No lo mataron en medio de una pelea. No hubo gritos, no hubo forcejeo, no hubo ninguna señal de que algo estaba saliendo mal. Según la reconstrucción que hoy sostiene la acusación, Fernando Pérez Algava recibió dos disparos por la espalda mientras cambiaba unas lamparitas. Pero lo más perturbador de este caso no es el crimen en sí, es lo que pasó antes, porque antes de que Fernando Pérez Salgaba pusiera un pie en ese campo, alguien le había construido una trampa con papel membretado, sello notarial y firma de escrib. una trampa
legal, una trampa que se veía exactamente como la solución que él había cruzado a buscar y funcionó perfectamente. Era domingo 23 de julio de 2023. Ingeniero Budge G. Partido de Lomas de Zamora, un barrio casi detenido al sur del conurbano bonaerense. El tipo de lugar donde las tardes de domingo se parecen todas, chicos jugando en la calle, el ruido lejano de algún partido, el arroyo del rey corriendo marrón y lento por el costado del barrio.
Un grupo de chicos jugaba al fútbol cuando la pelota se fue hacia el agua. Uno bajó a buscarla. Ahí vio la valija roja semiundida en el barro, demasiado pesada para estar ahí tirada. La abrió. Adentro había restos humanos, extremidades, tatuajes que todavía se podían leer en la piel. El chico salió corriendo. Minutos después llegó la policía de la comisaría décimo de Lomas de Zamora.
Confirmaron lo que era evidente: Restos humanos, una pulsera negra, un anillo oscuro y algo que no tenía ningún sentido. El DNI estaba ahí adentro de la valija, como si alguien hubiera querido ocultar todo, menos quién era la persona. Al día siguiente, mientras hacían tareas de drenaje en el arroyo, aparecieron más restos.
El cuerpo, dos impactos de bala en la espalda. Dos días después, evidencia forense adicional. Dentro de una mochila negra, en el mismo arroollo, todo en el mismo lugar. La identificación llegó por las huellas digitales y por los tatuajes. El martes 25 de julio, la Superintendencia de Policía Científica de la Bonaerense confirmó la identidad.
Fernando Alejandro Pérez Algaba, 41 años, empresario, conocido por todos con el mismo apodo desde que tenía memoria, lechuga. Había llegado al país hacía 11 días desde Barcelona y tenía pasaje de vuelta para el 19, es decir, el mismo día en que lo mataron. estaba a horas de irse. No llegó al aeropuerto. Para entender por qué Fernando Pérez Salgava cruzó el Atlántico a cobrar una deuda.
Hay que entender quién era él antes de que la deuda existiera. Fernando creció en el conurbano bonaerense. No en una familia con dinero, no con redes de contacto, no con ningún trampolín que lo pusiera adelante. En una entrevista que dio años después, en ámbito financiero, lo contó él mismo sin adornos.
Comencé a trabajar a los 14 años. Me inicié con una bicicleta y una caja y empecé a vender sándwiches en las remiserías. Dos años después fui repartidor de pizzas con una motito. Después trabajé en los comercios del barrio donde vivía, de heladero, en restaurantes y pizzerías. Una bicicleta, una caja no es el perfil de alguien que hereda, es el perfil de alguien que construye. Y Fernando construyó.

Con el tiempo y con los años fue armando algo que en las redes sociales parecía sólido. Venta de autos de alta gama, alquiler de vehículos en Miami, motos de agua, operaciones de trading en criptomonedas. Fundó su propia compañía en Florida. Enjoy Rental Car. Tuvo oficinas en Puerto Madero con más de 25 empleados. Fue piloto de TC Regional.
Vivió entre Miami y Barcelona. Su Instagram acumuló más de 900,000 seguidores. Posteaba desdepartamentos frente al mar, desde fiestas en la costa, desde el cockpit de autos que la mayoría de la gente solo ve en vidrieras. Frases como, “La vida no te debe nada y dime de qué alardeas y te diré de qué careces.
” El tipo de perfil que construye una imagen y la sostiene con consistencia. Pero adentro de esa imagen había algo que no se veía en las fotos. Los negocios no iban bien. La empresa de Miami había cerrado. El trading en criptomonedas había dejado deudas. Tenía nivel cinco en la central de deudores del sistema financiero argentino.
La categoría que se llama irrecuperable había sido denunciado por estafa. Sus acreedores lo perseguían en tribunales. Había cheques sin fondo. Había amenazas. En una serie de audios que circularon en los primeros días de la investigación, ese hombre proferías amenazas graves contra Fernando. Ese audio llegó a los medios antes que a la fiscalía.
Alguien lo filtró deliberadamente en los primeros días, cuando todavía no se sabía quién había matado a Fernando. Lo filtraron para que los investigadores miraran para ese lado. Funcionó durante exactamente el tiempo que el fiscal Marcelo Domínguez tardó en descubrir que el Barrabraba tenía coartada, que no era él y que alguien muy cercano a Fernando había querido que pareciera que sí.
Esa persona era alguien que Fernando llamaba amigo, que Fernando llamaba socio, que Fernando había confiado lo suficiente como para prestarle 150,000. El nombre era Maximiliano Pilepich, 46 años. Tenía un emprendimiento inmobiliario en General Rodríguez llamado Renacer y tenía una deuda con Fernando Pérez Algaba, que había empezado como un acuerdo entre socios y había crecido hasta los $50,000.
Estamos en el predio Renacer en la zona de Avenida de las Américas y Ruta 6, donde todo empezó. ¿Por qué digo esto? Porque miren, a metro donde yo estoy trabajando hay una especie de gasebo. En ese lugar, en ese lugar estuvieron sentados negociando una deuda que tenían por unos departamentos.
El otro nombre era Nahuel Vargas, 45 años, también socio en ese proyecto inmobiliario, también parte de la deuda. Fernando había invertido en renacer, había prestado plata y llevaba meses tratando de recuperarla. No llegaba. Las respuestas llegaban tarde. O llegaban con excusas o directamente no llegaban. Los mensajes se respondían a medias, las reuniones se postergaban y la plata nunca aparecía.
El deudor le dijo, “Mira, la plata la tengo.” Pero después no la tuvo. Lo que Fernando no sabía o no quería terminar de creer es que la dinámica ya había cambiado, porque según la reconstrucción judicial, en algún punto de esa historia, la deuda había dejado de ser una obligación que Pilepic y Vargas tenían intención de cumplir.
Había pasado a ser un problema y los problemas tienen una forma muy distinta de resolverse. La decisión, según sostiene la investigación, ya estaba tomada antes de que Fernando comprara el pasaje de vuelta a la Argentina. Entonces, Fernando Pérez Algaba con Vargas vinieron a este lugar, se sentaron aquí a esperarlo a Pilepic, pero Algaba nunca se imaginó que acá empezaba a escribirse su sentencia de muerte.
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La pregunta no era si iban a pagarle, la pregunta era cómo iban a manejarlo cuando llegara a cobrar. Entonces apareció ella, Flavia Lorena Bombrad, 38 años, pareja de Pile Peach y escriba, lo que Bombrad habría hecho. De acuerdo con la acusación fue esto, organizar una reunión en la escrivanía hace rato en Castelar, una reunión formal con documentos, con sellos con todas las formalidades de un acto jurídico válido.
Fernando se sentó frente a un reconocimiento de deuda firmado y certificado con terrenos del proyecto Renacer como garantía. Todo en regla, todo verificable, todo exactamente lo que Farmando había estado esperando meses. Antes del viaje hubo gente cercana que le dijo que tuviera cuidado, que no fuera solo, que la situación con Pile Peach olía mal, pero Fernando tenía papeles en la mano por primera vez.
En meses la deuda estaba reconocida, la garantía estaba documentada, la solución parecía real, así que cruzó el Atlántico. La firma se hizo el 17 de julio, sin inconvenientes, cordial, tranquila, como si todo estuviera encaminado. Después vino la invitación al predio de General Rodríguez que vaya a ver los terrenos que figuraban como garantía, que cierren el acuerdo, una visita de trámite y Fernando fue a las 6 de la tarde del 18 de julio.
El celular de Fernando se activó por última vez. mandó un mensaje a un testigo con identidad reservada. Cuatro palabras. Maxi me estafó. Estoy yendo para el campo. Eso fue todo. El celular nunca volvió a encenderse. Cada caso de este canal implica semanas revisando archivos, verificando fechas y reconstruyendo historias que el tiempo intentó borrar.
Si valoras ese trabajo, un like y una suscripción ayudan muchísimo, porque todavía falta la parte más increíble de esta historia. El establecimiento Renacer estaba en General Rodríguez, un campo, una construcción, un lugar donde la única gente que había era la que ellos habían convocado. Según la reconstrucción de la fiscalía, Fernando fue recibido ahí sin sospechas.
Entró solo, sin saber, según sostiene la acusación, que varias de las personas presentes ya conocían el plan que la fiscalía reconstruiría después. Había una tarea de mantenimiento menor, cambiar unas lamparitas. Fernando se dio vuelta para hacerlo. Dos disparos por la espalda. sin reacción, sin oportunidad, exactamente como dicen los informes periciales, estaba en estado de indefensión total.
Lo que vino después requirió organización. No fue un crimen de impulso, fue un crimen con logística. Carrizo, Contreras y Gil, según la acusación, se encargaron del manejo, traslado y disposición de los restos. Una valija roja, una mochila negra, todo llevado al arroyo del rey. El comisario Horacio Córdoba de la policía de la ciudad había aportado un teléfono oficial de la fuerza para que Pilepich pudiera coordinar sin dejar rastro en su propio celular.
El campo fue demolido después. La construcción donde había ocurrido el crimen fue tirada abajo para eliminar evidencia. Lo que no pudieron eliminar estaba en otra parte. Para el abogado Javier Baños, representante legal de la familia de Fernando, los responsables cometieron al menos cuatro errores y el primero fue uno que no podían haber previsto.
El primer error fue el factor de temperatura mediática. Nadie calculó que un grupo de chicos jugando a la pelota iba a abrir esa valija y que en 48 horas el caso iba a estar en todos los informativos del país, que la cuenta de Instagram de Fernando iba a pasar de golpe a 900,000 seguidores con miles de personas haciendo sus propias investigaciones en los comentarios, que el calor público iba a presionar a la investigación a moverse rápido.
El segundo error fue el DNI, dejar los documentos de identidad de Fernando junto con los restos. En una misma lectura se podría interpretar como descuido, en otra como alguien que actuó rápido y mal. De cualquier manera, la identificación llegó en días, no en semanas. El tercer error fue más grave. Los teléfonos de cada persona involucrada registraban ubicaciones, movimientos, horarios, mensajes.
El celular de Fernando dejó rastro de su último movimiento hacia General Rodríguez. Los teléfonos de los imputados dejaron rastro de donde estaban esa noche. El teléfono oficial que Córdoba le había prestado a Pile Peach para no dejar rastro dejó rastro. El cuarto error fue la Range Rover, una camioneta Range Rover Evoque que Fernando había retenido como garantía de la deuda fue filmada por cámaras de seguridad en lugares y horarios que no coincidían con ninguna coartada.
Apareció donde no debía aparecer. A la hora en que no debía aparecer, la investigación también tuvo un intento de maniobra de distracción. Los audios del Barrabrada de Boca circularon en los primeros días como si fueran una pista. Vos tenés que cobrar lo que tenés que cobrar que tu plata y Vos no vas a disponer de mi vida, ni de mi mano, ni de mis pies.

Si me seguí jodiendo que voy a mandar rencana, boludo. No me romp los huevos. Escuchaste a cruzar eh minutos. Cruzame, matame. Pero matame. 5 minutos. Eh, eh. El qué? Matame cuando me vengas a buscar. Matame. No me dej vivo. Piña, boludo. No, piñas no. Matame. Eu, matame. Si vos sos cobarde, boludo. Te fuiste afuera por cobarde.
¿Por qué te escapas, cobarde? Yo no me escapo. Si yo estoy acá. Te pagué los 15 años que te pagué. No decí nada. Porque te van a Pero escucha, los 15 años que te pagué no decís nada. Para me caigo. Gordo, no me importa. No te conozco a ningún lado. Vos gordo. ¿Cómo no me conocé auto durante 15 años? A mí, mira la gente, yo que soy Dios, la gente se lleva por lo que digo yo.
Y no, pero bueno, viste, prueba, boludo. ¿Sabes qu pasa? Barra de boca, barra de boca. Te tienen miedo. Como te tienen miedo, te chupan el boludo. Es así. No, no, no, no confundas el medio el miedo con respeto. El fiscal los descartó rápido y volvió a los datos duros. Uno por uno empezaron a caer.
Pile Peach fue encontrado en una vivienda en Paso del Rey el 16 de agosto, después de semanas como prófugo. Vargas fue detenido. Bonbrad fue detenida, Carrizo, Contreras, Yil, Córdoba. En total, ocho personas en el banquillo. El plan se desarmó no porque la investigación fuera brillante de manera extraordinaria, se desarmó porque ellos creyeron que podía no fallar.
El 22 de abril de 2025, casi 2 años después del crimen, se abrió el juicio oral en el tribunal oral en lo criminal número 9 de Lomas de Zamora. Ocho personas en el banquillo. Maximiliano Pilepich y Nawuel Vargas, los principales acusados, homicidio triplemente agravado por alevoscía, por codicia y por ser cometido por el concurso premeditado de varias personas con uso de arma de fuego.
La pena que pide la fiscalía es prisión perpetua. Flavia Lorena Bombrad, Horacio Córdoba. Luis Contreras, Matías Hill y Fernando Carrizo, también acusados de homicidio agravado en distintos grados de participación. Blanca Gladis Cristaldo, encubrimiento agravado por haber escondido a Pilepich durante su fuga. Pile Peach y Vargas serán juzgados por Jurado Popular, Matías Hill también.
El resto ante Tribunal Técnico, cinco de los ocho imputados pidieron juicio abreviado y cambio de calificación a encubrimiento. Esos pedidos están siendo evaluados. En el banquillo, la estrategia de la defensa de Pilepunta a generar dudas razonables. Pile Peach culpa a Vargas. Vargas culpa a Pile Peach. Lo que la acusación presenta es esto.
Registros de celular, cámaras de seguridad, el testimonio del testigo reservado que recibió el último mensaje de Fernando y la reconstrucción forense del predio de General Rodríguez. Las defensas rechazan esas acusaciones. Los imputados conservan presunción de inocencia. El tribunal no ha emitido veredicto. La justicia todavía está decidiendo.
El veredicto al momento de este video no existe. Pero lo que sí existe es el expediente. Y el expediente describe algo muy específico, que la herramienta central de la operación no fue la violencia, fue la credibilidad, un documento firmado, una escribana, un acto notarial, todo montado para que Fernando creyera que estaba cerrando un negocio, no caminando hacia una trampa.
La confianza, según sostiene la acusación, fue el mecanismo. El resto fue consecuencia. El hermano de Fernando, Rodolfo Pérez Algaba, sigue el proceso con su abogado querellante. Está esperando un veredicto. Fernando Pérez Algaba tenía 41 años. Había arrancado a los 14 con una bicicleta y una caja vendiendo sándwiches en remiserías.
Había construido empresas en tres países. Había vivido en Miami, en Barcelona. Había acumulado casi un millón de seguidores. Había llegado muy lejos desde donde empezó. Volvió a la Argentina para cobrar lo que era suyo. Tenía los papeles, tenía la garantía, tenía una firma de escrib, tenía todo lo que uno necesita para sentir que está seguro.
A las 6 de la tarde del 18 de julio, mandó el último mensaje de su vida. Maxi me estafó. Estoy yendo para el campo. Esa frase lo dice todo y no dice nada. La dice alguien que todavía cree que puede resolverlo, que está molesto, que está en guardia, pero que sigue yendo, que confía en que el papel que firmó vale algo, que confía en que el acuerdo es real.
Lo que Fernando no supo nunca es que esa confianza era el arma que le habían construido, especialmente para él. Una trampa que no funcionó a pesar del papel membretado. No fue una emboscada en una esquina oscura. Fue una operación de credibilidad diseñada con tiempo, con paciencia, con el conocimiento exacto de lo que Fernando necesitaba ver para bajar la guardia.
Y eso es lo más perturbador de todo. No el crimen en sí, no la valija en el arroyo. El hecho de que el arma más eficaz que usaron contra él no fue una pistola, fue hacerlo sentir que estaba cerrando un negocio. Antes de que te vayas, quiero dejarte con dos preguntas. Primera, Fernando tuvo personas a su alrededor que le dijeron que tuviera cuidado, que no fuera solo, que la situación no era de fiar, él igual fue.
¿Qué tiene que pasar para que alguien ignore esas señales? La confianza, la necesidad de recuperar lo suyo. Segunda, el plan que construyeron Pile Peach, Vargas y Bonbrad involucró documentos legales, una escribana, un acto notarial. Según la acusación, utilizaron documentos legales y mecanismos formales para construir una sensación de confianza.
¿Qué dice eso sobre los instrumentos en los que se supone que podemos confiar? Deja tu respuesta abajo si este canal hace bien el trabajo de contar estos casos. Ya sabes cómo ayudarnos a seguir.
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