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SALVADOR SÁNCHEZ: AL FIN LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ

Debutó profesionalmente el 4 de mayo de 1975. Tenía 16 años. Su rival fue un boxeador de nombre Algardeno en Veracruz. Salvador lo noqueó en el tercer asalto. Pelea uno, knockout. La segunda, knockout. La tercera, knockout. 18 peleas en menos de 2 años. 18 victorias por knockout. Una racha que hasta los cronistas más veteranos del boxeo mexicano no habían visto desde los tiempos de El Púas Olivares.

Pero en septiembre de 1977 en Mazatlán, Sinaloa, Salvador subió al ring contra Antonio Becerra. En juego el título mexicano de peso gallo. Salvador perdió por decisión dividida. Fue la única derrota de su carrera profesional. La única vez que un juez levantó la mano de otro boxeador frente a él. Salvador tenía 18 años y esa derrota lo marcó.

No lloró frente a las cámaras, no dio entrevistas amargas. Volvió a Tianguistenco, empacó su ropa y le dijo a Agustín Palacios que quería cambiar de entrenador. Esa decisión tomada en silencio dentro de su cuarto sería la que cambiaría el rumbo de la historia del boxeo mexicano, porque Salvador contrató a un hombre que años después también entrenaría a Julio César Chávez.

Ese hombre se llamaba Cristóbal Rosas. Guarda ese nombre en tu mente porque Cristóbal Rosas es una de las figuras más importantes de esta historia y también una de las más silenciosas. Cristóbal Rosas era originario del mismo pueblo de Salvador, un hombre callado, terco, con una disciplina militar dentro del gimnasio.

Cuando aceptó entrenarlo, le puso una condición. Nada de fiestas, nada de mujeres, nada de dinero prestado a nadie. Salvador aceptó todo bajo Cristóbal Rosas, Salvador subió de peso gallo a peso pluma. Empezó a estudiar a sus rivales en video. Empezó a lanzar combinaciones que jamás había ensayado como Amateur, un yaba, un contragolpe con la derecha que tumbaba y sobre todo una capacidad de resistencia que asombraba a los cronistas.

Salvador podía pelear 15 asaltos completos sin que su ritmo bajara un solo segundo. En 1978 ganó cinco peleas y empató una. En 1979 ganó nueve, todas y en enero de 1980 llegó la llamada que cambiaría su vida. El presidente del Consejo Mundial de Boxeo, José Sulaimán, lo llamó personalmente al pequeño teléfono de la casa de su madre en Tianguistenco.

Le ofreció una pelea por el título mundial, Peso Pluma, contra el campeón estadounidense Dani Coloradito López en Fénix, Arizona. Salvador tenía 21 años, López tenía 27 y era considerado invencible. Los apostadores de Las Vegas pagaban 20 a 1 contra el mexicano desconocido. La pelea se firmó para el 2 de febrero de 1980 y esa noche en el Memorial Coliseum de Fénix, Salvador Sánchez hizo lo que nadie esperaba.

13 asaltos 13 asaltos de castigo metódico. Con el Jap midiendo la distancia con el contragolpe derribando la moral del campeón. En el 13avo asalto, con el rostro de López deforme y los ojos cerrados por la hinchazón, el árbitro detuvo la pelea. Salvador Sánchez era el nuevo campeón mundial peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo a los 21 años, el más joven de la historia mexicana hasta ese momento y el noveno campeón mundial nacido en México en toda la historia.

En Santiago Tianguistenco, la madre María Luisa se hincó frente al altar de la Virgen de Guadalupe y lloró durante dos horas. El padre Felipe salió al patio con una botella de tequila y le brindó a las estrellas. Julio, el hermano mayor, se subió al techo de la casa a gritar el nombre de su hermano. Salvador se convirtió en ídolo del pueblo mexicano en 48 horas, pero lo que vino después fue más grande y más peligroso.

Salvador defendió el título contra Rubén Castillo. Ganó, defendió contra Patrick Fort, ganó. Defendió otra vez contra el propio Dani López en la revancha. Ganó por knockout en el 14avo asalto. Defendió contra el juvenil Roberto Castañón. Ganó. Defendió contra Nicki Pérez. Ganó. Cinco defensas exitosas en 18 meses.

Récord del Consejo Mundial de Boxeo para la División. Cifra jamás alcanzada por un peso pluma tan joven en la historia moderna. Y entonces vino el reto más grande. El puertorriqueño Wilfredo Gómez, triple campeón mundial peso supergallo, invicto en 32 peleas, verdugo de boxeadores mexicanos como Carlos Árate y Juan Antonio López, subió de peso para retar a Salvador Sánchez por el título peso pluma.

El puertorriqueño llegó a la conferencia de prensa con arrogancia. se rió de Salvador. Lo llamó un muchacho de rancho. Le dijo a los periodistas mexicanos que después de la pelea Salvador iba a regresar a Tianguistenco a ordeñar vacas. Le dijo a la esposa de Salvador, Teresa Guadarrama, que se preparara para viuda.

Salvador escuchó todo en silencio. No respondió, solo miró a Wilfredo Gómez a los ojos y le dijo una frase en voz baja que después Teresa contaría a los cronistas. Le voy a dar una paliza que va a recordar por el resto de su vida. La pelea se firmó para el 21 de agosto de 1981 en el Caesar Palace de Las Vegas. Los apostadores daban a Wilfredo Gómez favorito absoluto, 3 a 1.

Esa noche, Salvador Sánchez subió al ring vestido con capa roja bordada por su madre. se santiguó tres veces y en el primer asalto con un derechazo cruzado tumbó a Wilfredo Gómez a la lona por primera vez en su carrera. Gómez se levantó. Salvador esperó y el castigo empezó. Ocho asaltos de boxeo quirúrgico, ocho asaltos de humillación técnica, ocho asaltos en los que Salvador desarmó al puertorriqueño con Jap, con gancho al hígado, con cruzados que le rompieron el pómulo izquierdo en el quinto asalto, que le cerraron ambos ojos en el sexto,

que le hicieron escupir sangre por la nariz y la boca a partir del séptimo. En el octavo asalto, el árbitro Carlos Padilla detuvo la pelea. Wilfredo Gómez no podía ver. Su rostro era una máscara deforme de sangre y hematomas. Su equipo lo cargó al vestidor. Esa noche no salió del hotel.

Los médicos le atendieron durante 6 horas. En Puerto Rico, la afición boxística guardó duelo nacional al día siguiente. Muchos comercios de San Juan cerraron. En México, la afición salió a las calles a celebrar. Salvador Sánchez había hecho por el boxeo mexicano lo que nadie había hecho antes, humillar al mejor boxeador puertorriqueño de la historia en su propio terreno.

Pero esa noche, mientras Salvador celebraba en el vestidor del Caesar’s Palace, tres hombres lo observaban desde una mesa privada del casino y uno de ellos, meses después sería la persona que firmaría los papeles que hicieron desaparecer su fortuna. La victoria contra Wilfredo Gómez cambió todo. La revista Ring Magazine, La Biblia del boxeo mundial, nombró a Salvador Sánchez boxeador del año 1981.

compartió el honor con la leyenda Sugar Ray Leonard, quien ese mismo año había noqueado a Tommy Herns. La cadena de televisión HBO firmó con Salvador un contrato histórico. Sería el primer boxeador peso pluma en la historia televisado en cadena de cable premium en Estados Unidos. La primera pelea con esa transmisión contra el estadounidense José Luis Sí, señor García, se pagó en 300,000, cifra impensable para un peso pluma en esa época.

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