Posted in

Romario: El Goleador de los Escándalos que Conquistó el Mundo a Golpes de Talento y Rebeldía

Corría el año 1995 y la Supercopa Sudamericana regalaba un enfrentamiento lleno de altísima tensión. Vélez Sarsfield recibía al poderoso Flamengo en el mítico estadio Amalfitani, en Argentina. El equipo brasileño venía de una cómoda victoria y, durante el partido, destrozaba las esperanzas locales con un aplastante 3-0. Fue entonces cuando el talentoso y provocador Edmundo comenzó a tirar lujos innecesarios, burlando a sus rivales. La tensión estalló cuando el defensor argentino Flavio Sandoná, furioso por las burlas, le propinó un puñetazo de nocaut directo al rostro. Lo que siguió fue un caos total: suplentes, cuerpos técnicos y jugadores se trenzaron a golpes, pero la imagen que dio la vuelta al mundo fue la de un delantero brasileño de baja estatura lanzando una patada voladora espectacular en medio de la gresca. Ese hombre era Romario de Souza Faria. Un jugador explosivo tanto en la cancha como fuera de ella. Pero, ¿cómo llegó este chico problemático a convertirse en una de las leyendas más grandes y polémicas de la historia del fútbol mundial?

De las Favelas al Rechazo Injusto

Para entender la enorme magnitud de la figura de Romario, es imperativo viajar a sus raíces más profundas. Nació el 29 de enero de 1966 en Río de Janeiro, y creció en las duras calles de Jacarezinho, una de las favelas más grandes, complejas y peligrosas de la ciudad. Su llegada al mundo estuvo marcada por la fragilidad absoluta: pesó apenas 1 kilo con 800 gramos, un tamaño que lo hizo ver escuálido durante gran parte de su niñez y adolescencia. En ese entorno de pobreza extrema, el fútbol no era simplemente un pasatiempo infantil, era el único y verdadero pasaporte para escapar de la miseria. Su padre, un fanático empedernido del deporte, alimentó esa obsesión desde que el pequeño Romario tenía apenas tres años.

Sin embargo, el destino no se lo puso fácil. Debido a su complexión física extremadamente pequeña, las puertas de los grandes clubes de Río de Janeiro se le cerraban una tras otra. La anécdota más cruda y reveladora ocurrió durante una prueba en el Vasco da Gama, donde uno de los entrenadores lo miró con desdén y le sentenció que, con ese cuerpo, solo podría servir “para lavar los autos del club”. Lejos de hundirse en la depresión, Romario transformó esa tremenda humillación en el combustible inagotable de su carrera. Se forjó a sí mismo en las canchas de tierra barriales, inventando amagues cortos y rápidos que le permitieran eludir a defensores mucho más grandes que él. Años más tarde, unos ojeadores del modesto Olaria lo descubrieron y le dieron su primera oportunidad, para finalmente debutar en la primera división del mismo Vasco da Gama que lo había despreciado. Rápidamente, el “chico para lavar autos” se convirtió en el ídolo indiscutido del estadio Sao Januario.

El Salto a Europa y el Pacto con Cruyff

Con un talento goleador que ya asombraba a toda Sudamérica y tras brillar en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, Europa tocó a su puerta. El PSV Eindhoven de los Países Bajos lo fichó, y allí Romario dejó una huella estadística simplemente aterradora: 165 goles en 167 partidos. El técnico Guus Hiddink lo consideraba un fenómeno psicológico; recordaba cómo, en la previa de los partidos más tensos, Romario se le acercaba sonriente para asegurarle que él marcaría y que no había de qué preocuparse. Y siempre cumplía su palabra.

Ese innegable éxito lo catapultó al todopoderoso FC Barcelona en 1993, integrándose al legendario “Dream Team” dirigido por el holandés Johan Cruyff. En España deslumbró desde el primer minuto. Anotó 30 goles en su primera temporada, dejando para la historia actuaciones memorables como un “hat-trick” frente al Real Madrid, donde inmortalizó el regate conocido como la “cola de vaca”. No obstante, la vida en Europa era una cárcel de cristal para un alma libre y fiestera como la suya. Romario se negaba a comprar una casa, prefiriendo vivir en un hotel, siempre con las maletas listas para huir de regreso a las playas y la vida nocturna de Brasil.

Esta constante necesidad de fiesta llevó a un famoso pacto con Cruyff. El brasileño quería viajar al Carnaval de Río, a lo que el técnico respondió: “Si marcas dos goles en el próximo partido, te doy días extra de descanso”. Romario anotó los dos goles casi sin despeinarse y exigió su cambio para irse corriendo al aeropuerto. El problema fue que lo que debían ser 4 días de permiso se transformaron en 21 días de desaparición total, alegando falsamente que no le habían dado una fecha exacta de retorno. Su indisciplina era crónica, pero su talento lo salvaba de ser despedido.

La Gloria del 94 y la Decepción del 98

La relación de Romario con la selección de Brasil siempre fue una montaña rusa de intensas emociones. Pese a ser el delantero más temible del planeta, sus choques con los entrenadores lo marginaban constantemente. En la previa al Mundial de Estados Unidos 1994, el técnico Parreira lo había borrado del equipo, complicando la clasificación. Presionado por un país entero, Parreira lo llamó para un partido de vida o muerte contra Uruguay en el Maracaná. Romario jugó el mejor partido de su vida, anotó dos goles y llevó a su equipo al mundial. Una vez en tierras estadounidenses, formó una dupla letal y casi telepática con Bebeto, anotó cinco goles, levantó la ansiada cuarta Copa del Mundo para Brasil y fue elegido el mejor jugador del torneo.

Paradójicamente, tras tocar el cielo con las manos, su indisciplina volvió a sabotearlo. Desesperado por volver a Brasil, admitió haber jugado por debajo de su nivel a propósito en el Barcelona para forzar su venta al Flamengo. Más adelante, las polémicas estallaron en la previa al Mundial de Francia 1998. Una lesión y fuertes conflictos personales con el cuerpo técnico, especialmente con la leyenda Zico, lo dejaron fuera de la lista definitiva. Romario lloró desconsoladamente frente a las cámaras de televisión. Su venganza, sin embargo, fue insólita: mandó pintar una caricatura de Zico en la puerta de los baños de un bar de su propiedad, lo que le valió una humillante condena judicial y el pago de más de 22.000 dólares por daños morales.

La Magia de los 1.000 Goles y la Vida al Límite

A pesar de los altibajos, el instinto goleador de Romario jamás desapareció. El 20 de mayo de 2007, a la sorprendente edad de 41 años, alcanzó lo que él contabilizó como el gol número 1.000 de su carrera profesional jugando para su amado Vasco da Gama. Un penal ejecutado al ángulo que emuló la histórica hazaña de Pelé. Aunque la estadística oficial lo sitúa con 772 goles, la mística de los 1.000 tantos consolidó su nombre en el Olimpo del fútbol mundial.

Pero el ídolo también tenía sombras profundas. Fuera del campo, Romario nunca ocultó su desenfrenado apetito por los excesos y las mujeres. Confesó haber tenido relaciones íntimas dentro de los vestuarios del Maracaná y se definió a sí mismo como un “infiel por naturaleza”, afirmando que en su mejor época llegaba a intimar con tres mujeres diferentes en el mismo día. Se casó tres veces, tuvo seis hijos, y en 2009 experimentó la dureza de la cárcel tras ser arrestado por no pagar la pensión alimenticia, además de verse envuelto en acusaciones por evasión de impuestos y un escandaloso esquema de estafas piramidales que dejó a muchos en la ruina.

Fiel a su estilo extravagante y egocéntrico, sus excompañeros relatan cómo el equipo entero solía viajar incómodo en clase económica mientras él, siempre llegando tarde al aeropuerto, se sentaba plácidamente en primera clase degustando copas de champán, sin dar la más mínima explicación a nadie.

Del Césped a los Pasillos del Senado

El giro más sorprendente en la biografía de Romario llegó en 2010. Motivado profundamente por el nacimiento de su hija con síndrome de Down, el polémico exfutbolista ingresó a la política para luchar por los derechos de las personas con discapacidad. Fue elegido diputado y posteriormente Senador de la República con un arrasador 60% de los votos. Desde su nuevo escaño, utilizó su afilada lengua para disparar contra la corrupción institucional, llamando a la FIFA la organización “más corrupta del mundo” mucho antes de que el FBI destapara los históricos escándalos globales.

Nunca pidió perdón por ser quien fue. Con un ego inquebrantable, llegó a declarar sin titubeos que él fue mejor futbolista que figuras modernas como Lionel Messi o Cristiano Ronaldo. Cuando le preguntaban de dónde sacaba tanta confianza, la respuesta resumía su leyenda a la perfección: “Cuando nací, Dios me señaló con el dedo y dijo que yo era el elegido”. Romario es, sin duda alguna, el retrato más fascinante del fútbol sudamericano: un genio indomable que, a pesar de sus innegables defectos, decidió vivir, jugar y conquistar el mundo escribiendo sus propias y rebeldes reglas.

Read More