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El día que María Félix le robó la Premiere a Sofía Loren – Lo que pasó 35 años después

Todo estaba perfectamente orquestado para esa noche. Los productores de la Siosiara habían calculado cada detalle con precisión militar. Sofía llegaría a las 8:45. Caminaría por la alfombra roja durante exactamente 5 minutos, tiempo suficiente para que los fotógrafos agotaran sus rollos.

Entraría al teatro, saludaría a las figuras más importantes de la política y la cultura italiana. Después vendría la proyección de 2 horas, luego la fiesta en el hotel Hasle, un triunfo perfecto de principio a fin. Habían contratado seguridad adicional, habían coordinado la prensa, habían ensayado los tiempos con la precisión de un relojero suizo. Y habría sido perfecto.

Habría sido exactamente como lo planearon. Si María Félix no hubiera estado en Roma, María no estaba programada para asistir a la premiere. No estaba en la lista de invitados, no había confirmado presencia, no había comprado boleto. De hecho, nadie en toda Roma sabía que María Félix estaba en Italia, pero María tenía una villa en el barrio de Trastére, una casa antigua con paredes de piedra del siglo X y un jardín interior lleno de jazmines y bugambilias que usaba cuando necesitaba escapar de México, de París, de la

prensa, de los hombres, de todo lo que ser María Félix implicaba. Estaba ahí por casualidad, diría después en entrevistas cuando le preguntaban. Una de esas casualidades que solo le pasaban a María Félix y que siempre, absolutamente siempre, terminaban siendo cualquier cosa menos casuales. Sofía llegó al Teatro Quirinale a las 8:47 de la noche, 2 minutos después de lo programado porque el tráfico romano no respetaba ni las premieres ni las estrellas.

vestido dorado de alta costura, diseñado especialmente para ella por Emilio Schubert, el modisto más cotizado de Roma. El pelo oscuro recogido en un moño alto para mostrar ese cuello largo que había arrancado suspiros en tres continentes. Aretes de diamantes prestados por la joyería vulgar y exclusivamente para la ocasión. Sonrisa perfecta calibrada entre la humildad de quien recuerda de dónde viene y la conquista de quien sabe a dónde va.

A sus 25 años era la definición viviente de la belleza mediterránea. Italia entera la adoraba, Europa la celebraba. Hollywood la quería. Caminó por la alfombra roja como dueña del mundo, porque esa noche en Roma, en su ciudad, en su teatro, ella era la reina. Los fotógrafos disparaban sin parar, el estallido de los flases creando una tormenta de luz blanca que habría cegado a cualquier persona normal, pero que a Sofía la hacía lucir más radiante.

Los invitados la aplaudían desde las puertas del teatro. Un grupo de fanáticas gritaba su nombre desde la acera de enfrente. Mujeres romanas que habían esperado horas bajo el fresco de septiembre solo para verla pasar. Sofía saludaba a todos, sonreía a todos, era generosa con todos porque podía permitírselo. Cuando eres la estrella más brillante del firmamento, puedes regalarlo sin perder nada.

Entró al teatro a las 8:48. El director del Quirinale, Alesandro Ferretti, un hombre de 60 años, calvo, nervioso, con un bigote perfectamente recortado y un traje que le quedaba ligeramente grande, la recibió personalmente besándole ambas mejillas con una reverencia que rozaba lo religioso. La escoltó por el lobby de mármol blanco y candelabros de cristal de Murano, presentándole uno por uno al embajador francés, al ministro de cultura italiano, al director del festival de Venecia, a productores, a críticos, a toda la aristocracia cultural de Europa

que había venido a presenciar su coronación. Sofía navegaba entre ellos con gracia natural, repartiendo sonrisas y frases encantadoras en italiano perfecto, tocando un brazo aquí, inclinando la cabeza allá, como una reina que sabe que cada gesto es observado y que cada gesto debe ser perfecto.

Todo era exactamente como debía ser. Hasta las 8:50, la noche comenzó a cambiar en la villa de Trasté. María estaba cenando tranquilamente en el comedor de su casa romana, un espacio íntimo con frescos del siglo X en el techo y una mesa de roble donde cabían exactamente cuatro personas. Chenaba sola, como frecuentemente prefería, una ensalada de tomate y burrata, pan recién horneado, una botella de varolo del 53 que había comprado en una subasta en Turín.

Carmela, su asistente italiana, una mujer de 50 años con el pelo entreco, recogido en un moño apretado que llevaba una década trabajando para ella y que la conocía mejor que nadie en el mundo, excepto quizás Lupita en México. Mencionó casualmente la premiere mientras servía el postre, un tiramisu que había preparado personalmente porque sabía que era el único postre que María comía sin protestar.

Señora, esta noche es la premiere de la siara en el Quirinale. Dicen que la nueva actriz italiana, Sofía Loren, es extraordinaria en esa película. Dicen que va a ganar el Óscar. María tomó su copa de Barolo, la sostuvo frente a la luz de las velas, observó el color rubí del vino como si leyera un presagio en su profundidad.

¿A qué hora es? Empezó hace 20 minutos. Señora, ya deben estar todos adentro. La alfombra roja terminó. María miró el reloj de pared, un reloj antiguo del siglo XVII que había comprado en una subasta en Florencia y que solo adelantaba 3 minutos por semana. Una imperfección que María consideraba encantadora. Las 8:30. Sonriel.

Carmela conocía esa sonrisa. La había visto docenas de veces en una década de servicio. La primera vez que la vio fue cuando María decidió comprar un cuadro de Modigliani que costaba más que la villa entera. Y la última vez fue cuando decidió rechazar una invitación del presidente de Francia para cenar en el eleo porque tenía ganas de comer pasta en Trastére.

Era la sonrisa que significaba que María había tomado una decisión y que nada en el universo, ni Dios, ni el ni el sentido común, la detendría. Prepara el auto”, dijo María terminando su copa con un trago final. “Voy a ir, Carmela”. Parpadeó, “Señora, pero no está en la lista. No hay invitación. La premiere ya empezó. Todos están adentro.

Las puertas probablemente estén cerradas. No necesito invitación”, dijo María con la naturalidad de quien enuncia una verdad científica como la gravedad existe o el agua moja. Soy María Félix. Subió Cambiars. 15 minutos después bajó vestida con un valenciaga negro que había comprado en París tres meses antes.

Un vestido tan simple en su corte que era casi obseno en su elegancia, porque solo Valenciaga y solo María podían hacer que la simplicidad pareciera el lujo más caro del mundo. Sin joyas, decidió, excepto las esmeraldas. Se puso las dos esmeraldas colombianas en los oídos, piedras del tamaño de uvas que habían pertenecido a una condesa rusa antes de la revolución bolchevique y que María había comprado en una subasta en París por una cifra que los periódicos franceses calificaron de indecente y que María calificó de Ganga.

El pelo suelto cayendo en ondas perfectas sobre los hombros desnudos. Maquillaje mínimo, porque María, a los 45 no necesitaba maquillaje para ser devastadora. Lo necesitaba para no serlo tanto. Se miró en el espejo del vestíbulo. Un segundo. Tus Sarsfaca. Vamos, le dijo a Carmela. La noche nos espera.

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