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Un Anciano Sin Hogar Tarareaba “Amorcito Corazón” Mientras Veía una Guitarra Hasta que Pedro Infante

Había estado casado con Consuelo, su compañera de toda la vida, y juntos habían criado tres hijos que ahora vivían en Guadalajara y Monterrey. La vida de Fortino había sido sencilla, pero plena, construida sobre dos cosas inamovibles, la música y consuelo. En 1949, todo se derrumbó en cuestión de meses.

Consuelo murió de una enfermedad pulmonar a los 58 años después de una agonía larga que Fortino vivió a su lado sin apartarse un día. Cuando ella cerró los ojos por última vez, algo dentro de Fortino se cerró también. La depresión no consumió con una velocidad que nadie supo frenar. Dejó de  tocar, dejó de trabajar, perdió el cuarto de vecindad donde había vivido con consuelo durante 20 años y terminó en la calle sin entender del todo cómo había llegado hasta ahí.

Durante los primeros meses conservó su guitarra, una vieja paracho de madera oscura que había comprado con sus primeros ahorros de músico joven. Dormía abrazado a ese instrumento en portales y bajo puentes, cuidándola más que a sí mismo, porque sin ella sentía que perdería lo último que lo conectaba con Consuelo y con el hombre que había sido. Pero las calles no tienen piedad.

Una noche de diciembre de 1951, alguien le robó la guitarra mientras dormía. Cuando despertó y encontró el zarape vacío, Fortino sintió que le arrancaban algo que no tendría nombre nunca, pero que dolía más que cualquier cosa que hubiera sentido antes. Desde esa noche, hacía ya dos años, no había vuelto a tocar un instrumento real, pero sus manos no lo sabían.

Sus dedos seguían moviéndose solos cada vez que escuchaba música, buscando cuerdas que ya no estaban, ejecutando acordes en el aire con una precisión automática grabada en los huesos por décadas de oficio. La canción que más cantaba era Amorcito Corazón, porque esa canción decía exactamente lo que sentía por consuelo.

Cantarla era su forma de hablar con ella, de decirle que seguía ahí, que no la había olvidado. Esta tarde del 12 de febrero había caminado desde Bellas Artes hasta la avenida Madero buscando una esquina donde pedir limosna. Cuando vio la guitarra española en la vitrina de la lira dorada, se detuvo como si una mano invisible lo agarrara del hombro.

Se acercó al vidrio y se quedó ahí con la frente casi pegada al cristal, mirando ese instrumento con una mezcla de amor y dolor tan intensa que las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro sin que pudiera detenerlas. Sin darse cuenta comenzó a tararear. Sus manos se elevaron solas y empezaron a moverse en el aire tocando acordes invisibles.

Estaba tan dentro de su propio mundo que no escuchó los pasos que se detuvieron detrás de él. No sintió la presencia de alguien observándolo en silencio. No tenía idea de que Pedro Infante estaba parado a menos de 2 met escuchando cada nota con los ojos húmedos. Pedro Infante tosió levemente y Fortino se giró de golpe con los ojos abiertos de miedo, dando un paso hacia atrás con las manos levantadas en ese gesto automático de quien lleva años siendo expulsado de todos lados.

“Perdón, señor, ya me voy”, dijo con voz temblorosa. No estaba haciendo nada malo, solo miraba el aparador. Pedro Infante levantó las manos con calma. Tranquilo, amigo, no lo estoy corriendo. Me detuve porque quería decirle que canta usted muy bonito. Amorcito corazón suena diferente cuando la canta a alguien que de verdad la siente.

Fortino lo miró con la desconfianza profunda de quien ha aprendido que la amabilidad de los extraños casi siempre tiene un precio. Estudió al hombre frente a él, la gorra calada, los lentes oscuros,  la ropa sencilla y no encontró burla ni amenaza. solo una atención genuina que Fortino no había recibido de nadie en más tiempo del que podía recordar.

Pedro Infante señaló las manos de Fortino que todavía flotaban levemente en el aire a la altura de una guitarra imaginaria. “¿Usted toca guitarra?”, preguntó. Fortino. Bajó las manos avergonzado. Tocaba. hace mucho, cuando todavía tenía una guitarra y una vida que valía algo, Pedro Infante sintió algo moverse dentro de su pecho y preguntó suavemente, “¿Qué pasó?” Nadie le había hecho esa pregunta en 4 años.

La pregunta era tan simple y tan inesperada que por un momento Fortino no supo qué hacer con ella. Luego las palabras comenzaron a salir solas. Mi esposa murió hace 4 años. Se llamaba Consuelo y era todo lo que yo tenía. Cuando ella se fue, me caí por dentro de una forma que no supe parar. Perdí el trabajo, perdí el cuarto, perdí el contacto con mis hijos.

Terminé en la calle. Tuve mi guitarra dos años más, pero me la robaron una noche mientras dormía. Desde entonces solo toco en el aire, pero no puedo evitarlo. Las manos se mueven solas. Hizo una pausa y miró la guitarra en la vitrina. La única razón por la que sigo aquí es la música, especialmente esa canción. Amorcito corazón era nuestra canción mía y de consuelo.

Cantarla es lo único que me hace sentir que ella todavía está cerca. Pedro Infante escuchó cada palabra sin interrumpir. Cuando Fortino terminó, se quitó lentamente los lentes oscuros y la gorra. ¿Cómo se llama usted, amigo?, preguntó Fortino Ramírez, 63 años, cuatro en la calle. El hombre extendió la mano y cuando Fortino la estrechó con timidez, dijo con una sonrisa sencilla.

Mucho gusto, don  Fortino. Yo me llamo Pedro. Pedro Infante. El mundo de Fortino se detuvo en esa fracción de segundo. Sus ojos recorrieron ese rostro una vez, luego otra, conectando los rasgos con la imagen de carteles de cine y páginas de revista. La mandíbula fuerte, los ojos vivos, la sonrisa que era imposible falsificar.

No puede ser”, susurró con la voz completamente rota.  “Usted es Pedro Infante, el que canta Amorcito Corazón. El  mismo, respondió Pedro Infante. Llevo un rato escuchándolo cantar mi canción, don Fortino, y le juro que nunca la había escuchado cantada con tanta verdad. Fortino comenzó a llorar sin poder controlarlo.

No era solo tristeza, era el llanto de alguien que lleva años siendo invisible para el mundo entero y de repente el universo le manda una señal tan grande e inesperada que el cuerpo no sabe cómo procesarla de otra forma. Pedro Infante puso una mano firme en su hombro y lo miró directo a los ojos.

Don Fortino, usted no es invisible. Cualquier hombre que ha perdido todo lo que amaba y todavía encuentra fuerzas para cantar en la calle tiene más valor del que usted mismo se imagina. Hizo una pausa breve. Ahora vamos a entrar a esa tienda y voy a comprarle esa guitarra que lleva rato mirando.

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