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María Félix rechazó una película por una razón impactante- Hollywood quedó en Shock

Tenía 28 años y no sabía actuar. No importó. La pantalla la amaba de una manera que no se puede enseñar ni fingir ni comprar con ningún contrato. Algo en su rostro, en la manera en que sus ojos capturaban la luz, en la forma en que se movía como si el aire a su alrededor le perteneciera, hacía que fuera imposible mirar hacia otro lado.

El público mexicano la vio y ya no pudo dejar de verla. En tr años era la estrella más grande del cine nacional. En cinco, Europa la estaba llamando. En 10, el mundo entero sabía su nombre. Pero esa primavera de 1954, en una ciudad que no era la suya, en un idioma que no era el suyo, algo en María Félix estaba a punto de tomar la decisión más importante de su vida.

Y nadie, absolutamente nadie, iba a entender por qué. Hay una fotografía de María Félix tomada en París en 1952. Está sentada en una terraza del café de Flore en el Boulevar Saint-Germain, el mismo café donde Jean Paul Sartre escribía y Simone de Boboir discutía sobre libertad. Tiene un cigarrillo francés en la mano derecha, una copa de vino blanco en la izquierda y mira hacia la calle con una expresión que no es arrogancia, aunque todo el mundo la llame así. Es distancia.

La distancia de alguien que aprendió muy temprano que el mundo puede quitarte cualquier cosa en cualquier momento, un hijo, un embarazo, un amor, la juventud y que la única forma de sobrevivir es no aferrarse demasiado a nada. Ese año 1952, María estaba en la cima de algo que muy pocas personas alcanzan toda una vida. No era solo fama, que ya la tenía desde hacía una década.

Era algo más extraño y más poderoso. Era leyenda en vida. Los franceses la llamaban la doña, igual que en México, pero en su boca sonaba diferente. Sonaba como un título nobiliario, como algo que se gana en batalla, no en un escenario. Jan Cook Teau le escribió un poema donde la describió como una mujer tan hermosa que hacía daño.

Diego Rivera le pintó el rostro en un mural y dijo de ella que era un ser monstruosamente perfecto. Agustín Lara, que había sido su tercer esposo y que seguía siendo su devoto desde la distancia, componía canciones pensando en ella aunque ya no estuviera, porque María Félix era de esas mujeres que te habitan incluso después de irse.

Octavio Paz escribió que María nació dos veces, que sus padres la engendraron y luego ella se inventó a sí misma. María coleccionaba adoraciones con la misma elegancia con que coleccionaba joyas de cartier, sin demasiado apego, sin perder el sueño, como quien recoge flores del camino sabiendo que se marchitarán, pero las recoge igual porque son hermosas mientras duran.

Pero ese año también pasó algo que las biografías mencionan de pasada y que la historia nunca terminó de entender del todo. María perdió un embarazo. No fue el primero. Había perdido antes en silencio, como se pierden las cosas que duelen demasiado para ser dichas en voz alta. Pero este fue diferente. Este llegó más lejos.

Este tuvo nombre, aunque ese nombre nunca fue pronunciado en público ni registrado en ninguna entrevista. María tenía 38 años. Sabía lo que ese número significaba para una mujer que quería ser madre de nuevo, que había soñado en secreto con tener una segunda oportunidad de criar a un hijo después de que Álvarez le arrancó a Enrique de los brazos en Guadalajara.

Lo sabía y no lo decía. Seguía apareciendo en portadas de las revistas más importantes de Europa. Seguía usando los vestidos más espectaculares que Dior y Valenciaga le diseñaban. seguía mirando a las cámaras con esa expresión que el mundo llamaba fuerza y que por dentro, en los momentos de silencio, cuando estaba sola en su habitación de hotel y las luces se apagaban, era algo más parecido a una armadura, una armadura hecha de maquillaje perfecto, joyas que habían pertenecido a emperatrices y una voz que nunca temblaba en público. Fue en ese

estado, frágil debajo de lo indestructible, herida debajo de lo magnífico, que llegó la primera llamada de Hollywood. Si alguna vez tu abuela te contó sobre las estrellas de la época de oro mientras la casa olía a café recién hecho, si alguna vez escuchaste el nombre María Félix pronunciado con reverencia en una conversación de sobremesa, entonces sabes por qué esta historia importa.

Suscríbete para que sigamos recordando juntos a las mujeres que nos hicieron quiénes somos. La primera llamada no fue en 1954, fue antes. Fue en 1952. Pocas semanas después de la pérdida del embarazo, cuando María todavía cargaba un duelo que nadie a su alrededor mencionaba porque ella no lo permitía, un intermediario, un productor de nombre George Holt que operaba entre Los Ángeles y París como un corredor de bolsa de talento internacional, se presentó en el hotel George, donde María se hospedaba con una propuesta preliminar.

Holt era un hombre nervioso, delgado, con traje gris y un portafolio que abría y cerraba compulsivamente como si no supiera que hacer con las manos. Los estudios habían visto las películas mexicanas y europeas de María Quer andan Run Nurse querían hablar de un contrato. Querían, aunque no lo decían con esas palabras, convertirla en la primera gran estrella latina de Hollywood desde que Dolores del Río había cruzado la frontera del idioma 30 años antes.

Halt la encontró en la suite del hotel, vestida con una bata de seda negra, sin maquillaje, con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Incluso así, incluso despojada de todo el aparato que normalmente la rodeaba, Holt no podía dejar de mirarla. No por deseo, por asombro. Había algo en María Félix que hacía que la gente olvidara lo que había venido a decir.

“Señorita Félix”, comenzó Holt tartamudeando ligeramente. “Los estudios MGM están muy interesados en discutir un proyecto con usted. Un papel protagónico, una producción de primer nivel.” María lo escuchó sin interrumpir. Tomó su copa de vino, miró por la ventana hacia los techos de París que brillaban bajo una lluvia fina.

Y cuando Holt terminó su discurso ensayado, ella dejó pasar 3 segundos de silencio. 3 segundos que a Holt le parecieron una semana y dijo algo que él no olvidó nunca, algo que escribió en su cuaderno esa misma noche, casi palabra por palabra con letra apurada. Dígales que cuando Hollywood esté listo para una mujer que no pide permiso, yo estaré disponible.

Holt no supo qué hacer con esa respuesta. La repitió mentalmente varias veces. para asegurarse de haberla entendido. Cuando regresó a Los Ángeles y la repitió en una sala de juntas del estudio, rodeado de ejecutivos en trajes idénticos que fumaban puros y tomaban decisiones que afectaban a millones de personas, hubo un silencio largo, un silencio incómodo de los que solo se producen cuando alguien dice algo que nadie esperaba.

Luego un hombre al fondo de la sala, un ejecutivo mayor con lentes gruesos, dijo una sola palabra: “Cansaganla. Dos años después, el contrato estaba listo y María Félix estaba a punto de leerlo. El contrato llegó a manos de María un martes de marzo de 1954. No llegó por correo, no llegó por mensajero, llegó en persona en manos de un abogado llamado Richard Feldman, que voló desde Los Ángeles a la Ciudad de México, cruzando medio continente específicamente para entregárselo.

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