Posted in

Lo Que Pedro Infante Dijo Antes De Subir Al Avión Aún Estremece a México

Era el 15 de abril de 1957 y Mérida amanecía con ese  calor pegajoso que solo el sureste mexicano sabe fabricar antes de las 8 de la mañana. El aeropuerto era pequeño, modesto, con una pista que parecía demasiado corta para los sueños que  despegaban desde ella. Los trabajadores llegaban a sus turnos con la lentitud habitual del trópico, sin imaginar  que ese día quedaría grabado para siempre en la memoria de un país entero.

 Pedro Infante llegó poco antes de las 9. Su séquito era más pequeño de lo habitual. Un asistente, un mecánico  de confianza, el piloto que tripularía junto a él el bimotor Cesna 310, que Pedro consideraba casi una extensión de sí mismo. Le encantaba volar. Le encantaba con la misma intensidad  irracional con que amaba todo lo que hacía, la música, el cine, las mujeres,  la vida.

Pero esa mañana algo era diferente. Los que estaban presentes lo notaron,  aunque ninguno supo ponerle nombre en el momento. Lo nombraron después, en voz baja, cuando ya era demasiado tarde para que el  nombre sirviera de algo. Pedro caminaba con su paso característico, ese andar seguro que hacía que las mujeres suspiraran y los hombres quisieran ser sus amigos, pero había algo en sus ojos que  no correspondía al resto del cuerpo.

 Algo quieto, algo que miraba hacia adentro en lugar de hacia afuera. Guadalupe Islas,  empleada de mostrador que llevaba 3 años en ese aeropuerto, fue la primera en atenderlo. Años  después, cuando los periodistas la buscaron, cuando los biógrafos tocaron su puerta, cuando los documentalistas  pusieron una cámara frente a su cara ya anciana, siempre dijo lo mismo con la misma precisión perturbadora.

Pedro Infante la miró  a los ojos al entregarle sus documentos y le dijo algo que ningún pasajero le había dicho antes, ni le dijo nunca después. le dijo, “Cuide bien este lugar, señorita. Los lugares que nos ven partir merecen ser cuidados.” Guadalupe  pensó que era un cumplido extraño.

 Sonrió, selló los documentos  y él siguió caminando hacia la pista. Solo mucho después entendió que no  había sido un cumplido, había sido una despedida. Lo que nadie sabía  esa mañana era que las últimas semanas habían sido para Pedro una especie de inventario silencioso, como si algo dentro de él,  algún instinto que la razón no podía explicar ni controlar, hubiera comenzado a cerrar cuentas pendientes, a decir cosas importantes, a mirar a las personas con una intensidad nueva, más larga,  más profunda, como quien

graba una imagen en la memoria, sabiendo que no tendrá otra oportunidad. Sus  amigos más cercanos lo habían notado. No lo dijeron en ese momento porque habría sonado a locura, a  superstición, pero lo notaron. Y cuando el teléfono sonó esa tarde con la noticia, cada uno sintió en el estómago algo que no era exactamente sorpresa.

 Era la confirmación de un miedo que habían tenido sin atreverse  a nombrarlo. Pedro Infante tenía 39 años esa mañana en Mérida. Tenía películas pendientes,  canciones a medio componer, amores que todavía no habían encontrado su forma definitiva. Era el hombre más querido de México, el ídolo que hacía llorar a las abuelas y suspirar a las jóvenes, el actor que llenaba cines con su  sola presencia, el cantante cuya voz sonaba en cada radio de cada cocina, de cada hogar del país.

 Y sin embargo, esa mañana  en ese aeropuerto pequeño de Mérida, con el calor ya instalándose sobre el asfalto, Pedro Infante se detuvo un momento antes de subir al avión. se giró hacia los pocos que estaban presentes y dijo algo que ninguno  de ellos olvidaría mientras viviera. Lo que dijo, como lo dijo y por qué esas palabras todavía estremecen a quienes las escuchan décadas después, es la historia  que vamos a contar hoy.

 La noche anterior al vuelo, Pedro Infante no durmió bien.  Esto lo saben porque no estaba solo y porque la persona que estuvo con él esa noche lo contó, no a los periódicos ni a los biógrafos, sino en conversaciones privadas que con  los años fueron filtrándose hacia la superficie con la lentitud inevitable de las verdades que no pueden quedarse enterradas para siempre.

 Pedro se despertó pasadas las 3 de la mañana y  no volvió a dormirse. Se quedó sentado en el borde de la cama mirando por la  ventana del hotel hacia la oscuridad de Mérida. esa oscuridad particular del sureste que nunca es completamente  negra porque el calor mismo parece tener luminosidad propia.

 Estuvo así durante casi una hora sin decir nada, simplemente mirando. Cuando  le preguntaron qué le pasaba, dijo que nada, que había soñado algo raro, que se le pasaría. no dijo  que había soñado. A las 4:30 de la mañana, cuando el silencio del hotel hacía que  cualquier sonido pareciera amplificado, Pedro tomó papel y pluma de la mesita de noche y escribió durante  casi 20 minutos.

Escribió con concentración, sin pausas largas, como alguien que no está componiendo,  sino transcribiendo algo que ya existe completo en su interior y solo necesita ser trasladado al papel antes de  que se disuelva. Lo que escribió esa madrugada no se conoce completamente. Existió.  Eso es lo que se sabe con certeza.

 Hubo papeles. Hubo algo parecido a una carta escrita de madrugada  en un hotel de Mérida por un hombre que en pocas horas subiría a un avión por última vez. Esos papeles  tuvieron un destino que nunca fue completamente aclarado, que entró en esa zona gris donde la historia personal de los grandes ídolos se mezcla con la protección familiar, con el deseo completamente humano de controlar cómo se recuerda a quién se amó.

 Lo que sí se sabe es lo que Pedro hizo después de escribir. Dobló los papeles con cuidado, los guardó en el bolsillo  interior de su chaqueta, la misma que llevaría puesta cuando subiera al avión, y se quedó quieto otro momento largo, mirando hacia ningún lugar en particular. Luego hizo algo que la  persona presente recordó siempre como el detalle más extraño de esa madrugada, más extraño  que el insomnio, más extraño que la escritura silenciosa.

Pedro Infante empezó a cantar muy bajito, casi sin  voz, como quien tararea sin darse cuenta. Pero no era un tarareo inconsciente, era una canción específica, completa, cantada desde el principio hasta el final, con esa voz que México entera conocía de memoria y que en ese cuarto de hotel sonaba diferente a como sonaba en los discos.

  Sonaba como algo que se canta para uno mismo, como algo que se canta cuando  no hay nadie mirando y no importa si sale perfecto. La canción era Amorcito Corazón, la cantó entera. Cuando terminó, se quedó en silencio y luego dijo,  en voz baja, pero perfectamente audible, una frase que quien la escuchó tardó años en poder repetir sin que la voz se le quebrara.

Dijo,  “Qué bonita es la vida cuando uno ha querido de verdad.” No como pregunta, no como lamento, como conclusión, como alguien  que está haciendo un balance y el balance, a pesar de todo, a pesar del cansancio y el peso de ser quien era, resulta  positivo, como alguien que en el fondo de una madrugada difícil encuentra que ha valido la pena.

Read More