Posted in

El PRIMO al que ESCOBAR le confiaba TODO el DINERO

 

 

 El juez que llevaba el caso recibió una suma lo suficientemente alta como para que el expediente se diluyera como azúcar en agua hervida. Esa detención, lejos de ser un freno, fue la última lección práctica antes del salto. La lección era brutal y sencilla. La ley colombiana se compraba y ellos tenían con qué comprarla.

 A partir de aquel 1976, los dos primos dejaron de ser intermediarios y se convirtieron en empresarios verticales del negocio. Construyeron sus propios laboratorios en la selva colombiana, importando los precursores químicos necesarios a través de una red de proveedores que Gustavo personalmente supervisaba. Importaron pasta de Coca directamente desde Perú y Ecuador. Refinaron en suelo propio.

Empaquetaron, transportaron, distribuyeron. A esa estructura inicial se sumarían poco después los hermanos Ochoa, Carlos Leder con su pista de aterrizaje en las Bahamas, Gonzalo Rodríguez Gacha con su ejército paramilitar, Juan Mata Ballesteros desde Honduras y Evaristo Porras desde el Caquetá, fundando lo que el mundo conocería con el nombre de Cartel de Medellín.

 Pero el corazón financiero de toda esa estructura tenía un solo dueño y la oficina la llevaba a Gustavo. Aquí es donde la historia se vuelve precisa, casi clínica. Mientras Pablo Escobar se construía la imagen pública, fundaba el movimiento Civismo en marcha, regalaba canchas de fútbol en los barrios de Medellín, construía barrios enteros para sacar familias de tugurios como Moravia y aspiraba a un escaño en el Congreso de la República.

 Su primo Gustavo hacía exactamente lo contrario. que borraba, no daba entrevistas, no salía en fotos oficiales, no firmaba escrituras a su nombre, no aparecía en los listados de los ricos de Antioquia, no hablaba con periodistas, no se dejaba ver en los eventos sociales que sí frecuentaban Pablo y los Ochoa. Y dentro del cartel todos sabían exactamente por qué.

 Cuanto menos visible, más poderoso. Esa fue su regla. Su perfil era tan distinto al de su primo que dentro de la organización los empleados los identificaban con dos motes que dicen casi todo. A Pablo lo llamaban Pablo Sangre, a Gustavo lo llamaban Gustavo Dinero. Cuando un sicario, un operador o un emisario llegaba a las oficinas centrales del cartel situadas en la parte alta del barrio Los Lagos de Medellín, la pregunta de bienvenida no era sobre el motivo de la visita.

 La pregunta era directa, casi un código binario, ¿plomo o plata? Si el visitante respondía plomo, lo enviaban a Pablo. Si respondía plata, lo enviaban a Gustavo. Esa pregunta repetida durante años en la antesala de aquellas oficinas retrata mejor que ningún libro La división de tareas dentro del imperio. Pablo intimidaba, Gustavo facturaba.

 Gustavo era tacaño donde Pablo era despilfarrador. Era reservado donde Pablo era exhibicionista. Era paciente donde Pablo era impulsivo. Era calculador donde Pablo era pasional. Esa asimetría, lejos de generar conflicto, era exactamente lo que hacía funcionar el sistema. Mientras Pablo gastaba millones en zoológicos privados, en pistas de aterrizaje, en avionetas, en regalos a barrios enteros, en una campaña política que terminaría destruyéndolo, Gustavo invertía con disciplina de banquero.

 Compraba obras de arte, compraba fincas productivas en Antioquia, compraba diamantes que podía guardar en una caja fuerte del tamaño de un puño. compraba edificios en Medellín y Bogotá a nombre de Testaferros. Compraba propiedades en Europa y sobre todo habría cuentas bancarias en países donde nadie iba a hacer preguntas.

Cuentas que sobrevivirían a los dos primos, cuentas que 30 años después todavía aparecerían dormidas en los registros de bancos suizos, luxemburgueses y panameños. Pablo gastaba en ego, Gustavo gastaba en futuro. Algunos de sus lugartenientes más cercanos sostienen que la fortuna personal de Gustavo Gaviria llegó a superar la de su primo.

 Es una afirmación difícil de demostrar porque Gustavo jamás dejó por escrito un solo dato sobre su patrimonio. Pero los indicios son sólidos. La Hacienda Nápoles es el rancho monumental de más de 3,000 hectáreas con zoológico privado. Pista de aterrizaje, lago artificial, plaza de toros y cocheras llenas de coches antiguos.

 No era solo de Pablo Escobar como la imaginación popular sigue creyendo. Era propiedad compartida al 50% entre los dos primos. La mitad de Nápoles era de Gustavo. La mitad de los hipopótamos importados de África era de Gustavo. La mitad de las jirafas era de Gustavo. La mitad de cada metro cuadrado de aquel imperio en miniatura era de Gustavo.

 Pero su nombre nunca apareció en una sola escritura visible. Esa era exactamente su firma, estar en todas partes y no figurar en ninguna. Su rol concreto dentro del cartel se puede dividir en tres capas. La primera era el diseño de las rutas internacionales. Gustavo conocía como nadie los caminos clandestinos por los que la mercancía salía de Colombia y llegaba a Florida, a California, a Nueva York, a Europa.

 Conocía a cada piloto, conocía a cada capitán de barco, conocía a cada funcionario sobornado en cada escala portuaria. Un exagente de la DEA llamado Scott Murphy lo resumiría años después con una frase que vale más que cualquier informe clasificado. Gustavo sabía todo sobre los laboratorios, dónde conseguir los químicos, las rutas de transporte, los centros de distribución en Estados Unidos y en Europa.

 La segunda capa era el lavado del dinero. Gustavo diseñó la arquitectura financiera que permitía que miles de millones de dólares en efectivo recibidos en bolsas y maletas en Miami y en Nueva York regresaran a Colombia camuflados en transferencias legales, en compraventas inmobiliarias, en negocios fachada de importación y exportación.

 La tercera capa era la contabilidad mental del imperio y esta es quizá la más impresionante. Gustavo llevaba en la cabeza, sin papeles, sin cuadernos, sin ordenadores, las cifras esenciales del cartel. saldos, deudores, acreedores, cuentas pendientes, porcentajes de cada socio. Cuando Gustavo cayera, esa contabilidad mental que solo dos cabezas conocían se fragmentaría para siempre.

Read More