Ya había protagonizado Duelo al sol, el juicio de Nuremberg y una docena de películas más. Era una estrella, lo sabía. Y generalmente eso significaba que llegaba al set con una idea muy clara de quién era él y quién era el resto. Pero entonces conoció a Audrey Hebburn. Ella tenía 23 años. Era belga de nacimiento, criada en Holanda durante la ocupación nazi y acababa de llegar a Hollywood después de un pequeño papel en Broadway que había hecho que todos en la industria empezaran a susurrar su nombre.
Era delgada hasta un punto que preocupaba a quienes la conocían, con unos ojos enormes y oscuros que parecían haber visto demasiado para su edad, porque en realidad los habían visto. Durante la Segunda Guerra Mundial, Oudri había pasado hambre. Hambre de verdad, no la hambre metafórica de los que dicen que están a dieta, hambre de no tener que llevarse a la boca durante días.

Eso lo llevaría todo en el cuerpo durante el resto de su vida. Y Gregory Peek lo notó desde el primer día. El primer encuentro entre los dos fue en una prueba de vestuario. Audrey llegó puntual, como siempre haría a lo largo de toda su carrera. Gregory llegó 5 minutos antes, como siempre hacía él. Se dieron la mano, se miraron y algo en esa habitación cambió de temperatura, aunque ninguno de los dos habría sabido explicar exactamente por qué.
Lo que sí quedó registrado en los testimonios de quienes estuvieron presentes que Gregory Pec, después de esa primera conversación con Audrey Hebburn, se acercó al productor de la película y le dijo algo que en ese momento sonó generoso, pero que con el tiempo adquiriría otro significado completamente distinto. Le dijo, “Pongan su nombre antes que el mío en los créditos.
” El productor lo miró sin entender. Gregory Pec era la estrella. Su nombre siempre iba primero, era el protocolo, era el contrato, era la lógica de Hollywood. Pero Gregory insistió. Esta chica va a ganar un Óscar por esta película. Pongan su nombre antes que el mío. Tenía razón. Audre Hebburn ganó el óscar a mejor actriz por vacaciones en Roma y el nombre de Gregory Pec apareció debajo del suyo en los créditos en 1953.
Eso era prácticamente inaudito. Durante el rodaje pasaron semanas juntos. Roma en verano es una ciudad que conspira contra la distancia entre las personas. El calor obliga a acercarse a la sombra. Las noches son largas y cálidas. Las cenas se extienden durante horas y Gregory y Audri se encontraban constantemente entre toma y toma durante los descansos, en los ensayos, en los trayectos en coche entre locaciones.
Hablaban de todo, de la guerra, que para ambos no era historia, sino memoria de sus infancias, tan distintas y tan marcadas por la misma sombra, de lo que significaba estar delante de una cámara y fingir ser alguien más, cuando en realidad eso era lo más honesto que uno podía hacer.
Gregory le contó cosas que no le había contado a mucha gente. Audre lo escuchó con esa atención suya que hacía que uno sintiera que era la única persona en el mundo. Hubo noches, según testimonios de miembros del equipo de rodaje, en las que los dos se quedaban sentados en alguna terraza romana mucho después de que el resto se hubiera ido a dormir hablando, solo hablando, pero con esa intensidad que convierte una conversación en algo que no se olvida.
Lo que Gregory Peeg sintió por Audrey Hebne durante ese verano romano es algo que él nunca describió públicamente con palabras explícitas. Era un hombre de otra época, formado en una tradición donde ciertas cosas no se decían en voz alta. Pero las personas que lo conocían bien, los que trabajaron con él durante décadas, dirían más tarde que nunca lo vieron mirar a nadie de la misma manera en que miraba a Audrey.
El problema era que Gregory Peck estaba casado. Su primera esposa se llamaba Greta Conen. Llevaban juntos desde 1942. Tenían tres hijos y Gregory Pec era, entre otras cosas, un hombre que se tomaba en serio sus responsabilidades. Lo que sentía por Audrey fuera lo que fuera. quedó guardado en algún lugar que él decidió no abrir. El rodaje terminó.
Cada uno volvió a su vida y Roma quedó atrás con todo lo que había pasado y todo lo que no había pasado. Los años 50 avanzaron, Hollywood cambió, el mundo cambió. Gregory Pecció de Greta Conen en 1955 y se casó con Veronique Pasani, una periodista francesa que había entrevistado para un artículo. Tuvieron dos hijos. Parecía feliz.
Probablemente lo era de la manera en que uno puede ser feliz cuando ha decidido no pensar demasiado en ciertas cosas. Audrey Hebburn, por su parte, construyó una de las carreras más brillantes de la historia del cine. Sabrina, guerra y paz, funny face, desayuno con diamantes, My Fair Lady. Cada película era un acontecimiento.
Cada aparición suya en pantalla detenía el tiempo. Se casó con el actor y director Mel Ferrer en 1954. tuvo un hijo. Se divorció en 1968, se volvió a casar con el psiquiatra italiano Andrea Doty. Tuvo otro hijo. Volvió a divorciarse. Pero a lo largo de todo ese tiempo la conexión con Gregory Pec nunca desapareció.
Se veían en los eventos de la industria, se llamaban, se escribían cartas. En esa época en que las cartas todavía existían como forma de comunicación entre personas que tenían cosas importantes que decirse, cada vez que sus caminos se cruzaban, algo en ambos parecía relajarse de una manera que no ocurría con nadie más.
Los que los conocían a los dos hablaban de ello con una mezcla de ternura y algo parecido a la tristeza. Porque era evidente que entre Gregory y Audrey existía algo que no cabía exactamente en ninguna categoría conocida. No era solo amistad, tampoco era algo que ninguno de los dos hubiera actuado nunca.
Era esa cosa indefinible que a veces existe entre dos personas que en otro momento, en otras circunstancias, habrían sido algo completamente diferente. Veronique Pasani, la segunda esposa de Gregory, lo sabía. Sería imposible que no lo supiera viviendo con él. Y según todos los que conocían a la familia, era una mujer lo suficientemente inteligente y segura como para no convertirlo en un drama.
Pero también era humana. Y hay cosas que una persona puede saber intelectualmente, mientras que emocionalmente le cuestan un esfuerzo considerable. Los años 70 llegaron y con ellos algo que nadie había anticipado. Audrey Hebburn se retiró no de golpe, no con un anuncio dramático, simplemente fue dejando de aceptar papeles.
Su matrimonio con Andrea Dotty estaba deteriorándose. Sus hijos la necesitaban. Y Audrey, que había pasado toda su infancia sin la estabilidad que considera básica cualquier niño, había decidido que sus hijos no iban a crecer sin una madre presente. Se instaló en Tolochená, un pequeño pueblo suizo a orillas del lago alemán, una casa grande, un jardín enorme, perros, árboles frutales.