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Mario Ruiz Massieu: La carta que acusó a un presidente antes de morir.

La noche del 15 de septiembre de 1999, mientras México celebraba las fiestas patrias, un hombre agonizaba solo en una casa de Nueva Jersey. Horas después lo encontraron sin vida. Junto a su cuerpo había una carta. En ella acusaba directamente al presidente de México de haberlo perseguido, de haberlo convertido en un chivo expiatorio, de haber destruido su vida por lo que sabía.

La versión oficial habla de un suicidio, pero hay quienes creen que ese hombre no se quitó la vida, se la quitaron. Esta es la historia de Mario Ruiz Maieur, el fiscal que investigó la muerte de su propio hermano y que terminó pagando con la suya el precio de saber demasiado. Archivos mortales presenta los demonios andan sueltos para entender por qué su muerte sigue generando dudas más de dos décadas después.

Primero hay que entender quién era Mario Ruiz Macier y qué fue exactamente lo que empezó  a saber. Nació el 24 de diciembre de 1950 en Acapulco, dentro de una de las familias más influyentes del viejo PRI en Guerrero. Un estado donde durante décadas el poder político, económico y judicial estuvo concentrado en unos pocos grupos cercanos al régimen.

Estudió derecho en la UNAM, la institución donde se formó buena parte de la clase política y judicial mexicana del siglo XX y ahí construyó el perfil que lo acompañaría el resto de su vida. serio, reservado, metódico, extremadamente cuidadoso con sus palabras. Mientras otros buscaban popularidad, Mario construía relaciones dentro del aparato judicial, la zona más estratégica del poder priista.

Pero el apellido Ruis Macier ya pesaba antes de que Mario llegara al gobierno federal. Su padre había ocupado cargos políticos importantes en Guerrero y su hermano mayor, José Francisco Ruiz Macier, se perfilaba como una de las figuras más prometedoras del priismo nacional, diputado, gobernador de Guerrero, operador político y más tarde secretario general del PRI.

La familia, además estaba entrelazada con el círculo presidencial más cerrado del país. José Francisco estaba casado con Adriana Salinas de Gortari, hermana de Carlos Salinas de Gortari. Eso colocaba a los Ruis Ma dentro del núcleo más poderoso de México. Durante los años 70 y 80, Mario ascendió silenciosamente ocupando cargos relacionados con procuración de justicia y asuntos jurídicos.

Dentro del sistema se le consideraba un hombre confiable. capaz de manejar información sensible sin generar escándalos. Y esa reputación resultaría decisiva porque para principios de los 90, Mario ya formaba parte de las estructuras más delicadas de la Procuraduría  General de la República. Tenía acceso a investigaciones federales, expedientes confidenciales, secretos políticos que muy pocos funcionarios conocían.

Información capaz de destruir carreras enteras o gobiernos completos. A principios de los 90, los Ruis Macier parecían intocables, conectados con gobernadores, operadores políticos, altos funcionarios federales y con el propio círculo presidencial. Pero mientras públicamente proyectaban estabilidad, internamente se acumulaban tensiones peligrosas.

El gobierno venía golpeado por acusaciones de fraude electoral tras las elecciones de 1988 y el crimen organizado empezaba a infiltrarse en policías, gobiernos estatales y estructuras financieras. Era una época en la que casi nadie hablaba en público, pero todos sospechaban de todos. Dentro de ese ambiente, José Francisco Ruiz Macier se había convertido en uno de los políticos más importantes del país, con proyección incluso presidencial, pero también acumulaba enemigos.

Dentro del propio PRI había grupos que lo veían como una amenaza, que lo acusaban de intentar desplazar viejas redes de poder y otros que aseguraban que sabía demasiado sobre financiamiento ilegal y relaciones peligrosas dentro del sistema. Y entonces llegó 1994, el año más oscuro de la era priista moderna.

El primero de enero, el ejército zapatista de liberación nacional se levantó en Chiapas, exponiendo ante el mundo la pobreza que el gobierno intentaba ocultar. El 23 de marzo, el candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio fue asesinado en Tijuana y el país entero comenzó a sospechar que las luchas internas del poder habían llegado a un punto sin retorno.

La mañana del 28 de septiembre de 1994, apenas 6 meses después del crimen de Colosio, José Francisco Ruiz Macier salió de un desayuno político en la Ciudad de México. Avanzó unos metros en su auto por Avenida Insurgentes cuando un hombre se acercó y le disparó a quemarropa. Cayó frente a decenas de testigos.

El atacante, un hombre llamado Daniel Aguilar Treviño, fue detenido casi de inmediato, pero nadie en ese momento imaginaba hasta dónde llegaría esa historia. Para intentar controlar la crisis política que se venía encima, el presidente Carlos Salinas de Gortari tomó una decisión extremadamente polémica. nombró a Mario Ruiz Maie su procurador especial.

Encargado de investigar el asesinato de su propio hermano. Muchos consideraban imposible que pudiera llevar una investigación imparcial. Otros pensaban que precisamente por eso haría lo que fuera necesario para llegar hasta el  fondo. Y Mario empezó a hacerlo. Comenzó a lanzar declaraciones cada vez más explosivas.

hablaba de conspiraciones internas, de protección política, de redes dentro del PRI que estaban obstruyendo activamente su investigación. Poco a poco fue insinuando algo todavía más delicado, que la muerte de su hermano no había sido obra de un simple pistolero solitario, sino de una operación mucho más grande, con actores mucho más poderosos detrás.

Y entonces llegó la frase que marcaría el resto de su vida y de alguna manera todo lo que vendría después. Frente a medios nacionales e internacionales, Mario Ruiz Mau declaró, “Los demonios andan sueltos”. La frase cayó como una bomba dentro del PRI. El mensaje era claro para quien quisiera escucharlo.

Sectores del propio sistema estaban involucrados en el crimen de su hermano. Las acusaciones no tardaron en escalar hacia Raúl Salinas de Gortari, hermano del entonces presidente. Testimonios y declaraciones comenzaron a hablar de reuniones secretas, operadores políticos y presuntos intentos de encubrir a los verdaderos autores intelectuales del crimen.

Uno de los nombres más polémicos que surgió durante la investigación fue el de Manuel Muñoz Rocha. diputado cercano a Raúl Salinas, señalado  como presunto intermediario en la conspiración. Pero Muñoz Rocha desapareció sin dejar rastro, sin explicación oficial. No se le ha vuelto a ver desde el 29 de septiembre de 1994, un día después del asesinato.

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