“Y ahora” continuó Matías, “apareces vos. Así como si nada, como si no hubieran pasado los años, como si yo no me hubiera mandado todas las cagadas del mundo. Porque no vine a hablar con el Matías que terminó preso, interrumpió Julián. Vine a hablar con el Matías que me enseñó a no rendirme. Matías tragó saliva con los kinestol, ojos aún enrojecidos.
Me mirás como si todavía tuviera salvación. Es que la tenés, dijo Julián con convicción. ¿Estás respirando? No, entonces tenés una chance. Hubo una pausa larga. Matías apoyó los codos sobre la mesa y se cubrió el rostro con ambas manos. Era demasiado. Había pasado tanto tiempo sintiéndose invisible, olvidado, que no podía entender como alguien que ahora vivía rodeado de lujos y fama todavía tenía lugar en su corazón para él.
Juli, no sé si puedo salir de acá siendo alguien distinto. Este lugar te rompe. Te hace pensar que ya está todo perdido. Julián se inclinó hacia delante, acercando su voz a un susurro firme. Por eso estoy acá, porque si alguna vez soñamos juntos, vos y yo, en esa canchita de tierra, entonces todavía podemos hacerlo, aunque no sea con una pelota.
Los ojos de Matías brillaban otra vez, pero ya no de tristeza. Ahora era esperanza. una tímida, frágil, pero real. ¿Qué estás pensando?, preguntó con duda. Que cuando salgas no vas a salir solo. Yo te voy a ayudar. No para cambiarte, para recordarte quién eras. Y en ese momento Matías volvió a sentir lo que hacía años había olvidado, que todavía era alguien para alguien.
La charla siguió por más de una hora, pero ya no era un monólogo de culpas ni un recuento de errores. Ahora hablaban como dos chicos reencontrándose después de años, como dos hermanos que la vida había separado, pero que de alguna forma el tiempo volvía a unir. Julián le preguntaba por sus padres, por sus hermanos, por aquella bicicleta que compartían cuando eran chicos, por el perro callejero que solían alimentar.
Y Matías, aunque le costaba, volvía a sonreír. Volvía a recordar. Mi vieja no viene desde hace meses”, dijo Matías con tono bajo. Dice que no puede verme así. Me llama pero no entra. Y mis hermanos ya ni contestan. Y si los invito yo, dijo Julián. Si les pido que vengan a la próxima visita. Matías lo miró incrédulo.
Vos querés hablar con mi familia. Quiero ayudarte a reconstruir lo que valga la pena respondió Julián. No me interesa el que dirán. No me interesa si alguien piensa que estás más allá de la redención. Yo sé quién sos y sé lo que podés volver a hacer. Matías respiró hondo. Le costaba creerlo. Era como si todo estuviera ocurriendo muy rápido.
Años de encierro, de silencio, de rencor hacia sí mismo. Y ahora, una mano extendida. ¿Y qué querés que haga? Preguntó casi como un susurro. ¿Por dónde empiezo? Julián lo miró con firmeza y dijo, “Empezá por creerme, porque si vos no crees en vos mismo, no importa todo lo que haga, pero si me dejas ayudarte, vas a salir distinto, no perfecto, pero libre, no solo de estas paredes, libre de lo que te hiciste creer todo este tiempo.
” Matías lo escuchaba con un nudo en la garganta. El mismo Julián que una vez se quedaba después del entrenamiento pateando al arco solo para mejorar. Ahora estaba ahí pateando por él. jugando el partido más importante, no en una cancha, en la vida. Nunca pensé que alguien como vos murmuró, “Con todo lo que lograste iba a venir a hablar conmigo.
” “Yo tampoco lo pensé”, dijo Julián. “Pero cuando leí tu carta, algo se despertó adentro mío, porque hay cosas que uno no puede abandonar. Y vos, Mati, fuiste parte de mi historia. No te pienso dejar tirado. Los dos quedaron en silencio. Ya no había más que decir. Lo esencial ya se había dicho. Julián se puso de pie. Matías lo imitó.
Se abrazaron fuerte, largo, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si fueran una vez más dos pibes bajo el sol de Calchín pateando una pelota remendada. Y antes de irse, Julián dijo algo que Matías jamás olvidaría. No importa cuántos errores hayas cometido, todavía podés hacer algo bueno con que tu historia.
Julián salió de la prisión con el corazón agitado. El aire fresco del exterior golpeó su cara como una bofetada de realidad. Caminó en silencio hasta el auto sin apuro, procesando cada palabra, cada gesto, cada emoción que acababa de vivir. Había ido a visitar a un amigo preso, pero lo que encontró fue mucho más profundo.
Un ser humano roto, pero no perdido, y esa diferencia lo conmovía. Durante el viaje de regreso no habló con nadie. Apenas saludó al chóer con una sonrisa leve y miró por la ventana todo el camino. Le dolía pensar que mientras él levantaba copas y recibía aplausos, su mejor amigo de la infancia pasaba los días entre paredes grises, olvidado por todos, incluso por él.
Sabía que no podía cambiar el pasado, pero estaba decidido a hacer algo con el presente. Esa misma noche llamó a su equipo legal. les pidió que investigaran el caso de Matías, que revisaran su condena, su comportamiento en prisión y todas las posibilidades legales para reducir su pena o al menos ayudarlo. A empezar una nueva etapa, su representante intentó advertirle que eso podía traerle críticas, que lo asociaran con delincuentes, que se metiera en un terreno delicado para su imagen.
Pero Julián fue contundente. No me importa la imagen, me importa la gente. y Matías fue mi gente mucho antes de que yo fuera alguien. Desde ese momento comenzó a moverse todo en silencio. Julián hizo donaciones anónimas a una fundación que promovía la reinserción social de presos.
pidió acceso a los programas de apoyo educativo dentro del penal y se ofreció a financiar la educación de Matías desde adentro, no para limpiar su imagen, sino para devolverle dignidad, porque sabía que sin herramientas, sin guías, sin apoyo, nadie salía de una cárcel siendo alguien distinto. Al contrario, salían más rotos. Mientras tanto, Matías recibía noticias poco a poco.
Un día lo llamaron a la dirección del penal y le dijeron que podía acceder a libros nuevos. Otro día le ofrecieron inscribirse en un curso de oficios. Semanas después se enteró de que tenía un abogado revisando su causa y entonces lo entendió. Julián estaba cumpliendo lo que le había prometido. Lo estaba acompañando en serio.
Por primera vez desde que entró a prisión, Matías empezó a tener una rutina distinta. Estudiaba, leía, escribía, se despertaba con algo que no sentía hacía años. propósito. Y aunque el encierro seguía siendo difícil, su cabeza ya no estaba encerrada. Soñaba, planeaba, se ilusionaba. Un día escribió una carta para Julián. No era larga.
Decía simplemente, “Gracias por no olvidarte de mí. Me devolviste la vida sin sacarme de acá, pero cuando salga te prometo que no te vas a arrepentir.” Julián leyó esa carta y sonrió. Sabía que todavía faltaba mucho, pero también sabía que lo más difícil ya había pasado, encender la chispa.
Pasaron los meses y aunque el mundo seguía girando con su ritmo frenético, los partidos, las entrevistas, los viajes, las concentraciones, Julián siempre encontraba un momento para saber de Matías. No importaba si estaba en Inglaterra, en Argentina o en una gira por otro continente. Cada tanto pedía informe sobre su progreso.
Preguntaba si estaba bien, si seguía estudiando, si necesitaba algo más. Para el entorno de Julián, ese compromiso constante con un amigo del pasado no tenía sentido. Algunos le sugerían que tomara distancia, que ese tipo de historias eran riesgosas, que podían manchar su carrera, pero él una y otra vez los ignoraba.
Yo no estoy haciendo esto por marketing, decía. Estoy haciendo esto por justicia, por lealtad. En paralelo, Matías se transformaba lentamente. En el penal lo empezaron a ver distinto. Ya no era el interno que siempre estaba solo, metido en líos o al borde de una sanción. Ahora colaboraba, ayudaba a otros, leía a la noche en silencio e incluso daba consejos a los más jóvenes que recién ingresaban.
Había ganado respeto, no por fuerza, sino por cambio real. Un día, en un taller de reinserción, uno de los coordinadores le preguntó, “¿Y qué te hizo cambiar barrera?” Matías lo pensó unos segundos y respondió con sinceridad, que alguien que no tenía ninguna obligación conmigo me dio una oportunidad. Me recordó que todavía era alguien, a veces una sola persona alcanza.
Ese testimonio, se difundió sin que Julián lo supiera. Empezó a correr de boca en boca entre internos funcionarios y hasta llegó a los pasillos del Ministerio de Justicia. Y no pasó mucho tiempo hasta que el abogado de Julián recibió una noticia esperada. Matías había sido incluido en un plan de reducción de pena por buena conducta, estudio continuo y contribución a la vida comunitaria dentro del penal.
Cuando Césch Julián recibió la llamada, se quedó en silencio unos segundos conmovido. Luego preguntó, “¿Cuánto tiempo le queda?” “Si sigue así, podría estar fuera en menos de un año, respondió el abogado. Ilegalmente ya podríamos comenzar a gestionar salidas transitorias supervisadas.” Julián respiró hondo. Por fin, la posibilidad de un reencuentro en libertad se hacía real.
Ese mismo día le escribió una carta a Matías, la más directa de todas. Solo decía, “Prepárate cuando salgas te espera trabajo, casa, dignidad y sobre todo una amistad que sigue viva. No estás solo, Mati. Nunca estuviste. Matías leyó esa carta varias veces sin poder creer lo que estaba viendo. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, durmió con una sonrisa en la cara.
Porque por fin la salida ya no era un sueño lejano, era un plan. Las semanas siguientes fueron distintas para Matías. Cada mañana se despertaba antes que los pne de más. Doblaba su ropa con cuidado. Repasaba los apuntes del curso de soldadura que estaba a punto de terminar. y se sentaba frente a la ventana enrejada de su celda a mirar como el sol se colaba entre los muros.
Ese rayo de luz que antes era solo rutina, ahora le parecía otra cosa, una señal de que la libertad se acercaba. En el penal, sus cambios ya no pasaban desapercibidos. Los guardias lo trataban con respeto, los internos jóvenes lo buscaban para pedirle consejos y los trabajadores sociales lo citaban con frecuencia para conocer su evolución.
Matías hablaba poco, pero cuando hablaba era con firmeza. No intentaba convencer a nadie de que era un nuevo hombre, solo mostraba con actos que estaba caminando otro camino. Julián seguía a distancia, pero conectado a cada paso. ¿Sabía cuántas materias le faltaban a Matías para terminar el curso, cuántas horas había trabajado en la cooperativa interna del penal? ¿Cuántos informes positivos había recibido, pero también sabía que lo más difícil todavía estaba por venir, el momento de salir, porque no es fácil
reinsertarse cuando uno carga con un pasado pesado. No es fácil caminar por la calle y sentir que todos te miran con recelo. No es fácil volver a mirar a los padres a los ojos. Julián lo sabía. Por eso empezó a preparar todo para que el reencuentro fuera digno, no por lástima, sino por justicia.
Habló con una organización social de confianza y les pidió que le dieran a Matías su primer empleo formal apenas obtuviera la salida transitoria, una cooperativa de producción en un barrio del conurbano donde se trabajaba con madera y metales reciclados, un lugar con gente que también había salido del encierro, gente que entendía.
Al mismo tiempo, rentó una pequeña vivienda amoblada con lo básico, pero cálida, cerca del lugar de trabajo. No era lujosa, no tenía adornos ni comodidades excesivas, pero era un hogar, un lugar desde donde Matías podría volver a empezar sin tener que depender de nadie, pero sabiendo que tenía un respaldo, todo estaba listo. Solo faltaba la firma final del juez de ejecución para que la salida bajo custodia se hiciera realidad.
Y una tarde, Matías fue llamado a la oficina de dirección. Lo acompañaron dos guardias. Él caminaba sin saber qué esperar. Pero cuando cruzó la puerta y vio a su abogado, al director del penal y al funcionario judicial firmando papeles, supo que algo importante estaba por pasar. El juez lo miró sin rodeos y dijo, “Señor Barrera, su solicitud de salida transitoria ha sido aprobada.
Sale usted el próximo lunes bajo seguimiento y con permiso de trabajo. Tiene una oportunidad. Aprovéchela. Matías no supo qué decir, solo asintió y cuando regresó a su celda, se sentó en la cama con las manos temblando y escribió una frase en su cuaderno. Julián, lo prometo, no voy a fallar. Llegó el lunes, el día que Matías había imaginado mil veces en su mente, entre rejas y silencio.
Esa mañana se levantó incluso antes del primer silvato del penal. dobló con cuidado la ropa que le habían asignado para salir. Se aseó en silencio y esperó en la banca del pasillo, mientras sus papeles eran revisados una vez más por el personal penitenciario. No había ansiedad en su rostro. Había algo más profundo, determinación, una mezcla de nervios, fe y una promesa grabada a fuego en su alma. No defraudar.
Cuando le indicaron que avanzara, caminó sin mirar atrás. Cruzó las puertas una por una. Cada hierro que se abría era una capa de su pasado que quedaba atrás. Cuando llegó al portón principal y vio el cielo sin rejas por primera vez en años, sintió que el pecho se le abría. Respiró hondo. Era real. Estaba fuera y ahí estaba él.
Julián de pie, apoyado en el capó de un auto sencillo con una gorra baja y una campera liviana. Sonriente, tranquilo, con los brazos abiertos. Matías se detuvo por un segundo. Le costaba procesar que ese amigo que lo había visto en su peor momento seguía ahí, esperándolo, sosteniéndolo, no por obligación, sino por lealtad.
¿Listo para arrancar de nuevo?, preguntó Julián con una sonrisa. Matías no respondió con palabras. Caminó hasta él y lo abrazó fuerte. Cerró los ojos, no lloró. Ya no era momento de lágrimas, era momento de empezar. Durante el viaje hablar un poco. Julián le explicó lo básico, dónde viviría. ¿Cuál era el lugar de trabajo? ¿Qué personas lo acompañarían en el proceso? Todo estaba pensado, cuidado, respetando su intimidad y sus tiempos.
Matías sentía en silencio, conmovido por cada detalle. Al llegar al departamento, Matías subió las escaleras despacio. Cuando abrió la puerta y vio el espacio que Julián había preparado para él, se quedó de pie sin moverse. Una cama limpia, una cocina con los estantes llenos, una mesa, un cuaderno nuevo y una nota manuscrita sobre la almohada.
Bienvenido de nuevo al mundo. Esta vez no estás solo. Matías se sentó en el borde de la cama. Por primera vez sentía que tenía un lugar, no un refugio, no una limosna, un hogar. A la mañana siguiente fue puntual a su primer día de trabajo. Los compañeros lo recibieron con respeto. Nadie lo miró con lástima.
Él no habló mucho, solo se puso el delantal, tomó las herramientas y empezó. Y en ese gesto simple arrancó algo enorme, una vida nueva. Los días se convirtieron en semanas y Matías cumplía cada paso con la firmeza de quien sabe que no tiene margen para errores. Se levantaba temprano, ordenaba su pequeño departamento con disciplina casi militar y salía a trabajar con el alma en marcha.
En la cooperativa nadie lo trataba como aún recién salido de prisión. No le preguntaban por su pasado, no lo señalaban, lo trataban como a uno más. y eso para él valía más que cualquier palabra de consuelo. Su trabajo era en el taller de carpintería, cortando, lijando y ensamblando muebles con maderas recicladas. Cada día aprendía algo nuevo y cada objeto que creaba con sus manos era una victoria silenciosa contra todo lo que había sido.
Una tarde, al terminar la jornada, uno de sus compañeros, un hombre mayor que también había pasado por el encierro, se le acercó con un mate en la mano y le dijo, “Te vi trabajar estos días. Estás haciendo todo bien, hermano. Se nota que no querés volver para atrás. Matías asintió en silencio. No necesitaba más que eso. No buscaba aplausos, solo avanzar.
Al salir del trabajo, Julián lo esperaba en la esquina como cada viernes. Se tomaban una hora para caminar juntos por la costanera, hablar de fútbol del barrio de la infancia. Eran momentos simples, pero profundamente humanos. Ninguno necesitaba decirlo, pero ambos sabían que ese lazo era irrompible. Me dijeron que estás a un paso de terminar el curso de soldadura también, dijo Julián mientras caminaban.
Me faltan dos semanas, respondió Matías. Nunca pensé que podría terminar algo en mi vida. ¿Y qué vas a hacer cuando tengas el título? Lo que venga, lo que me deje seguir siendo libre. Julián sonrió. Lo vas a lograr. Lo estás logrando. Esa noche Matías regresó a su departamento, cenó algo liviano y se sentó frente al cuaderno que tenía sobre el escritorio.
Había estado escribiendo pequeñas reflexiones, frases sueltas, pensamientos que antes se quedaban en su cabeza, pero que ahora necesitaba soltar. En una hoja nueva escribió: “Cada día sin volver al pasado es una victoria que nadie ve, pero yo la siento y eso basta.” Al día siguiente recibió un llamado.
Era el responsable de la fundación que financiaba los cursos donde Matías estudiaba. Barrera. Lo felicito. Terminó con nota perfecta. Y si quiere, tenemos una propuesta para usted. Queremos que además de trabajar con nosotros empiece a dar charlas a los internos que están por salir. Usted puede contarles que sí se puede, porque lo está demostrando.
Matías se quedó en silencio. Por dentro algo se removía. Lo habían llamado para que fuera ejemplo. Él, el que había tocado fondo, el que pensó que su historia no valía y sin dudarlo respondió, “A mí me dieron una oportunidad. Si yo puedo ser eso para alguien más, cuenten conmigo. La primera charla que dio Matías fue en la misma prisión donde había estado encerrado durante años.
Cuando cruzó la puerta de ingreso, sintió un frío en el estómago, no por miedo, sino por respeto. Cada rincón, cada pasillo, cada voz de los guardias le traía recuerdos. Pero esta vez no llegaba con las manos esposadas, llegaba con algo mucho más fuerte, una historia de transformación real. Fue guiado hasta un pequeño salón donde más de 20 internos lo esperaban, muchos de ellos jóvenes, con los ojos duros, pero la mirada perdida, como él mismo había estado no mucho tiempo atrás.
Se paró frente a todos sin papeles, sin discursos escritos, sin poses, solo con la verdad. Buenas tardes, soy Matías Barrera y estuve ahí donde ustedes están sentados. El silencio fue absoluto. Algunos lo reconocían, otros no sabían quién era, pero lo escuchaban. Yo también pensé que mi vida ya estaba escrita, que mis errores me definían, que no tenía nada más para dar, que nadie me iba a esperar afuera.
Pero un día alguien me escribió, no con promesas ni discursos, solo me dijo que todavía tenía algo bueno para ofrecer y eso me alcanzó para cambiarlo todo. Habló durante casi una hora. Contó su caída, su soledad, sus noches llorando sin que nadie lo viera. Contó la visita de Julián.
contó la promesa y lo que estaba haciendo hoy, trabajando, estudiando, ganándose el pan con las manos y la frente en alto. Cuando terminó, no hubo aplausos, hubo silencio. De esos que pesan, de esos que tocan, un interno se levantó y preguntó, “¿Y si uno no tiene a nadie que lo espere como vos?” Matías lo miró con sinceridad absoluta. Entonces te esperás vos mismo, empezas por vos.
Porque cuando uno cambia, la gente lo ve y a veces alguien aparece. Pero primero tenés que dar el paso. La salir del penal. Lo esperaban el director de la fundación y dos voluntarios. Barrera le dijo uno. Si estás de acuerdo, esto lo podemos repetir en otras unidades, en centros de menores, en los barrios. Matías respiró hondo.
Sí, lo quiero hacer, no por mí, sino por todos los que no tuvieron a un Julián Álvarez que los visitara. Esa misma tarde, Julián lo llamó por videollamada. Estaba en una gira con su equipo, pero no quería dejar pasar el momento. ¿Cómo fue? Intenso, verdadero. Creo que hice algo bueno hoy, hermano. No lo creo, dijo Julián. Lo hiciste y lo vas a seguir haciendo.
Matías colgó, miró por la ventana de su casa y sonrió. Ahora entiendo”, murmuró. No es solo salir de la cárcel, es salir del que uno fue. Pasaron algunos meses y la vida de Matías se había transformado de una forma que ni él mismo habría imaginado. No solo trabajaba en la cooperativa y daba charlas en distintas cárceles y centros de reinserción, sino que había empezado a colaborar en un proyecto comunitario que enseñaba oficios a jóvenes en situación de riesgo.
Lo que antes era silencio y oscuridad, ahora era propósito. Camino. Un domingo por la tarde, mientras regresaba a su casa, luego de dar una charla en un instituto de menores, recibió un mensaje de Julián. Tengo una sorpresa para vos. ¿Podés venir mañana a la tarde? Matías no preguntó nada, solo respondió con un Allí estaré.
Al día siguiente llegó al lugar que Julián le indicó. Era un predio amplio en la periferia de la ciudad, donde funcionaba un centro de formación deportiva y social que el propio Julián había ayudado a levantar con su fundación. Cuando Matías cruzó el portón, lo estaban esperando. ¿Qué es esto?, preguntó confundido. Julián sonrió.
Este lugar es para pibes que están al borde de caer. Muchos de ellos ya pasaron por situaciones feas como las que vos conocés. No tienen familia, no tienen guías. Lo que les falta es alguien que los mire como vos los mirás cuando hablás. Quiero que seas parte de esto. Oficialmente, Matías lo miró sorprendido.
¿Querés que yo trabaje acá? Quiero que vos seas uno de los referentes, que ayudes a que estos chicos no terminen donde vos estuviste, que uses tu historia para cambiar otras. Nadie mejor que vos puede hacerlo. Matías no supo qué decir, solo asintió. Sintió que por primera vez no solo estaba reconstruyendo su vida, sino construyendo algo más grande, algo que podía permanecer.
Aquel mismo día firmó su nuevo contrato de trabajo. Lo abrazaron, lo felicitaron. era parte de un equipo. Tenía una credencial con su nombre, una oficina pequeña, una remera con el logo del centro y, sobre todo, tenía una misión. Esa noche volvió a casa caminando, despacio, sin auriculares, sin música, solo pensando en silencio, porque ese silencio ya no era soledad, era paz.
entró a su hogar, se sacó la campera, se sirvió un vaso de agua y abrió su cuaderno de siempre. En la última página en blanco escribió, “Yo no salí solo de la cárcel, salí de mí mismo y ahora no voy a volver jamás.” El tiempo pasó y con él las heridas se fueron cerrando del todo. Matías, aquel joven que alguna vez había perdido la fe, no solo había rehecho su vida, la había redirigido hacia algo mucho más profundo.
Se había convertido en un ejemplo, en un faro para otros que, como él creyeron alguna vez que ya no había salida. Un día, en una actividad abierta al público en el centro comunitario, se organizó una charla especial con varios referentes sociales, entre ellos estaba Matías. Y para su sorpresa, Julián también iba a participar.
El auditorio estaba lleno. Jóvenes, adultos, exconvictos, madres solteras, entrenadores, vecinos del barrio. Todos querían escuchar. Todos querían entender cómo alguien puede caer tan bajo y aún así levantarse. Matías subió al escenario acompañado de Julián y cuando le tocó hablar lo hizo desde el corazón. Muchos me preguntan cómo salí de donde estuve.
Y yo siempre digo lo mismo. Porque alguien creyó en mí cuando ni yo creía. Porque me dieron dignidad en lugar de lástima, porque alguien me miró como un ser humano, no como un caso perdido. Julián, sentado a su lado, lo miraba con orgullo. No necesitaba decir nada. Su presencia hablaba por sí sola. Matías continuó.
No soy un héroe, no soy mejor que nadie, pero sí soy testigo de que la vida se puede cambiar, que una amistad verdadera, una mano tendida en el momento justo, puede ser la diferencia entre hundirse o volver a empezar. Al terminar la charla, los aplausos no fueron de entusiasmo vacío. Fueron aplausos de respeto, de emoción real. Algunos lloraban, otros lo abrazaban.
Y entre todos un joven se acercó tímidamente a Matías con una remera vieja. Los ojos duros y la voz quebrada. Señor, ¿usted cree que yo también puedo? Matías no dudó. Si estás dispuesto a pelearla. Sí, yo también estuve donde estás vos y hoy estoy acá. Al salir del evento, Julián lo abrazó fuerte. Vos me cambiaste la vida también, Mati.

Nunca lo olvides. No, dijo Matías. Vos me la devolviste. Y con esa frase caminaron juntos hacia la salida dos amigos, uno campeón del mundo, el otro campeón de sí mismo. Si esta historia te atrapó, suscríbete al canal y activa la campana para más relatos impactantes. Déjame tu comentario, qué habrías hecho en el lugar de Julián Álvarez.
Nos vemos en el próximo