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Así Es La Lujosa Vida De Jorge Hernández En California – ElJefe de Jefes De Los Tigres del Norte

Así Es La Lujosa Vida De Jorge Hernández En California – ElJefe de Jefes De Los Tigres del Norte

Hoy vas a descubrir cómo vive el hombre que convirtió un acordeón viejo y prestado en un imperio de más de $0 millones de dólares. Hoy vas a conocer las mansiones escondidas en las colinas más exclusivas de California, esas que tienen portones de hierro que ninguna cámara ha logrado filmar. Vas a conocer la flota de camionetas blindadas, los ranchos infinitos donde pastan caballos pura sangre que valen más que una casa entera.

 las bóvedas llenas de relojes de oro y diamantes y las cuentas bancarias que harían temblar hasta el banquero más poderoso de Wall Street. Pero sobre todo, hoy vas a descubrir el secreto que Jorge Hernández, el jefe de jefes, El alma y el cerebro de los Tigres del Norte, ha guardado celosamente durante más de cinco décadas. ¿Cuánto dinero acumuló realmente el muchacho que cruzó la frontera muerto de hambre y sin un solo papel en la bolsa? ¿Cuántas propiedades tiene escondidas el hombre que le cantó a los migrantes mientras él mismo dormía en un carro? ¿Y por qué

teniendo todo el dinero del mundo, hubo una época oscura en la que estuvo a punto de perderlo absolutamente todo por culpa de un hombre en quien confió con los ojos cerrados? Una traición tan grande que casi destruye al grupo más importante de la historia de la música mexicana. Quédate conmigo hasta el final, porque lo que vas a escuchar aquí no te lo van a contar en ningún otro lugar.

 Para entender la fortuna descomunal de Jorge Hernández, primero tienes que entender de dónde salió este hombre. Y créeme cuando te lo digo, nadie en este mundo, absolutamente nadie, habría apostado un solo centavo por aquel niño flaco y descalso que corría por las calles de tierra de un pueblo olvidado de Sinaloa. Corría el año de 1953 cuando Jorge Hernández llegó al mundo en Mocorito, un pueblo pequeño, casi invisible en el mapa, del estado de Sinaloa, en el noroeste de México.

 una tierra de campesinos, de sol que quema la piel desde las 6 de la mañana, de polvo que se mete hasta los pulmones y de noches tan frías que el único abrigo era una cobija delgada compartida entre todos los hermanos. La familia Hernández no tenía nada. Y cuando digo nada, quiero que te detengas un momento y lo imagines de verdad.

 Una casa de adobe con grietas en las paredes, piso de pura tierra, un techo de lámina que retumbaba con la lluvia y una mesa de madera donde muchas noches no alcanzaba la comida para todos. El padre de Jorge, don Eduardo Hernández, era músico de corazón, no un músico famoso, ni mucho menos. era el músico del pueblo, de esos que tocan en las fiestas del rancho, en los bautizos del compadre, en las bodas de los vecinos, a cambio de unas monedas o cuando la suerte apretaba, a cambio de un plato de comida caliente.

 Don Eduardo tocaba el acordeón con un alma que sus hijos jamás olvidaron. Y era esa música, esa melodía que llenaba la casa cuando no había con qué llenar la barriga, la que sembró la semilla de todo lo que vendría después. Pero un día la desgracia tocó a la puerta sin avisar. Don Eduardo cayó gravemente enfermo, tan enfermo que ya no se pudo levantar para ir a trabajar.

 Y en ese instante, sobre los hombros de un niño que apenas tenía 11 años de edad, cayó todo el peso de mantener a una familia entera. 11 años. Detente a pensarlo. Cuando los demás niños jugaban en la calle, cuando los otros chamacos pensaban en travesuras, Jorge Hernández se convirtió en hombre de la noche a la mañana.

 Imagínate la escena. Un niño de 11 años con las manos todavía demasiado pequeñas para abarcar el acordeón completo, colgándose instrumento al pecho y saliendo a las calles a tocar para llevar unos pesos a su casa. Ese acordeón era lo único de valor que tenía la familia y ni siquiera era del todo suyo, porque don Eduardo lo había conseguido medio prestado de un amigo que se marchó del pueblo.

 Junto a sus hermanos Hernán, Eduardo y Luis y a su primo Óscar Lara, el pequeño Jorge formó un grupo musical. Eran cinco muchachitos que apenas sabían afinar sus instrumentos tocando en las esquinas, en los mercados, en la puerta de las cantinas, donde los borrachos a veces les aventaban una moneda y otras veces los corrían a gritos.

 ¿Y sabes cómo nació el nombre de los Tigres del Norte? Aquí viene una anécdota que parece inventada, pero es absolutamente real. Cuando por fin juntaron el valor y los centavos suficientes para cruzar la frontera hacia los Estados Unidos, siendo todavía unos adolescentes asustados, llegaron a la garita de migración cargando esos instrumentos enormes que pesaban casi más que ellos.

El oficial que los revisó los miró de arriba a abajo, medio divertido al ver a esos muchachitos flacos y les dijo algo así como, “Adelante, tigercitos.” Y a Jorge se le quedó grabada esa palabra. Le gustó, le sonó a fuerza, a grandeza, los tigres del norte. Y desde ese día así se quedó para la eternidad.

 Pero antes de la gloria, antes del primer aplauso verdadero, vino lo más duro de todo, el hambre real, la soledad de estar en un país ajeno, sin hablar el idioma, sin conocer a nadie, sin un techo seguro donde dormir. Era el año de 1968 cuando aquellos muchachos tomaron la decisión más arriesgada de sus vidas. Cruzaron la frontera rumbo a San José, California, con una visa temporal de apenas 3 días otorgada para una sola presentación en un pequeño salón de baile. Tres días.

 Eso era absolutamente todo el tiempo que tenían permitido pisar suelo estadounidense, tres días y de vuelta al polvo de mocorito. Pero Jorge, con esa terquedad de hierro que lo ha definido toda su vida, miró a sus hermanos a los ojos y les dijo las palabras que cambiarían para siempre el destino de todos. Aquí nos quedamos. No regresamos. Y se quedaron así sin más.

Se quedaron viviendo en las sombras, en un país que no los quería. que los veía apenas como mano de obra barata. Durmieron dentro del carro. Durmieron en cuartos di minutos compartidos con otros 10 migrantes. Comieron frijoles de lata fríos cuando había y cuando no había, simplemente no comían. Tocaron en cantinas de mala muerte llenas de humo, donde los pleitos terminaban a balazos.

Tocaron en quinceañeras, donde les pagaban con un plato de comida. Tocaron en bares, donde la gente ni siquiera volteaba a verlos. Y mientras sus amigos de la infancia allá en Sinaloa ya tenían casa, esposa e hijos, Jorge seguía persiguiendo un sueño que a todos les parecía una locura de pueblerino ignorante, pero él tenía algo que no se compra con dinero, una fe ciega, casi terca en su propia música.

 Y su momento llegó, pero de la manera más inesperada que te puedas imaginar. Fue a principios de los años 70 cuando un hombre se acercó a los Tigres del Norte con una propuesta que nadie más se había atrevido a hacerles. Traía consigo una canción escrita en un papelito arrugado, una canción que hablaba de contrabando, de mujeres bravas, de traición y de muerte.

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