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La oscuridad en el cuarto nivel subterráneo de la Biblioteca Nacional de España

La oscuridad en el cuarto nivel subterráneo de la Biblioteca Nacional de España no era una simple ausencia de luz; era una entidad viva, pesada, que olía a polvo de siglos y a secretos que debieron pudrirse con sus dueños. El aire estaba viciado, frío como el aliento de un cadáver. Mateo Valderas, un archivero junior de veintiocho años, sentía que las paredes de concreto y las infinitas estanterías de acero se cerraban sobre él. Estaba en la Sección Z, el archivo clausurado, un laberinto no cartografiado al que nadie había descendido desde la época de la dictadura. Oficialmente, este nivel no existía. Extraoficialmente, era el vertedero de los textos malditos, incautados por la Inquisición, ocultados por el Vaticano o confiscados durante guerras olvidadas.

La linterna de Mateo parpadeó, arrojando sombras grotescas que bailaban como demonios famélicos sobre las bóvedas de ladrillo. No debería estar allí. Si los directores lo descubrían, no solo perdería su empleo; enfrentaría cargos penales. Pero la curiosidad es un veneno que actúa rápido. Un documento mal clasificado en la superficie había mencionado un “Atlas de los Confines”, un tomo traído a España en secreto tras el último y desastroso cuarto viaje de Cristóbal Colón en 1502.

Mateo avanzó por el pasillo 4-G. El silencio era ensordecedor, roto solo por el crujido de sus propios pasos y el latido desbocado de su corazón. Fue entonces cuando lo vio.

En un atril de hierro oxidado, aislado del resto de los estantes, descansaba una caja de plomo sellada con cera negra. Los sellos mostraban el escudo de armas de los Reyes Católicos, pero estaban extrañamente deformados, como si hubieran sido derretidos por un calor infernal. Con manos temblorosas, Mateo sacó un cortaplumas de su bolsillo y rompió el sello de cera, que se desmoronó como sangre seca.

Al abrir la tapa, un hedor espantoso inundó sus pulmones. No era el olor a humedad o pergamino viejo. Era un olor dulzón, metálico y nauseabundo, como a carne curada y cobre. Mateo contuvo las arcadas y dirigió el haz de su linterna hacia el interior.

Allí yacía el Atlas.

El libro era inusualmente grande, encuadernado en un cuero de un tono pálido, casi translúcido, manchado de vetas amarillentas y marrones. Mateo se puso sus guantes de algodón blanco, sintiendo una repulsión instintiva que no podía explicar. Cuando sus dedos rozaron la cubierta, una descarga eléctrica pareció recorrerle la espina dorsal. La textura no era la de la vitela, ni del pergamino de oveja o becerro. Era… suave. Demasiado suave. Flexible. Ligeramente cálida, a pesar del frío sepulcral del sótano.

Acercó la linterna. A través del cristal de sus gafas, sus ojos se abrieron desmesuradamente. La superficie del cuero estaba llena de poros diminutos. Pequeños folículos pilosos, apenas visibles, salpicaban el lomo. Y en la esquina inferior derecha de la portada, había una marca inconfundible. Un pezón humano, aplanado, curtido y descolorido por los siglos.

Mateo soltó el libro como si ardiera. Cayó de rodillas, jadeando en la penumbra, mientras el pánico le oprimía el pecho. Bibliopegia antropodérmica. Libros encuadernados en piel humana. Sabía que existían; tomos de anatomía del siglo XIX a menudo usaban la piel de criminales ejecutados. Pero esto era del siglo XVI. Y la cantidad de piel necesaria para un libro de este tamaño… no era de una sola persona. Era un mosaico macabro, cosido con tendones oscurecidos.

El terror le decía que corriera, que abandonara la Sección Z y no mirara atrás. Pero el abismo tiene una fuerza de gravedad ineludible. Temblando, se obligó a levantarse. El Atlas había caído abierto sobre el suelo mugriento, revelando sus páginas. No eran de papel, sino del mismo material espeluznante.

Mateo acercó la luz a la página abierta. Estaba cubierta de mapas trazados con una tinta extraña, de un rojo cobrizo que parecía brillar con la humedad del ambiente. Era una cartografía del Nuevo Mundo, pero completamente alienígena. Mostraba islas que no existían, archipiélagos retorcidos como vísceras, y corrientes oceánicas dibujadas como venas sangrantes. Las anotaciones en los márgenes estaban escritas en un latín frenético, mezclado con un dialecto que Mateo no pudo identificar.

Leyó una de las líneas, con la voz quebrada por el eco del sótano: “…et invenimus aurum mortuorum, non in terra, sed in carne. Columbus flevit, nam porta aperta est.” (Y encontramos el oro de los muertos, no en la tierra, sino en la carne. Colón lloró, pues la puerta ha sido abierta).

El mapa principal de la página mostraba una ruta esotérica, partiendo desde La Española y adentrándose en una región no reclamada, hacia un vórtice oscuro en medio de la selva. El tesoro perdido de Colón. No era oro, ni especias. Era algo que habían encontrado, algo que los había vuelto locos a todos.

Mateo no pudo evitarlo. Necesitaba estudiar esto en su laboratorio clandestino. Cerró el tomo de piel humana, sintiendo que algo latía débilmente contra sus palmas, como un corazón lejano a punto de detenerse. Lo metió en su mochila, sintiendo el peso del sacrilegio contra su espalda.

Esa noche, la ciudad de Madrid bullía sobre su cabeza, una metrópolis moderna, ruidosa y ajena a la pesadilla que Mateo acababa de desenterrar. En su pequeño apartamento en el barrio de Malasaña, preparó un café espeso y se sentó frente a su escritorio bajo la luz blanca de una lámpara halógena. El Atlas estaba sobre la mesa, emanando esa peste dulce y pútrida.

Con la ayuda de una lupa de relojero y unas pinzas, comenzó a examinar la primera página. Las líneas del mapa no estaban simplemente dibujadas; parecían escarificadas en la piel, tatuadas con la misma aguja que había cosido las tapas. El nivel de detalle era enfermizo. Descubrió que los nombres de las costas no eran geográficos, sino nombres de demonios de la goecia y enfermedades medievales.

La ruta del cuarto viaje de Colón, según los libros de historia, había sido una serie de desastres, huracanes y motines a lo largo de la costa de América Central. Pero este mapa mostraba una desviación. Un descenso por un río subterráneo en lo que hoy sería Honduras, hacia una ciudad subterránea marcada con un símbolo de un cráneo con tres ojos.

Pasaron las horas. El reloj marcaba las 3:42 de la madrugada. Los ojos de Mateo le escocían, enrojecidos por la falta de sueño y la concentración extrema.

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