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¡Sorprendente! Asi VIVE CESAR COSTA con su FORTUNA a sus 83 AÑOS

¡Sorprendente! Asi VIVE CESAR COSTA con su FORTUNA a sus 83 AÑOS

Como verdaderos fans, sabemos que detrás del rostro más amable de la televisión y música mexicana hay mucho más que esos icónicos suéteres, sonrisas cálidas y baladas románticas. Hoy tú y yo vamos a descubrir cómo nuestro César Costa construyó un patrimonio millonario y discreto. Justo en una industria que devoraba a sus más grandes ídolos.

Repasaremos el Imperio Inmobiliario que formó durante 60 años de puro trabajo ininterrumpido las batallas silenciosas en su matrimonio y carrera y el verdadero precio por ser el ídolo más respetado y menos escandaloso en la historia del espectáculo latino. Acompáñame a redescubrir al icono que logró enamorar a tres generaciones sin hacer un solo escándalo, al genio que forjó una fortuna inmensa mientras todos lo subestimaban y al ser humano lleno de contradicciones que solo los seguidores más devotos logramos comprender. Te

aseguro que al terminar verás que nuestro querido César supera cualquier estatus de leyenda. Él nos demuestra que el verdadero éxito en nuestra farándula jamás necesita hacer ruido. Arranquemos. Para valorar ese enorme patrimonio, primero tenemos que entender quién era realmente este genio.

Y para entenderlo, viajemos al origen, a ese México de los años 40 que aún respiraba aires de provincia. Justo antes de sentir todo el peso de la modernidad, nuestro César Antero Roel nació el 16 de agosto de 194 y1 en el DF, en una familia de clase media, sin lujos excesivos, pero inmensamente culta. Su madre, Josefina, era concertista de piano, una mujer fantástica que inundó su hogar de arte desde que nuestro futuro ídolo abrió los ojos.

Por otro lado, su padre fue un trabajador incansable. Inculcó en casa principios inquebrantables que César jamás soltaría en toda su trayectoria, ni cuando el estrellato lo sedujo, ni al llegar los millones, ni cuando el monstruo del espectáculo quiso exprimirlo. Aquel Distrito Federal de los 40 apenas estaba mudando de piel. atravesábamos el famoso milagro mexicano, esa época gloriosa de bonanza brutal entre 1940 y 1970, que disparó nuestra economía nacional por los cielos, forjó una vibrante clase media sedienta de arte y transformó a nuestra capital en el epicentro absoluto

de la modernidad en toda América Latina. Hablamos del México del cine de oro con Jorge Negrete y la doña de cabarets céntricos y esas primeras televisiones asomándose por las colonias Polanco y del Valle. Crecer ahí con una madre concertista y un padre tan estricto fue su mayor ventaja secreta. No heredó millones de pesos contantes y sonantes al nacer.

Recibió algo invaluable, esa brújula moral y artística que guiaría nuestro ídolo por siempre. De hecho, el chamaco dominó el piano mucho antes que las tablas de multiplicar. Doña Josefina lo instalaba frente a las teclas con la paciencia infinita de las madres que intuyen que están cultivando la grandeza de un artista legendario.

Sin embargo, fue la guitarra lo que atrapó su corazón. Ese instrumento noble y callejero que podías rasguear en cualquier azotea chilanga, sonando igual de mágico en bellas artes que en una vecindad. Cuando César abrazó esa guitarra siendo apenas un chavo, algo muy profundo en su interior encajó perfectamente en su sitio.

Entendió de inmediato, con esa instintiva seguridad que solo poseen los auténticos talentos natos, a eso dedicaría su vida. Pero aquí tú y yo sabemos algo. A diferencia de los que votan todo por cantar, César sabía que tener buena voz jamás bastaría. Por eso entró a la Universidad Nacional Autónoma de México para estudiar leyes.

No quería litigar en juzgados. buscaba convertirse en un individuo blindado y completo. Ese movimiento brillante marcó su manejo de los millones y el estrellato. Nuestro César Costa jamás iba a regalar su firma en contratos abusivos sin leerlos. No era esa clase de ídolo novato que cedía su alma al primer representante.

Pasarse por la Facultad de Derecho lo transformó en un tiburón negociando. Dominaba las infames letras chiquitas. Sabía plantarse y decir que no. Justo en una jungla musical donde estafar artistas jóvenes era el pan de cada día, donde los sellos discográficos secuestraban las rolas y muchos genios sudaban sangre por décadas sin recibir un solo quinto de sus merecidas regalías.

Pero César logró un milagro rarísimo en México, ser dueño absoluto de su arte. Ese colmillo legal temprano lo ayudó a levantar un patrimonio monumental que sus colegas, a veces con picos de fama mucho más agresivos, terminaron perdiendo tristemente. Eso sí, antes de los ceros en la cuenta hubo hambre. No de pan. Claro.

César nunca sufrió carencias extremas. Lo suyo era pura hambre de triunfar. En 1958, siendo un chamaco, armó los black jeans, los pioneros absolutos del rock en México. Aquella movida era subterránea, salvaje y francamente adictiva. El rock and roll gringo nos pegó en el país con la brutalidad de un maremoto rebelde y la juventud mexicana lo devoró.

Una locura que infartó a nuestros abuelos, pero que les brilló en los ojos a los promotores hambrientos de dinero. Tropicalizar rolas de Elvis Presley, Bad Holly y Polanca al español se volvió una mina de oro gigantesca. Los black jeans eran buenísimos haciendo eso. Sin embargo, tronaron rápido víctimas de la típica calentura juvenil sin disciplina de fondo.

Ahí fue exactamente cuando nuestro muchacho dio el gran salto definitivo, se lanzó como solista y bautizó su nueva identidad con una frialdad maestra. César Costa, homenajeando al legendario arreglista norteamericano Don Costa. Agarrar el apellido del productor de Polanca no fue ninguna casualidad barata. Fue una declaratoria de guerra artística.

Él rechazaba ser una copia barata. Soñaba con medirse al tú por tú con los gigantes del planeta, absorber sus secretos, traerlos a nuestro idioma y regalárselos a nuestra raza. Y vaya que cumplió. Debutó magistralmente lanzando mi pueblo, el cover perfecto del gitazo de Paul Anca. Cuando ese acetato invadió nuestras estaciones de radio en 1959, el bombazo instantáneo y brutal y pum, Costa amaneció siendo la máxima estrella del país.

Lo siguiente fue una avalancha de trancazos musicales imparables. Diana, la cucaracha, historia de mi amor, tierno. Joyas que reventaban los bulvos de la radio, los tocadiscos en cada fiesta y bautizo, contagiando desde el Distrito Federal y Monterrey hasta Bogotá, Buenos Aires y Madrid. El público latino ardía de ganas por sus propios héroes.

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