en 1942 o quizá un poco después, porque ni siquiera las fechas están del todo claras. Concha Piquer se quedó embarazada de Antonio Márquez.

Iba a tener una hija y debería haber sido la noticia más feliz de su vida. Pero en aquella España era también la más peligrosa, porque esa niña iba a nacer fuera de un matrimonio reconocido. Antonio seguía legalmente casado con su primera mujer y para una artista de la talla de concha, idolatrada por todo un país católico, tener una hija en esas condiciones podía significar el final de todo.

la ruina, el escándalo, el desprecio público. Así que hicieron lo único que podían hacer,  esconderlo. Y para esconderlo cruzaron el océano. Aquí los datos se vuelven confusos y conviene decirlo con prudencia porque ni la propia familia  los ha aclarado nunca del todo. Al parecer, Concha y Antonio sellaron un matrimonio civil en Montevideo, en Uruguay, lejos de los ojos de España.

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