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Vito Genovese: El Jefe que NADIE Se Atrevió a Matar

 

La noche del 2 de mayo de 1957, las calles del Aperast Side de Manhattan respiraban esa quietud engañosa que solo existe en las grandes ciudades cuando la oscuridad ya lo ha cubierto todo. Fran Costelo, uno de los hombres más poderosos del crimen organizado en Estados Unidos, salió de un restaurante de la zona.

 Tras una cena tranquila con algunos amigos, tomó un taxi, se dejó llevar por las calles iluminadas de la ciudad, que él mismo había ayudado a moldear durante décadas. Nada en aquella noche parecía diferente. Nada hacía presagiar lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando el taxi se detuvo frente al edificio Majestic en el número 115 de Central Park West, Costello bajó con la calma de un hombre acostumbrado a sentirse intocable.

 Eran aproximadamente las 11 de la noche, empujó la puerta del vestíbulo y entró. Detrás de él, casi al mismo tiempo, se coló una figura corpulenta, un hombre de movimientos amplios y decididos que avanzaba con una determinación que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones. Costello no se giró, no notó nada. El hombre se acercó más.

 Los pasos resonaron sobre el suelo del vestíbulo. Costello ya se dirigía hacia el ascensor cuando la voz del desconocido rompió el silencio. Esto es para ti, Frank. El disparo sonó como un trueno dentro de aquel vestíbulo de mármol. La bala rozó el cráneo de costello, entró por detrás de la oreja derecha y salió por la frente sin penetrar en el cerebro.

 Un milímetro más adentro y la historia del crimen organizado americano habría sido completamente distinta. Pero Fran Costelo sobrevivió y el portero del edificio, que lo había presenciado todo desde su puesto, identificó al tirador sin vacilar. Su nombre era Vincent Gigante y detrás de Vincent Gigante, dando la orden desde las sombras, estaba el hombre que llevaba años esperando ese momento, el hombre que nunca había aceptado jugar un papel secundario, el hombre que había nacido en la pobreza más absoluta al pie del besubio y que

había cruzado el océano con 15 años y una medalla de San Cristóbal en el bolsillo. Vitóe. Lo que están a punto de escuchar no es solo la historia de un gangster más dentro de la larga lista de criminales que forjaron la mafia americana. Es la historia de un hombre que desafió todas las reglas, traicionó a todos sus aliados y aún así consiguió llegar a lo más alto.

 Un hombre que ordenó el asesinato de un padrino sin el permiso de la comisión, lo cual era una violación capital del código más sagrado de la cosa nostra y que sin embargo, sobrevivió para contarlo. Un hombre que escapó de la justicia tantas veces que sus propios enemigos empezaron a preguntarse si tenía un pacto con el [ __ ] Esta es la historia real de Vito Genovese, desde sus primeros años como pequeño delincuente en los callejones de Nápoles hasta su ascenso imparable a la cima del crimen organizado americano, [música] pasando por la prohibición, dos

guerras mundiales, múltiples procesos judiciales y una guerra de poder que sacudió los cimientos de la mafia americana. Prepárense porque esto no va a decepcionar a nadie. Vito Genovese nació el 21 de noviembre de 1897 en Tufino, un pequeño pueblo situado a apenas 16 km de Nápoles en el sur de Italia.

 Era el cuarto hijo de Felice, Inunciata Genovese, una familia campesina que luchaba cada día contra una pobreza que no daba tregua. Antes que él habían llegado al mundo una hermana y dos hermanos, Michael y Carmine. Cada nueva boca que alimentar era una carga que se añadía a una situación ya de por sí insostenible. La región donde Vito abrió los ojos por primera vez estaba marcada desde tiempos inmemoriales por la presencia imponente del besubio.

 Ese volcán impredecible y violento no solo había dado forma al paisaje físico de la campaña durante siglos, sino también a la psicología de quienes vivían bajo su amenaza constante. [música] La vida allí era inestable por naturaleza. El desastre podía llegar en cualquier momento sin avisar. Y esa convicción, esa certeza de que nada era permanente y de que había que aprovecharse de cada oportunidad antes de que desapareciera, calaba profundo en quienes crecían a su sombra.

 Para intentar escapar de aquella miseria rural, el padre de Vito, Felice, también conocido como Filipo, tomó la decisión que tomaban tantos hombres de su generación y de su condición. En 1905 embarcó hacia América con la esperanza de encontrar allí lo que Italia le negaba. La idea era sencilla. [música] Él se instalaría primero, ahorraría dinero y luego haría venir al resto de la familia.

 Era un plan común entre los emigrantes italianos de aquella época. Un plan que sobre el papel parecía razonable, pero que en la práctica se convertía casi siempre en años de separación, de cartas escasas y de promesas que tardaban demasiado en cumplirse. Filipo llegó a América lleno de esperanza y se encontró con una realidad completamente diferente a la que había imaginado.

 La vida en Nueva York era igual de dura, igual de agotadora. Las oportunidades no llovían del cielo, como algunos decían. Los trabajos eran duros, los salarios miserables y el sueño americano tardó muchísimos años en mostrar, aunque fuera su cara más modesta. Mientras tanto, en Tu fino, el joven Vito tenía que sobrevivir y Vito, incluso de niño, tenía muy claro que no iba a hacerlo trabajando la tierra con las manos.

abandonó la escuela sin ningún remordimiento y empezó a extorsionar a los vendedores ambulantes del pueblo. Pequeñas cantidades, pequeñas amenazas, pequeñas victorias que, sin embargo, le enseñaron algo fundamental, que la intimidación funcionaba, que el miedo era una moneda que siempre tenía valor. Pasaron 5 años y luego otro y otro más.

Vito esperaba noticias de su padre con esa mezcla de ansiedad y resignación que solo conocen quienes esperan algo que no saben si llegará. Hasta que una mañana de primavera de 1913, cuando Vito tenía 15 años, una carta llegó a la pequeña oficina de correos de Nápoles, donde él había ido tantas veces a preguntar en vano.

 La carta era de su padre y esta vez el mensaje era diferente. Había dinero suficiente para pagar el pasaje de Vito en el vapor SS Taormina. Solo para él, para Vito. La alegría se mezcló con el miedo, felice porque por fin llegaba su turno, asustado porque sabía que su madre podría oponerse. Así que Vito preparó su mejor representación, la del hijo obediente que parte solo porque su padre lo exige, no porque él quiera.

 Pero Nunciata lo conocía demasiado bien. Las madres siempre conocen mejor que nadie a sus hijos. Y ella vio en sus ojos lo que él intentaba esconder. “No estés triste”, le dijo. América es un lugar hermoso. Podrás ir a la escuela y labrarte un futuro. El 8 de mayo de 1913, la GTE de Nápoles estaba llena de gente, familias que se despedían, hombres que partían solos, mujeres que lloraban sin saber muy bien si lloraban por tristeza o por esperanza.

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