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Lucía Bosé: Tuvo un Romance SECRETO con CAMILO SESTO… Y casi va a la CARCEL por PICASSO…

 Una mujer que vivió literalmente en el cruce de todos los grandes nombres del siglo XX y a la que casi nadie le ha dedicado hasta hoy el documental que de verdad merece Quédate hasta el final. Porque la historia de Lucía Bosé no es la historia de las mujeres que rodearon a los hombres famosos de su vida, es la historia de cómo después de todo terminó siendo ella la única protagonista que nadie pudo borrar.

 Si crees que una mujer que vivió todo esto merece por fin ser recordada por su propia historia y no por la de los hombres que pasaron por su vida, suscríbete. Y si no estás de acuerdo, si crees que esto es solo otra mujer que vivió a la sombra de hombres famosos, suscríbete también porque vamos a seguir trayendo historias como esta que el resto de los canales no se atreven a contar completas.

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 Para entender cómo Lucía Bosé llegó a ese altar de Las Vegas, hay que retroceder casi 20 años hasta una pastelería de Milán. Nace el 28 de enero de 1931 con el nombre de Lucía Borloni, hija de Doménico Borloni, y Francesca Bosé en una familia de clase trabajadora con dos hermanos, Aldo y Giovanni. Milán, en esos años es una ciudad que vive bajo la sombra del fascismo de Mussolini y que pronto será golpeada por los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial.

 No hay glamur infancia. Antes de cumplir los 15 años, Lucía ya trabaja, primero como mensajera de un despacho de abogados y después como dependienta en la pasticería Gali, una de las pastelerías más finas de Milán, vendiendo marrons glacés detrás de un mostrador. Pero Italia en la posguerra necesita un símbolo.

 El país sale de la guerra devastado con ciudades enteras en ruinas, una economía colapsada y una identidad nacional manchada por dos décadas de fascismo y una derrota militar humillante. Necesita demostrarle al mundo y demostrarse a sí misma que puede reconstruirse, que puede volver a ser moderna y bella después de la devastación.

 En 1946 nace para eso el concurso Miss Italia, una vitrina para esa nueva imagen nacional. Una Italia joven, optimista, capaz de competir de nuevo en términos de glamur internacional frente a potencias como Estados Unidos o Francia. Y en 1947, con apenas 16 años, la dependienta de la pastelería se presenta a la segunda edición del certamen y gana, dejando atrás a competidoras que como ella también acabarían siendo estrellas del cine italiano, entre ellas una jovencísima Gina Loyo Brigida.

 Ella misma contaría después en distintas entrevistas una versión de cómo el mundo del cine la encontró. El director Luchino Visconti, que tenía debilidad por los dulces de Galli, repara en la joven detrás del mostrador y le dice que tiene cara de cine. No hay cartas ni contratos que prueben ese instante exacto, pero la anécdota se repite tantas veces con tanta coherencia que se ha convertido en la versión aceptada de su origen.

 Lo que sí es un hecho documentado, es lo que vino después. El triunfo en Miss Italia la coloca de inmediato en el radar de los cineastas que estaban inventando. En ese momento, una nueva forma de hacer cine. La adolescente, que apenas unos meses antes envolvía marrons glacés en papel de regalo, se encuentra de pronto en portadas de revistas, fotografiada con la banda del certamen, convertida sin haberlo buscado en la imagen pública de toda una generación de italianas que querían dejar atrás los años de la guerra.

Italia atravesaba el nacimiento del neorrealismo. Directores como Visconti, Antonioni y Giuseppe de Santis querían filmar la realidad social de la posguerra con actores que parecieran sacados de la calle, no de un estudio de Hollywood. Y ahí estaba Lucía, una chica de pastelería, sin formación actoral, con una belleza que no necesitaba maquillaje para parecer real.

 Su primer papel frente a una cámara llega en 1948 en un pequeño cortometraje de Dino Risi sobre las cinco jornadas de Milán con el propio Visconti como asesor artístico del proyecto. Encajaba perfecto. Ganar un concurso de belleza no la convirtió en actriz, la convirtió en una promesa. Pero esa promesa estaba a punto de cruzarse con uno de los cineastas más exigentes de toda Europa, un hombre que iba a convertirla en apenas 3 años en la cara de un cine que cambiaría la forma de contar historias para siempre.

En 1950, Lucía Bosé tiene 19 años y ya está rodando con dos de los directores más importantes de Italia al mismo tiempo, con Guuseppe de Santis, filma Non se cche traliulibi, donde interpreta a una pastora de la región de la cosiaría junto a actores ya consagrados como Raf Ballone.

 Pero la película que de verdad la consagra es Cronaca Diamore, la ópera prima de un joven director llamado Michelangelo Antonioni. En ella interpreta a Paola Molón, una mujer de la alta burguesía milanesa, cuyo marido, sospechando de su pasado, contrata a un detective privado para investigarla. La pesquisa termina reabriendo una vieja herida.

 Años atrás, antes de su matrimonio, Paola y su entonces novio estuvieron implicados en la muerte ambigua de otra mujer. Y la investigación del detective reaviva esa antigua pasión entre los dos, empujándolos incluso a considerar deshacerse del marido actual. Es un personaje atrapado entre el deseo y las apariencias en una historia que analiza con detalle casi quirúrgico los secretos y las dobles vidas de la clase alta italiana.

 Antonioni vuelve a llamarla en 1953 para la señora Sensa Camelie, donde interpreta a una empleada que se convierte en actriz. Se hace famosa de la noche a la mañana y después sufre un doble fracaso sentimental y profesional. Es casi un guion que anticipa sin que nadie lo note todavía, ciertos giros de su propia vida. La prensa empieza a hablar de ella como una verdadera diva, no por sus escándalos, sino por su capacidad de encarnar a mujeres complejas, moralmente ambiguas, muy lejos de la dependienta de pastelería que había sido apenas 3 años antes. Las

revistas de cine italianas de la época, ávidas de nuevos rostros tras los años de censura fascista, la presentan como la prueba viviente de que el nuevo cine podía competir con el glamur de Hollywood sin necesidad de estudios ni de maquillaje excesivo. Bastaba con encontrar, como había hecho Visconti, una cara real con una historia real detrás.

 En esos mismos años protagoniza también comedias de gran éxito de taquilla como Parigi Parigi y Lerragatze di Piazza de España del director Luciano Emeran de consolidar su imagen como una de las actrices de mayor prestigio del cine italiano de posguerra. En paralelo, su vida sentimental también se mueve dentro del mismo círculo de cine italiano.

 Se le relaciona con el actor y cómico Walter Chiari, con quien mantiene un largo noviazgo y comparte reparto en varias comedias ligeras de la época. Es, hasta donde se sabe, su único novio formal antes de conocer al hombre que cambiaría el rumbo entero de su vida. Curiosamente, décadas después, ya en plena madurez, Lucía relativizaría esa relación en una entrevista en la televisión italiana, asegurando que en realidad nunca estuvo enamorada de Walter Chiari, lo que sugiere que incluso sus romances de juventud fueron para ella mucho menos definitivos de lo

que la prensa de la época quiso retratar. Pero ese mismo talento que la consagra en Italia es justo lo que la lleva a España. En 1955, el director Juan Antonio Bardem la convoca para protagonizar Muerte de un ciclista, donde interpreta a María José de Castro, una mujer de la burguesía franquista, casada con un poderoso empresario que mantiene una relación adúltera y que, tras atropellar accidentalmente a un ciclista en una carretera desierta, decide junto a su amante abandonarlo por miedo a que su relación salga a la luz. Bardén

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