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Así es la Vida en la Cárcel de Jorge Antonio Iniestra “Monstruo de Iztapalapa” Condenado a 241 Años

Ah, bueno, la autopsia  se los dice. Nadie que lo veía llegar a trabajar como guardia de seguridad en una mueblería de Iztapalapa hubiera imaginado lo que escondía puertas adentro. Vestía el uniforme, hacía sus rondas, saludaba a los vecinos como cualquier otro hombre de trein y tantos años. Y para cualquiera que lo cruzara en la calle era simplemente uno más entre millones de personas en la ciudad de México.

Dentro de una vivienda que él mismo controlaba hasta el último detalle, mantuvo encerradas durante años a dos niñas a las que convirtió en madres de sus propios hijos antes de acabar con la vida de una de ellas junto a su bebé recién nacida. Hoy ese hombre que pasaba desapercibido carga una de las sentencias más largas jamás dictadas por un tribunal capitalino.

241 años de prisión. Una cifra tan alta que jamás llegará a cumplirla completa sin importar cuánto tiempo viva. Hoy vamos a repasar quién fue realmente Jorge Antonio y Niestra Salas, el hombre al que la prensa mexicana terminó llamando el monstruo de Itapalapa. Vamos a ver cómo construyó durante casi una década un encierro dentro de una casa que nadie más podía ver, cómo se descubrió finalmente lo que hacía y qué condena terminó pagando por ello ante un tribunal.

Pero quédate hasta el final porque te vamos a llevar dentro del reclusorio exacto donde comenzó a cumplir esos 241 años. Te vamos a contar cómo es ese lugar por dentro, cuál es su historia, cuántas personas viven ahí realmente frente a su capacidad y qué dice la propia leyxana sobre las posibilidades reales que tiene alguien con una condena de esta  magnitud.

Si te interesa conocer qué ocurre con famosos, políticos, narcotraficantes y otros personajes después de ser condenados, este canal es para ti. Aquí descubrirás cómo es realmente la vida tras las rejas. cómo enfrentan el paso de los años en prisión y qué destino tuvieron quienes algún día recuperaron su libertad. Para entender cómo Jorge Antonio Iniestra Salas terminó siendo señalado como uno de los agresores más crueles que ha registrado la Ciudad de México en las últimas décadas, hay que regresar al año 2004.

En ese entonces trabajaba como guardia de seguridad en una mueblería, un empleo cualquiera, sin nada que llamara la atención de sus compañeros de trabajo. En ese mismo lugar conoció a Clara Tapia Herrera, una mujer que se encargaba de la limpieza del establecimiento y que ya era madre de tres hijos, Gabriela, Rebeca y Ricardo.

Esa mueblería,  un negocio pequeño y sin ninguna relevancia pública, fue el punto exacto donde comenzó una relación que con el paso de los años se convertiría en una pesadilla prolongada durante 7 años completos. Según el propio testimonio de Clara, ante la prensa, años después, Jorge no se mostró como un agresor desde el primer día.

Al principio se comportó de manera amable. Le decía que amaba a sus hijos y que la quería  a ella. y en muy poco tiempo logró ganarse la confianza de toda la familia, incluida la de los tres niños que en ese momento apenas comenzaban la adolescencia. Clara llegó a describir después  en entrevistas televisivas cómo esa amabilidad inicial se transformó rápidamente en un control total sobre cada aspecto de su vida y de la vida de sus hijos, al punto de sentir que él nunca dejaba de vigilarla, incluso  en los momentos en los que no estaba

físicamente presente. La relación entre Jorge y Clara avanzó rápido. Ella trabajaba además como conserje de la escuela primaria Manuel C. Tello, ubicada en la colonia San Lorenzo Chicotencatl, dentro de la alcaldía Iztapalapa. Y poco tiempo después de conocerse, la pareja decidió vivir juntos en la vivienda que la escuela le asignaba a Clara como parte de su trabajo.

Ahí se mudaron también los tres hijos de ella. Entonces niños de entre 11 y 15 años en una vivienda pequeña pegada directamente al plantel educativo, rodeada de aulas y de cientos de alumnos que entraban y salían todos los días. Comenzó a formarse ahí el escenario donde ocurriría todo lo que vendría después. Y esto es justo lo que más impresiona del caso.

Nadie en esa escuela, ni un solo maestro, alumno o padre de familia, notó jamás lo que ocurría dentro de esa conería. Sigue viendo, porque el nivel de control que ejerció Jorge explica por qué nadie logró darse cuenta durante años. El control de Jorge sobre la familia no fue inmediato, fue progresivo. Primero se ganó la confianza de Clara, luego empezó a tomar decisiones por ella en cada aspecto de la vida familiar y para 2006 ya había sacado a los tres niños de la escuela  y les había prohibido salir de la vivienda sin su autorización

directa. A Ricardo, el más pequeño de los tres, lo obligaba a salir a la calle a recolectar cartón y vender chicles y le exigía entregar una cuota de dinero diaria bajo amenaza de castigo. Si el niño no cumplía con esa cuota, lo golpeaba, lo ataba y lo hacía dormir dentro de un tinaco de agua. Mientras del sueldo de Clara, Jorge se apoderó por completo  hasta quedarse con la tarjeta bancaria donde le depositaban su pago.

Con el control económico total sobre la familia, la vida diaria dentro de esa vivienda se volvió, según relató después la propia Clara, de una precariedad extrema en todos los sentidos. Ella misma contó en entrevista que junto a Ricardo llegaron a alimentarse de comida encontrada en la basura en más de una ocasión y que incluso llegaron a pelear entre ellos por un sándwich que estaba tirado en la calle mientras Jorge disponía libremente del dinero que ella generaba con su trabajo.

Ese testimonio transmitido años después en un programa de entrevistas de alcance nacional  retrató con crudeza el nivel de control y privación al que Jorge sometía a toda la familia mientras él mantenía una vida relativamente cómoda dentro de la misma vivienda. Dentro de esa vivienda, Jorge comenzó a cometer abusos contra Rebeca, que en ese momento tenía apenas 12 años de edad.

Clara lo descubrió en persona al encontrarlo con la menor en una situación que no dejaba lugar a dudas. Y aún así, la relación entre ambos adultos continuó sin interrupción. Con el tiempo, esos abusos se extendieron también a Gabriela, la hermana mayor, entonces de 14 años. Ambas niñas quedaron prácticamente aisladas del exterior, sin contacto con nadie fuera de esa casa, mientras su hermano Ricardo era obligado a presenciar parte de lo que ocurría dentro de la vivienda.

Como consecuencia directa de esos hechos, Jorge llegó a tener cinco hijos con las dos hermanas a lo largo de esos años. Especialistas que analizaron el caso después de que se hizo público coincidieron en un punto central. Lo que Jorge ejerció sobre esa familia encaja en el patrón clínico de un trastorno de personalidad en el que las conductas, que para la mayoría de las personas resultarían moralmente intolerables para el agresor no representan ningún conflicto interno real.

Ese patrón, explicaron distintos especialistas consultados por la prensa en su momento, es el que permite a alguien mantener durante años una doble vida completamente normal hacia afuera, mientras hacia adentro ejerce un control absoluto y sin remordimiento aparente sobre las personas más cercanas a él. No te vayas todavía, porque lo que sigue es la parte que las propias autoridades del caso describieron como de las más difíciles de comprender  cómo las víctimas terminaron defendiendo en algún punto al hombre que las mantenía encerradas. Clara, según su propio

testimonio ante la prensa, años después llegó a normalizar lo que pasaba dentro de su casa durante un periodo prolongado de tiempo. Contó que Jorge la convenció de que todo era parte de una vida distinta. una en la que ella no debía cuestionar absolutamente nada de lo que ocurría bajo su propio techo. Las autoridades que investigaron después el caso señalaron que la dinámica que Jorge impuso generó en las menores un apego enfermizo hacia su agresor, comparable a lo que se conoce como síndrome de Estocolmo, al punto en que llegaron a

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