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JORDAN: SALIÓ A LA LUZ

JORDAN: SALIÓ A LA LUZ

La verdad salió a la luz seis campeonatos, cinco MVPs, el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos y un hombre llorando sobre el cuerpo sin vida de su padre, asesinado en un estacionamiento por dos adolescentes que querían robarle el reloj que él le había regalado. Tr meses después, retirándose del baloncesto en su mejor momento, sin explicación.

sin despedida. Lo que nadie te contó es que el hombre más competitivo del planeta no podía competir más porque ganar ya no significaba nada. Su nombre era Michael Jeffrey Jordan, Air Jordan para el mundo entero. Y lo que la adicción al juego le hizo a su familia, destruyó todo lo que había construido.

 En los próximos 55 minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron. Primera, la deuda.  57 millones de dólares perdidos en apuestas. Los casinos de Atlantic City. Las partidas de golf donde apostaba medio millón por hoyo. Los documentos que prueban que la mafia tenía algo sobre él. Segunda, el asesinato de James Jordan.

La verdad que la policía ocultó. ¿Por qué dos adolescentes sabían exactamente qué carro buscar? ¿Por qué sabían que llevaba relojes Rolex? Y la conexión que nadie quiso investigar. Tercera, el retiro forzado. La reunión secreta con David Stern, el ultimátum de la NBA. Te retiras o te suspendemos. la apuesta que apostó en los playoffs de 1993  y por qu el béisbol fue su castigo disfrazado de sueño.

 Y la cuarta, el monstruo  que creó, los jugadores que destruyó psicológicamente, los compañeros de equipo que consideraron el suicidio, el hijo que todavía no puede salir de la sombra  de su padre. ¿Y por qué ser el mejor? tiene un precio que nadie quiere pagar. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante.  Cómo el hambre de ganar de Michael Jordan se convirtió en hambre de destruir y cómo el héroe se convirtió en tirano. 1963. Brooklyn, Nueva York. No, el Brooklyn de hoy, el Brooklyn de las pandillas, la pobreza, la violencia racial. Allí nació  Michael, el cuarto de cinco hermanos de James y de Laoris Jordan.

 Su padre trabajaba en General Electric, supervisor de planta. 12 horas diarias, turnos nocturnos, ganaba lo suficiente para mudarse. 1968, la familia Jordan se mudó a Wilmington, Carolina del Norte, un pueblo pequeño, más seguro que Brooklyn, pero igual desegregado. Michael tenía 5 años y ya sabía lo que era el racismo.

“No puedes jugar ahí”, le dijo su madre. “Ese parque es para blancos. Michael miró el parque, los columpios, los niños blancos jugando. ¿Por qué? Porque así son las cosas. ¿Y cuándo van a cambiar? Su madre no respondió porque no sabía la respuesta. El padre de Michael, James Jordan, era estricto, muy estricto.

Si vas a hacer algo, hazlo bien o no lo hagas. Era su frase. Michael tenía 7 años cuando su padre lo puso a cortar leña. Tr horas bajo el sol de Carolina.  Las manos le sangraban. Papá, ya no puedo. ¿Ya terminaste? No. Entonces puedes. Michael terminó con las manos destrozadas, con lágrimas en los ojos.

¿Por qué me haces esto?, preguntó.  Porque el mundo no te va a dar nada. Tienes que tomarlo y para tomarlo tienes que ser más fuerte que todos los demás. Guarda esa frase, más fuerte que todos los  demás. Va a definir toda su vida. A los 9 años, Michael jugó su primer partido de baloncesto organizado, una liga de la iglesia,  niños de 8 a 12 años.

 Michael era el más bajo, el más flaco,  el último elegido para el equipo. Su primer partido, cero puntos, cinco faltas, lo sacaron en el segundo cuarto. Lloró en el carro camino a casa. No sirvo para esto le dijo a su padre. Vas a rendirte. No. Entonces, ¿qué vas a hacer? Voy a ser mejor. No, dijo James.  Vas a ser el mejor. Hay una diferencia.

A los 10 años, Michael entrenaba 6 horas diarias  solo en el patio de su casa. Un aro sin red, un balón de basquetbol viejo, 1000 tiros libres al día, todos los días, lluvia, sol, frío. Su hermano mayor, Larry era mejor que él, más alto, más atlético. Larry lo destruía uno contra uno. “Nunca vas a ser bueno”, le decía Larry.

 “Eres muy bajito, muy débil.” Michael no  respondía, solo seguía practicando. “Mi hermano me enseñó a odiar perder”, dijo Michael años después. No a amar ganar, a odiar perder es diferente. Y tenía razón, el odio es más poderoso que el amor. A los 15 años, Michael intentó entrar al equipo Barity de Laney High School, el equipo principal.

 El entrenador lo rechazó. Eres muy bajito, solo mides 178. Lo mandaron al equipo Junior Vars City, el equipo de los rechazados. Esa noche Michael  lloró. No de tristeza, de rabia. Voy a hacer que se arrepienta le dijo a su madre. El entrenador, no. Todos, todos los que dijeron que no podía.

 Al verano siguiente, Michael creció 15 cm.  de 178 a 1,93 y entrenó como un poseído. 8 horas diarias, su padre construyó un aro mejor en el patio con luz para entrenar de noche. ¿Por qué entrenas tanto?, le preguntó su hermana. Porque quiero ser el mejor. ¿El mejor del equipo? No, el mejor que ha existido. Tenía  16 años y ya sabía quién quería ser.

A los 17 años, Michael era la estrella de Lini High School, promedio de 29 puntos por partido. Las universidades lo querían. Eh, Yuke, North Carolina, Virginia, todas  eligió North Carolina, Universidad de Carolina del Norte. El programa  de Dean Smith, el mejor entrenador universitario del país.

¿Por qué Carolina del  Norte? Le preguntaron, “¿Por qué Dean Smith convierte buenos jugadores en campeones? ¿Y tú qué eres?” “Todavía no soy nada, pero voy a hacerlo.” 1982.  Final de la NCIA, North Carolina W. Georgetown. Michael era freshman, primer año.  Tenía 18 años, final del partido.

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