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TESTIMONIO CATÓLICO: ¿Qué pasa cuando Testigos de Jehová deben elegir entre su hija o su Religión?

16 de marzo de 2023, Hospital Civil de Guadalajara. 2:30 de la tarde. Una oncóloga le dice a una pareja, “Su hija de 6 años tiene leucemia, necesita transfusión de sangre urgente. Sin ella morirá en 48 horas.” Los padres responden, “Somos testigos de Jehová, no podemos aceptar sangre.” Esa noche, tres ancianos de su congregación los visitan.

Si aceptan la transfusión, serán expulsados. Es mejor que su hija muera fiel a Jehová, que viva en desobediencia. Pero una doctora católica, la doctora Patricia Ruiz, les dice algo diferente. Dios no quiere que tu hija muera. Déjame ayudarte. Lo que sucedió después cambió todo.

Este es el testimonio doble de Roberto y Lucía Mendoza. Primero escucharán al padre, luego a la madre. Dos perspectivas, una sola crisis, una niña salvada. Mi nombre es Roberto Antonio Mendoza Silva. Tengo 38 años. Soy de Guadalajara, Jalisco. Soy mecánico automotriz y hace dos años los ancianos de mi congregación de testigos de Jehová me dijeron que dejara morir a mi hija de 6 años.

No con esas palabras exactas, pero eso es lo que significaba. Hermano Roberto, me dijeron con esa voz seria que usan para las decisiones importantes. Su hija necesita una transfusión de sangre, pero Jehová prohíbe la sangre. Si usted acepta esa transfusión, estará eligiendo la vida temporal de su hija sobre la vida eterna y será expulsado de la congregación.

Mi hija Valentina tenía leucemia aguda. Los doctores dijeron que sin transfusión moriría en 48 horas. Y yo, que había sido testigo de Jehová toda mi vida, tuve que elegir obedecer a la organización Watch Tower o salvar a mi hija. Una doctora católica me mostró que esa obediencia no era a Dios, era a hombres.

Y ese día comenzó mi salida de los testigos de Jehová y mi entrada a la Iglesia Católica. Hoy mi hija tiene 8 años, está sana y somos católicos. Y cada día agradezco a Dios por esa doctora que tuvo el valor de decirnos la verdad. Crecí como testigo de Jehová de segunda generación. Mis padres se convirtieron en los años 80 cuando yo tenía como 3 años.

No tengo memoria de haber sido otra cosa que testigo. Mi infancia fue tocar puertas los sábados, ir al salón del reino tres veces por semana, estudiar las publicaciones de la Watch Tower, evitar el mundo. No celebrábamos cumpleaños, no celebrábamos Navidad, no saludábamos la bandera en la escuela, no teníamos amigos fuera de la organización, éramos una isla y nos enorgullecíamos de eso.

Somos parte del mundo, nos enseñaban. Somos el pueblo de Jehová. Me bauticé a los 15 años. Me casé con Lucía cuando tenía 25, ella 23. Nos conocimos en la congregación. Ella era pionera regular. Dedicaba 70 horas al mes a la predicación. Yo trabajaba como mecánico, pero también dedicaba tiempo a predicar.

En 2017 nació nuestra hija Valentina. Fue la alegría más grande de nuestras vidas. una niña sana, hermosa, inteligente. La criamos como testigos, por supuesto. La llevábamos a las reuniones desde bebé. Le enseñábamos las doctrinas de la Watch Tower. Esperábamos que algún día ella también se bautizara y fuera parte del pueblo de Jehová.

La vida era predecible, rutinaria. Trabajaba en el taller mecánico de lunes a viernes. Los sábados predicábamos de casa en casa. Los domingos asistíamos a la reunión del salón del reino. Los martes por la noche teníamos el estudio de libro. Los jueves estudiábamos en casa. Todo estaba estructurado, organizado, controlado. Pero el 15 de marzo de 2023 todo se derrumbó. Valentina tenía 6 años.

Había estado cansada durante varias semanas, pálida, sin energía. Pensábamos que era un virus, pero cuando comenzó a tener moretones sin razón y sangrado de nariz frecuente, Lucía insistió en llevarla al doctor. El pediatra nos mandó al hospital civil de Guadalajara para análisis de sangre urgentes. Recuerdo perfectamente ese día. Era miércoles.

Yo había salido del taller temprano. Lucía estaba nerviosa, pero intentaba mantenerse calmada para no asustar a Valentina. Los análisis se hicieron rápido, demasiado rápido. Eso ya era mala señal. Cuando la doctora nos llamó a su oficina sin Valentina, supe que algo terrible venía. “Señor, Mendoza”, dijo la doctora con ese tono profesional, pero compasivo que usan los médicos cuando dan malas noticias.

Los análisis de Valentina muestran leucemia aguda linfoblástica. Esa palabra, leucemia. Cáncer. Mi hija de 6 años. Cáncer. Lucía empezó a llorar. Yo me quedé paralizado. La doctora siguió hablando sobre conteos de glóbulos blancos, células malignas, protocolos de quimioterapia. Pero yo no procesaba nada, solo escuchaba su hija tiene cáncer repitiéndose en mi cabeza.

¿Se va a morir?, pregunté con voz quebrada. No necesariamente, respondió la doctora. La leucemia linfoblástica aguda en niños tiene buena tasa de curación, pero necesitamos actuar rápido. Valentina necesitará quimioterapia intensiva y antes de empezar necesita una transfusión de sangre urgente. Sus niveles de hemoglobina están peligrosamente bajos.

Sin transfusión su cuerpo no resistirá el tratamiento. Y ahí fue cuando mi mundo de testigo de Jehová colisionó con mi realidad de padre. Doctora, dije despacio, nosotros somos testigos de Jehová, no aceptamos transfusiones de sangre. La doctora me miró fijamente. Señor Mendoza, entiendo sus creencias religiosas, pero sin transfusión su hija morirá probablemente en las próximas 48 horas.

¿Entiende eso? Pero la Biblia dice que debemos abstenernos de sangre, respondí repitiendo lo que me habían enseñado toda mi vida. Hechos 15:29 es mandato de Dios. Señor Mendoza. La doctora se inclinó hacia adelante. Ese versículo habla de no comer sangre de animales sacrificados a ídolos. Era una prohibición dietética y ceremonial del siglo primero.

No tiene nada que ver con transfusiones médicas que salvan vidas. Las transfusiones ni siquiera existían en tiempos bíblicos, pero yo no la escuchaba realmente. Tenía grabada la doctrina de la Watch Tower en mi cerebro. La sangre es sagrada, representa la vida. Aceptar sangre es violar la ley de Dios. Es mejor morir fiel a Jehová que vivir en desobediencia.

Necesitamos pensarlo, dije. Necesitamos orar. Necesitamos consultar con los ancianos de nuestra congregación. La doctora suspiró. Tienen hasta mañana a las 2 pm. Después de eso, el riesgo de hemorragia cerebral es demasiado alto. Lo siento. Salimos del hospital en shock. Valentina nos preguntaba qué había dicho la doctora. Le dijimos que estaba un poco enferma, pero que se pondría bien. Mentira.

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