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TESTIMONIO CATÓLICO: Era misionero en una secta… una pregunta de un niño católico lo cambió todo

 Amaba genuinamente a las personas que visitaba. Eso no fue fingido nunca. Pero lo que también hacía, y esto me cuesta más decirlo, era sistemáticamente desacreditar la fe de esas familias. Les decía que la misa era un ritual sin fundamento bíblico, que María era una mujer bendita, pero no merecía ninguna veneración especial, que los santos eran personas que habían muerto y a las que no tenía ningún sentido pedirle nada, que la confesión era un mecanismo de control humano sin base en las Escrituras, que el Papa no tenía autoridad divina y que la Iglesia

Católica era, en el mejor de los casos, una institución humana llena de errores. y en el peor, algo que los alejaba de Cristo en lugar de acercarlos. Lo decía con versículos, lo decía con argumentos que me habían enseñado a usar. Lo decía frente a familias que llevaban generaciones bautizando sus hijos, enterrando sus muertos y celebrando sus bodas en esa misma iglesia de adobe del centro del pueblo.

 Y la pregunta de Sebastián con toda su simplicidad de 9 años fue la primera vez en 8 años que uno de mis argumentos se volvió contra mí. Porque para responder honestamente, ¿cuándo nació tu iglesia? Yo tendría que decirle que mi iglesia nació en 1987 en Houston, Texas, fundada por un pastor norteamericano que un día decidió empezar una organización misionera.

 Y si él me hacía la pregunta obvia que seguía, que era, “¿Y la Iglesia Católica cuándo nació?”, yo tendría que decirle que en el siglo con Jesús y con Pedro. Y si él me hacía la siguiente pregunta obvia, que era, entonces, ¿por qué debería dejar la iglesia más antigua para unirme a la más nueva? Yo no tendría ninguna respuesta honesta que darle.

 Le dije ese día a Sebastián que era una buena pregunta y que necesitaba pensarla. Él me miró un segundo más, asintió con la seriedad de los niños que saben cuándo un adulto está ganando tiempo y se fue a jugar con sus hermanos. Esa noche no dormí bien en el cuarto que me prestaba la familia Ramírez cuando me quedaba en San Pablo. Me quedé mirando el techo de lámina y pensando en la respuesta que no había podido darle a un niño de 9 años.

 Me levanté a las 4 de la mañana y abrí el evangelio de Mateo en el capítulo 16, versículo 18. Lo había leído cientos de veces. Jesús le dice a Pedro, “Y yo también te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” Lo había leído siempre con las lentes que me habían dado, que piedra se refería a la confesión de fe de Pedro, no a Pedro en persona, que la promesa era para todos los creyentes, no para una institución particular, que la Iglesia verdadera era invisible,

compuesta por todos los que creían genuinamente en Cristo, independientemente de la denominación. Pero esa madrugada, en ese cuarto de adobe en Oaxaca, leí esa frase con una pregunta que no me había hecho antes. ¿Dónde está esa iglesia hoy? Si Cristo prometió edificar una iglesia que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella, esa iglesia tenía que existir.

 No de manera invisible e indefinible, de manera real, localizable, continua. una institución que pudiera trazar su historia desde ese momento hasta hoy sin interrupción. La misión Luz de las Naciones no podía hacer eso. Existía desde 1987. La Iglesia Bautista no podía hacerlo. Existía desde el siglo XV. La Iglesia Metodista no podía hacerlo. Siglo XVII.

John Wesley. La Iglesia luterana no podía hacerlo. Siglo X. Martín Lutero. ¿Cuál iglesia cristiana podía trazar una historia continua desde el siglo primero hasta hoy? Con documentos verificables y cadena ininterrumpida de liderazgo. Había una sola respuesta y era la respuesta que yo llevaba 5 años en Oaxaca intentando convencer a las familias de que abandonaran.

 Guardé esa pregunta en un lugar del que no se fue en mucho tiempo. Los meses que siguieron fueron los más incómodos de mi vida ministerial. Seguí yendo a las comunidades, seguí teniendo conversaciones, pero algo había cambiado en mi postura. Empecé a escuchar de una manera diferente. En lugar de llegar con los argumentos listos, empecé a llegar con preguntas.

 En lugar de decirles a las familias qué era lo que tenían mal, empecé a preguntarles qué era lo que la Iglesia Católica les daba que ellos valoraban. Las respuestas que me daban no eran las que yo esperaba encontrar en personas que según mi formación estaban atrapadas en la tradición. Me decían que la misa les daba estructura, que los sacramentos marcaban los momentos importantes de la vida de una manera que no podían imaginar sin ellos, que la confesión les daba paz de una manera que ninguna otra práctica espiritual les daba, [música] que María les daba la

certeza de tener una madre que intercedía por ellos ante Dios. [música] En agosto de 2021, después de uno de esos recorridos por las comunidades, me detuve en la iglesia del pueblo de San Pablo, Villa de Mitla, antes de subirme al autobús de regreso. Entré porque llevaba semanas queriendo hablar con el padre Tomás Ríos Guzmán, el párroco que atendía esa parroquia y otras dos iglesias del distrito y que yo había visto docenas de veces de lejos sin nunca acercarme a él.

 El padre Tomás estaba acomodando libros en la sacristía cuando entré. Era un hombre de unos 60 años, de Oaxaca de nacimiento, con las manos grandes y callosas de alguien que había trabajado con ellas antes de ser sacerdote. Me recibió sin ninguna sorpresa, como si fuera perfectamente normal que el misionero evangélico que llevaba 2 años visitando sus feligres entrara a hablar con él.

Le dije sin rodeos quién era y qué hacía. Le dije que llevaba años intentando alejar a sus feligres de la Iglesia Católica y le dije que un niño de 9 años me había hecho una pregunta tres meses antes que no había podido sacarme de la cabeza. El padre Tomás me escuchó sin inmutarse. Cuando terminé, me señaló una silla y me dijo, “Siéntese, por favor.

 ¿Quiere un café?” Tomamos café durante 2 horas. Fue la primera conversación honesta que tuve con un sacerdote católico en 8 años de ministerio. Lo que el padre Tomás me dijo ese día no fue una defensa apologética de la Iglesia ni un ataque a mis posiciones. Fue algo mucho más simple y mucho más efectivo. Me hizo las mismas preguntas que Sebastián.

Andrés, ¿cuándo empezó su iglesia? Le dije que en 1987. ¿Y usted cree que Cristo fundó una iglesia que iba a durar? Le dije que sí, que Mateo 16:18 era claro en eso. Y usted puede mostrarme la cadena continua desde esa iglesia que Cristo fundó hasta la organización que usted representa. No pude.

 Yo sí puedo mostrársela, me dijo con una calma que no era de triunfo, sino de alguien que está describiendo algo que conoce muy bien. No porque sea perfecta ni porque todos sus miembros hayan sido santos, sino porque existe una cadena continua de obispos, desde Pedro hasta el Papa Francisco, que está documentada históricamente y que ninguna otra institución cristiana puede presentar.

 Me habló de la sucesión apostólica, no como un argumento de autoridad, sino como una evidencia histórica. La lista de papas desde Pedro hasta hoy existe y está documentada. Los primeros escritores cristianos, hombres que habían conocido a los apóstoles o a sus discípulos directos, hablaban de esa cadena como la garantía de que la fe que recibían era la misma que habían transmitido los apóstoles.

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