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EDSON ÁLVAREZ: CONFESÓ LLORANDO EL CALVARIO QUE SUFRIÓ PARA SER EL CAPITÁN DEL TRI

EDSON ÁLVAREZ: CONFESÓ LLORANDO EL CALVARIO QUE SUFRIÓ PARA SER EL CAPITÁN DEL TRI

El mejor mediocampista de México, segunda transferencia más cara del fútbol mexicano, capitán del tri en el mundial de su propio país. Ese mismo hombre destrozado en el barrio más peligroso de México, siendo parte de un grupo del barrio donde le pegaron y le rompieron el brazo por envidia, y a los 14 estuvo a punto de morir en un motel de Pachuca.

Hoy vas a saber el calvario que sufrió Edson Álvarez para llegar a ser el capitán del tri. ¿Qué le hicieron los niños de Pachuca que lo hundió? Y lo más oscuro, lo que su propio padre Evaristo tuvo que hacer para que Edson pudiera jugar al fútbol. Su nombre es Edson Omar Álvarez Velázquez, el barrio de Tlalnepantla lo conocía como el chaparro del taller y la oscura verdad sobre por qué el capitán del Tri estuvo a punto de rendirse a los 14 años en un motel de carretera.

¿Y por qué su propio padre tuvo que empeñar el reloj de bodas para salvarlo? La han ocultado hasta hoy. Pero antes de llegar al motel de Pachuca, donde el niño Edson vivió la noche más oscura de toda su vida, hay algo que tienes que entender. ¿Porque Edson Álvarez no cargó ese calvario porque él quisiera? Tlalnepantla lo obligó y todo empezó dentro de la colonia San Rafael, una de las zonas más violentas del municipio de Tlalnepantla de Bas en el Estado de México.

un lugar donde el 84% de las familias vivían por debajo de la línea de pobreza durante los años 2007 y 2008 con tres bandas juveniles activas dentro de un radio de cuatro cuadras y donde las madres advertían a los hijos que no jugaran en el llano polvoriento después de las 7 de la tarde dentro de ese barrio, en una casa pegada al taller de costura industrial de la calle Sauce número 127, vivía la familia Velázquez.

El padre se llamaba Evaristo Álvarez Muñoz. Había jugado en segunda división mexicana durante seis temporadas con el equipo Correcaminos de Tampico, sin jamás firmar el ascenso a primera división. regresó a Tlal Nepantla en 1995 con una lesión crónica en la rodilla derecha, $2,500 ahorrados y la ilusión rota de un joven futbolista mexicano frustrado.

Con esos $2,500 abrió el taller familiar de la calle Sauce, un taller de uniformes deportivos para los equipos amateur del municipio. La madre se llamaba Adriana Velázquez Rosales. Cosía dentro del taller familiar 12 horas diarias. De las 7 de la mañana a las 7 de la noche, 6 días a la semana.

El hermano mayor se llamaba Cristian Álvarez Velázquez. Tenía 4 años más que Edson. Era el favorito del padre. Jugaba en las fuerzas básicas del club Nesa 90 desde los 8 años. Prometía ser el primer Álvarez en llegar a primera división. Edson era el segundón, el que sobraba dentro del cuarto compartido con el hermano mayor, mientras el padre entrenaba a Cristian dentro del patio trasero de la casa.

Salía todas las tardes a jugar solo al llano polvoriento de la esquina de Sauce con Fresno. Guarda esta imagen. Dos hermanos, un padre frustrado por dentro y una madre cosiendo uniformes 12 horas al día. Porque 14 años después, esa misma imagen iba a explotar de la manera más oscura imaginable dentro de una habitación de motel de carretera en Pachuca.

Edson Omar Álvarez Velázquez nació el 24 de octubre de 1997 dentro del hospital municipal de Tlalnepantla. Pesó 3, con 200 g. A los 6 años, la maestra de la escuela primaria pública del barrio detectó algo. Una tarde de octubre del año 2003, dentro del patio del recreo, Edson jugó con la pelota de plástico color naranja durante 22 minutos seguidos, sin dejarla caer una sola vez, ni siquiera con el pie izquierdo, ni siquiera con la cabeza.

La maestra llamó al padre Evaristo al taller de la calle Sauce esa misma tarde. Le dijo cinco palabras exactas. Las cinco palabras decían, “Su hijo tiene algo especial.” Pero el padre Evaristo Álvarez no fue a ver a la maestra esa tarde. Estaba entrenando al hermano mayor Cristian dentro del patio trasero.

Y esa noche, cuando el niño Edson le contó a la madre Adriana lo que la maestra había dicho, el padre entró a la cocina y respondió con cuatro palabras al niño. Las cuatro palabras decían, “Tu hermano es primero.” Esa frase, “Tu hermano es primero,” se repitió dentro de la casa familiar de la calle Sauce durante los siguientes 4 años de la vida del niño Edson.

“¿Te has preguntado alguna vez qué siente un niño de 7 años cuando el propio padre le repite todos los días que el hermano mayor es primero?” Lo que Edson sintió durante esos 4 años. La madre Adriana Velázquez lo notó y una tarde de febrero del año 2007 tomó una decisión silenciosa que iba a marcar para siempre la vida de la familia.

La madre Adriana decidió llevar al niño Edson a escondidas del padre a las pruebas de fuerzas básicas del club América dentro de las instalaciones de COAPA. Un miércoles por la tarde, sin decirle nada al padre ni al hermano Cristian, subieron al metro de Tlalnepantla a las 11:14 minutos de la mañana. Cambiaron tres veces de línea.

Llegaron a Coapa a las 2 de la tarde y el niño Edson, con 9 años recién cumplidos, pisó por primera vez el pasto sintético de la cancha auxiliar del club América. La prueba duró 72 minutos. Al terminar, el entrenador de fuerzas básicas del club América, don Ignacio Vázquez Reyes, caminó hacia la madre Adriana. Le dijo siete palabras.

Las siete palabras decían, “Quiero ver a este niño la próxima semana.” Y desde ese miércoles de febrero del año 2007, la vida del niño Edson cambió para siempre. La madre Adriana no tenía dinero para inscribirlo dentro del programa de fuerzas básicas. Cambió porque el padre Evaristo tres días después se enteró por accidente de la prueba cuando encontró dentro del bolsillo del pantalón de mezclilla de la madre el boleto usado del metro.

Guarda ese boleto de metro porque 3 años después el niño Edson iba a vivir la noche más peligrosa de toda su infancia dentro del mismo metro de Tlalnepantla. Vamos a volver a ese boleto. La discusión entre el padre Evaristo y la madre Adriana esa noche dentro de la cocina duró 44 minutos y al terminar el padre entró al cuarto de los dos hermanos, miró al hijo menor y le dijo cuatro palabras que iban a cambiar para siempre la relación entre padre e hijo.

Las cuatro palabras decían, “Entrenamos mañana los tres.” Desde el 4 de febrero del año 2007, el padre Evaristo empezó a entrenar a los dos hijos dentro del patio trasero, pero de manera distinta. Al hermano Cristian le enseñaba técnica avanzada. Al hijo menor Edson le hacía correr con una mochila cargada de ladrillos alrededor del patio durante 40 minutos seguidos y le repetía con la misma frase de siempre, ocho palabras.

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