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JORGE SANCHEZ: La DURA HISTORIA del LATERAL del TRI que MARAVILLO a CAFU

JORGE SANCHEZ: La DURA HISTORIA del LATERAL del TRI que MARAVILLO a CAFU

Jorge Sánchez está siendo el muro impasable del tri por la banda. Firmó una actuación consagratoria frente a Ecuador que impactó al mundo. Tan bueno ha sido su nivel que la leyenda brasileña Cafu, considerado por muchos el mejor lateral derecho de la historia, lo elogió por encima del resto de los laterales de este mundial.

Pero pocos saben que este hombre vivió una infancia durísima. Creció si la figura de su padre. Tuvo que convertirse en el sostén de su familia y todo lo que consiguió fue a base de esfuerzo, sacrificio y perseverancia. Y aunque hace apenas unos días todo el país cuestionaba su convocatoria, hoy está cerrando muchas bocas.

Esta es la dura historia de Jorge Sánchez y lo que estás por conocer te dejará sorprendido. Para entender por qué su presencia en este mundial significa tanto y como se convirtió en la muralla lateral del TRI. Primero hay que salir de los estadios, apagar los reflectores y viajar hasta un lugar donde el fútbol era apenas la última de las preocupaciones.

Torreón, Coahuila, el norte que no regala nada, donde el sol agrieta la piel y la vida se gana peleando desde temprano. Ahí creció un niño en una casa marcada por una ausencia. Su padre no estuvo durante buena parte de su infancia y esa ausencia lo obligó a madurar de golpe, a dejar de ser niño mucho antes de tiempo. Con su madre y su hermana, como todo su mundo, entendió muy pronto una verdad que ningún chico de 7 años debería cargar sobre los hombros, que si él no ayudaba, en su casa simplemente no se comía. Y entonces se puso a trabajar no

en un campo de fútbol, sino en los parques de la ciudad. Paseaba a otros niños montados sobre ponis, cuidaba a los animales para que los demás se divirtieran. y cada peso que ganaba lo entregaba completo, sin quedarse con nada. Lo llevaba a casa, lo ponía en las manos de su madre y con eso algunos días aparecía un plato de comida sobre la mesa.

Con esa misma honestidad que años más tarde desarmaría a cualquiera que la entrevistara, lo resumió sin un solo adorno. Vengo de abajo. A veces no había ni para un plato de comida. El fútbol, en medio de toda esa carencia, no era un plan de vida ni un negocio, era un escape, un refugio en las calles polvorientas de su colonia, donde pateaba lo que hubiera contra quien apareciera, sin imaginar nada más allá de la siguiente tarde.

Nadie en Torreon habría apostado un peso por él. Y sin embargo, algo en su manera de correr, en esa terquedad para no bajar nunca los brazos, empezó a llamar la atención de la gente equivocada, esa que sí sabe mirar. Cuando las fuerzas básicas de Santos Laguna pusieron los ojos en aquel muchacho flaco y aguerrido, el sueño estuvo a punto de romperse antes de nacer.

Se aferró como se aferraba a todo y cuando por fin llegó su primer sueldo como futbolista, apenas 1500 pesos en las categorías juveniles del club, no compró ropa, ni tenis, ni un solo capricho. Compróbas y refrescos, se sentó con su madre y su hermana y los tres se echaron a llorar mientras comían. Y lo dijo con unas palabras que conmovió a todos.

Con ese dinero compré hamburguesas y refrescos para mi mamá, mi hermana y yo. Nos sentamos y lloramos juntos mientras comíamos. El chico de los ponis empezó a subir escalones sin que casi nadie lo notara. Fue creciendo dentro de las categorías juveniles de Santos, curtiéndose en torneos donde nadie regala nada hasta convertirse en subcampeón nacional con la sub-17 y en campeón continental con la sub20.

Aquel título que su equipo levantó desde los 11 pasos frente a Tijuana con la sangre fría que solo tienen los que ya sufrieron cosas más grandes que un penal. Era lateral derecho. Vivía del recorrido de subir y bajar la banda sin cansarse jamás y esa energía inagotable terminó abriéndole la puerta del primer equipo.

El 18 de septiembre de 2016, un domingo cualquiera para el resto del mundo, aquel muchacho de Torreón debutó en la primera división mexicana frente a Pumas. No entró los últimos minutos para foto y aplauso. Jugó los 90 completos, aguantó el partido entero y su equipo se llevó una victoria por tres goles a uno bajo la dirección de José Manuel de la Torre.

A los 18 años, el niño que paseaba ponis pisaba por primera vez el escenario con el que había soñado en las calles de su colonia. Pero el fútbol queda con una mano, quita con la otra. Después de aquel arranque prometedor, llegó lo más cruel que puede vivir un joven, la banca. un cambio de entrenador, una nueva idea y de pronto aquel titular volvía a mirar los partidos desde afuera, alternando incluso con las categorías juveniles.

Muchos, en su lugar se habrían hundido. Él apretó los dientes y esperó, porque esperar era lo único que sabía hacer desde niño. Y la recompensa llegó desde el lugar más grande del fútbol mexicano. En 2018, el Club América tocó a su puerta y ahí, en el equipo más exigente y más observado del país, floreció de verdad.

Se ganó la titularidad, marcó su primer gol como profesional y en apenas unos meses levantó todo lo que había para levantar, el título de liga, la copa nacional y el campeón de campeones. El muchacho de la alacena vacía ahora ganaba trofeos con las Águilas y se convertía en una de las mejores laterales del país. Lo que vino después fue el salto que casi ningún mexicano se atreve a soñar.

La selección lo llamó por primera vez en 2019 de la mano de Gerardo Martino y desde entonces la camiseta verde dejó de soltarlo. Colgó del cuello la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio, esa gesta que emocionó a un país entero y muy pronto se subió al avión rumbo a su primera Copa del Mundo, la de Qatar 2022, donde fue titular en dos de los tres partidos y disputó 176 minutos con la responsabilidad de defender a México en el escenario más grande del planeta.

Sin embargo, nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir, porque el verdadero sueño, el que de niño ni siquiera se había permitido pensar, tocó a su puerta ese mismo año. El Ajax de Amsterdam, uno de los clubes más históricos y prestigiosos de Europa, pagó por él y lo llevó a Países Bajos para reencontrarlo con su compatriota, Edson Álvarez.

El chico que paseaba ponis en Torreon se vestía ahora con la camiseta de una leyenda del continente. Y entonces llegó la noche que lo desbordó. Cuando pisó por primera vez una cancha de la Champions, la competencia más grande que existe entre clubes, con esa música que le pone la piel de gallina a cualquier futbolista no pudo contener las lágrimas.

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