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40 Años Humillada delante de España Entera, Siempre Sola y Nadie le Preguntó Cómo Estabaq

40 Años Humillada delante de España Entera, Siempre Sola y Nadie le Preguntó Cómo Estaba

Hay una imagen que España ha visto mil veces y que nunca ha querido mirar de verdad. Es cualquier acto oficial de los años 80 o90. Juan Carlos y Sofía juntos en la tribuna, él saludando a alguien, ella ligeramente detrás, ligeramente a un lado, con esa sonrisa que los expertos en protocolo describen como perfecta y que los expertos en seres humanos describen como la sonrisa de alguien que ha aprendido a estar presente sin estar.

 Juan Carlos se mueve. se inclina, habla con alguien que le parece interesante y entonces hay un momento, un segundo que las cámaras capturaron muchas veces sin saber que estaban capturando algo importante en que Sofía se acerca ligeramente hacia él y Juan Carlos, sin volverse, sin mirarla, con el gesto automático de alguien que ni siquiera es consciente de lo que hace, da un pequeño paso a un lado.

 No la empuja, no la mira con desprecio, simplemente se corre como quien se corre de algo que está demasiado cerca. Eso es todo. Un paso, un centímetro, la distancia más corta entre dos personas que han dormido en habitaciones separadas durante 40 años. Y Sofía se queda donde está. La sonrisa no cambia, la postura no cambia. La reina de España ha recibido ese mensaje invisible mil veces y cada vez la [música] respuesta es la misma.

 Quedarse donde está con la dignidad específica de quien ha decidido que el cargo importa más que el dolor. Esta es la historia de esa mujer, no la historia oficial que la casa real aprueba, la historia real, la que empieza en Atenas en 1938 con una madre que fue de las juventudes hitlerianas y que organizó la vida de su hija [música] como se organiza una pieza en un ajedrez dinástico, la que pasa por un noviazgo donde el novio le lanzó el anillo de compromiso por la cabeza diciéndole, “Tómalo por una luna de miel, durante la cual, según la

periodista [música] Pilar, Ya le fue infiel por 40 años de amantes, de desplantes públicos, de gestos de desprecio filmados por cámaras que nadie quería ver, por una suegra que la llamaba hereje, por una nuera que terminó convirtiéndola en invisible y termina en un palacio de la sarzuela, donde Sofía vive sola, sus hijos gobernando sin necesitarla, su marido en Abu Dhabi gastando [música] el dinero que nadie sabe exactamente de dónde sacó.

 su nieto con nombre de rey que nunca ha necesitado ser presentado a ella en televisión porque ya la conoce y ella mirando por las ventanas de un palacio que es suyo en el sentido en que son suyos los cuadros que cuelgan de las paredes porque están ahí y porque nadie ha venido todavía a llevárselos. Esta es la historia del silencio más caro de la historia de España.

 Porque Sofía eligió el silencio. Lo eligió conscientemente con la claridad fría de quien fue educada desde niña para entender que ciertas cosas no se dicen y que ciertas cosas no se hacen y que el precio de la corona se paga en privado, aunque el privado duela más que cualquier cosa que hubiera [música] podido pasarle en público.

 Y antes de hablar del silencio, hay que hablar de lo que lo hizo posible. Hay que hablar de la mujer que lo diseñó, de la madre que preparó a Sofía para ser reina de una manera tan específica y tan calculada que también la preparó sin querer para soportar exactamente lo que soportaría. Hay que hablar de Federica, de lo que era esa mujer, de dónde venía y de por qué una de las cosas que venía de ella era una conexión con el régimen más criminal del siglo XX, que sus defensores han pasado décadas intentando minimizar, pero que los documentos nunca han terminado de

desmentir completamente. Hay que hablar de la madre nazi de la reina de España. Porque antes de entender por qué Sofía aguantó lo que aguantó, hay que entender a quién obedecía cuando aguantaba. Y la persona a [música] la que obedecía, incluso después de muerta, era una mujer que organizó cruceros por las islas griegas para casar a su hija con un príncipe sin trono que había visto una vez y no le había gustado.

 Y lo que esa mujer dijo cuando su hija quiso irse es lo que define toda la historia que viene después. Quédate. Friderique, Luis, Taira, Victoria, Margarete, Sofio, Olga, Cecile, Isabel, Cristina. Ese era el nombre completo de la madre de la reina Sofía, Federica de Hannover, para los que la conocían. Reina Federica de Grecia para los que la sirvieron y para los que han estudiado su historia, sin la condescendencia que el rango nobiliario suele producir en sus biógrafos.

 Una mujer extraordinariamente compleja, cuya sombra sobre la vida de su hija [música] fue tan larga que en ciertos momentos resulta difícil ver a Sofía sin ver a Federica detrás de ella. Federica nació en 1917 en Blankenberg en el Imperio Alemán. Hija del duque Ernesto Augusto Io de Bronzswick [música] y de Victoria Luisa de Prusia.

 Nieta, por tanto, del Kaiser Guillermo segunda, bisnieta de la reina Victoria de Inglaterra, el tipo de árbol genealógico que en la Europa de principios del siglo XX era simultáneamente un privilegio y una trampa, porque significaba que eras propiedad de las alianzas y las estrategias de las familias que lo componían antes de ser propiedad de ti misma.

 La relación de Federica con el nazismo es una historia que cada biógrafo cuenta de manera diferente según su punto de partida ideológico. Lo que no está en [música] disputa son los hechos básicos. Federica, siendo adolescente, formó parte de la bouncher medel, la sección femenina de las juventudes hitlerianas. En sus memorias lo reconoció, pero lo minimizó.

 Dijo que la habían apuntado obligada. El problema es que la inscripción en esa organización no fue obligatoria [música] hasta 1936 y las fuentes indican que Federica formó parte de ella antes de esa fecha, cuando se le preguntó años después. Su respuesta fue de una franqueza que desarmaba precisamente por ser tan despreocupada.

 Lo dejé porque me aburría las reuniones. No me gusta estar encerrada tantas horas. No me gusta estar encerrada tantas horas. La explicación de una mujer que ha decidido que el nazismo fue principalmente un inconveniente de agenda y luego estaba el detalle del matrimonio que Hitler intentó arreglar. En 1934, el furer se ofreció a mediar para cazar a Federica, entonces de 17 años con el príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII, el que abdicaría 2 [música] años después por amor a Wall Simpson, el que haría su famoso viaje a Alemania para

reunirse con Hitler en 1937. La propuesta fue rechazada por los padres de Federica, no por razones ideológicas, sino por razones prácticas. La diferencia de edad era [música] demasiado grande y la madre de Federica ya había rechazado antes la posibilidad de casar a alguien de su familia con el mismo hombre.

 El hecho de que Hitler se ofreciera como casamentero de la futura madre de la reina de España no es un detalle menor. Dice algo sobre los círculos en que se movía la familia de Federica y sobre la naturaleza de las relaciones entre la aristocracia alemana y el régimen nazi en los años 30. No prueba que Federica fuera una convencida del nazismo, pero tampoco permite el retrato de una joven inocente arrastrada involuntariamente por las circunstancias de la época.

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