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ALERTA en México: Descubren a un Falso Sacerdote Oficiando Misas en Funerarias. La Iglesia Reacciona

Hoy no vengo a contarte una noticia de Roma, hermano. Hoy no vengo a hablarte de cardenales, ni de cónclaves, ni de lo que se decide al otro lado del mar, en los grandes Palacios del Vaticano. Hoy vengo a darte una alerta, una alerta que te toca de cerca, mucho más cerca de lo que imaginas, sobre todo si me escuchas desde México, y vengo a dártela como te la daría un pastor que ve acercarse el peligro a su rebaño con calma, sin alarmarte más de la cuenta, pero sin callarme.

 Porque callar cuando uno ve venir al lobo no es prudencia, hermano. Callar en ese momento es abandonar a la gente que uno quiere. Así que escúchame bien despacio, porque esto que te voy a contar esta noche tiene dos caras. Por un lado, es una historia que duele, que indigna, que te va a remover por dentro, pero por otro lado, si la escuchas hasta el final, te va a dejar más fuerte, más despierto, mejor preparado para proteger lo más sagrado que tienes, que es tu fe y la de tu familia.

 Porque las dos cosas vienen juntas siempre. Donde hay un peligro, Dios pone también una enseñanza. En la ciudad de León, en el estado de Guanajuato, en el corazón de México, la iglesia ha tenido que hacer algo que no se hace todos los días, algo serio, algo que solo se hace cuando ya no queda más remedio. ha tenido que salir públicamente con un comunicado oficial firmado por el propio arzobispo a advertir a los fieles, a su propia gente, sobre un hombre, un hombre concreto, un hombre que se vestía de sacerdote, que se presentaba ante la

gente como sacerdote católico, que se paraba delante de los fieles con la ropa de cura puesta y celebraba lo que parecía una misa con toda solemnidad, como si tuviera el derecho y la potestad de hacerlo. y no lo tenía, hermano. No era sacerdote, nunca lo fue. Era un impostor, un hombre disfrazado de pastor que se metió entre las ovejas.

 Soy el padre Samuel y quiero que entiendas desde el principio por qué esta historia me ha removido tanto y por qué he decidido sentarme contigo a contártela con todo el cuidado que merece, sin prisa, porque no es solamente el engaño en sí lo que me duele. Los engaños, por desgracia, los hay a montones en este mundo.

 Lo que me parte el alma es dónde lo hacía, a quién se lo hacía, en qué momento de la vida de la gente se metía este hombre para engañarla. Porque según ha hecho público la propia iglesia, este hombre ofició una misa nada menos que en una funeraria, una misa de cuerpo presente. Y quiero que te detengas conmigo en esas dos palabras, cuerpo presente, porque encierran toda la gravedad de lo que estamos hablando.

Cuerpo presente significa que ahí, en esa sala, había un difunto, había un ataúd abierto, había un ser humano que acababa de morir esperando su último adiós. Y alrededor de ese ataúd, ¿quién había? Había una familia, una familia rota de dolor, un esposo que acababa de perder a su esposa o unos hijos que acababan de perder a su madre o unos padres viviendo la peor tragedia que existe, que es enterrar a un hijo.

 Gente con el corazón hecho pedazos en uno de esos momentos en que el alma se queda en carne viva. Y ahí, justo ahí, en ese instante tan sagrado y tan frágil, había un hombre disfrazado de sacerdote que no tenía absolutamente ningún derecho a estar parado delante de aquel ataúd. Eso es lo que me duele, hermano, que no eligió un escenario cualquiera para su engaño.

 No se metió en una fiesta ni en un evento alegre donde el daño sería menor. Elegió el dolor, eligió el luto, eligió el velorio, que es el lugar donde la gente está más desarmada, más vulnerable. más dispuesta a confiar en cualquiera que se le acerque vestido de cura, ofreciéndole un poco de consuelo. Porque piénsalo, cuando tú estás enterrando a tu madre, cuando tienes el cuerpo de tu padre ahí delante frío, te pones tú a desconfiar del sacerdote que llega a rezar, te pones a pedirle papeles, a interrogarlo, a dudar de él.

Claro que no. Nadie hace eso. Tú confías. Confías con el corazón deshecho, porque en ese momento lo único que quieres en el mundo es que alguien en nombre de Dios encomiende el alma de tu ser querido. Y de esa confianza, hermano, de esa confianza limpia y desesperada de la gente que sufre, es de lo que se aprovechó este hombre.

 Y aún hay más para que veas el tamaño completo del engaño. Este hombre no se limitaba a vestirse de cura y celebrar. Iba más allá. afirmaba con todas las letras, mirando a la gente a los ojos, que pertenecía a la iglesia de León, a la Arquidiócesis, como si fuera un sacerdote más de los legítimos, uno de los nuestros, uno con nombre y con casa dentro de la iglesia.

 Daba una pertenencia que no tenía, se ponía encima una respetabilidad robada. Y cuando la iglesia al enterarse fue a comprobar si era verdad, lo desmintió por completo. Aquel hombre no era de ellos, no tenía nombramiento, no tenía autorización, no tenía ni una sola de las facultades que se necesitan para pararse delante de un altar y celebrar en nombre de Dios y de la iglesia.

 Pero lo más inquietante de toda esta historia, hermano, lo que de verdad te va a estremecer cuando lo escuches, todavía no te lo he dicho. Porque lo más grave no es solamente que mintieras sobre pertenecer a esa arquidiócesis. Lo más grave es quién es este hombre de verdad. Es lo que la iglesia descubrió cuando empezó a tirar del hilo, cuando fue a rascar en su pasado para saber con quién estaban tratando realmente, porque detrás de aquel disfraz de sacerdote, detrás de aquella sotana prestada, había una historia mucho más larga, mucho más

grave y mucho más oscura de lo que aquellas pobres familias engañadas en la funeraria habrían podido sospechar ni en sus peores pesadillas. Y para que entiendas bien hasta dónde llega esa gravedad, tengo que llevarte primero a la escena del engaño. Tengo que contarte paso a paso con calma qué fue exactamente lo que pasó en aquella funeraria de león.

Familia de León, Guanajuato Denuncia a un Sacerdote Falso que Ofrece Misas en Una Funeraria

 Porque solo cuando veas cómo ocurrió, cómo de fácil fue, cómo de indefensa estaba aquella gente, entenderás por qué esto que te cuento hoy no es la historia de un sitio lejano que no te incumbe, sino algo que necesitas conocer para protegerte tú, para proteger a tu familia y para proteger esa fecilla que llevas dentro. Vamos despacio a la escena, hermano, y quiero que la imagines conmigo paso a paso, no por morvo, que Dios me libre de eso, sino para que sientas de verdad lo que estaba en juego y por qué la iglesia no tuvo más remedio que levantar la voz.

Una familia de león en Guanajuato está de luto. Acaba de perder a uno de los suyos y hace lo que hacemos todos cuando la muerte entra en casa, lo que han hecho nuestras familias durante generaciones. Acude a una funeraria para velar a su difunto, para acompañarlo esa última noche, para darle una despedida digna, cristiana, como Dios manda y como manda también el cariño.

 Contratan los servicios en una funeraria de la ciudad, una funeraria como tantas. sobre una de esas grandes avenidas por las que tú mismo habrás pasado mil veces. Y como cualquier familia católica que se precie, piden lo que para ellos es lo más importante de todo. Que haya una misa, que venga un sacerdote, que un hombre de Dios se acerque a rezar por el alma del que se ha ido, que encomiende ese cuerpo presente al Señor antes de darle tierra.

 Es lo más natural del mundo, hermano. Es lo que pedirías tú. Es lo que pediría yo. Cuando se muere alguien que amamos, queremos que Dios entre en esa sala. Queremos esa misa, la necesitamos como necesita el alma respirar. Y entonces llega un hombre vestido de sacerdote con la ropa puesta, con el porte, con las palabras, con los gestos de un sacerdote.

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