Descripción completa de la misa con presencia real. Año 155. Concilio de Trento, donde inventaron la transubstancia. Año 1545. Había una brecha de 100 años entre lo que yo había enseñado y lo que los documentos históricos decían. 1400 años. Empecé a sudar frío. Durante las semanas siguientes, no dormir bien, se volvió mi nueva normalidad.
Patricia notaba que algo pasaba, me preguntaba qué tenía. Yo le decía que era presión de la iglesia, a trabajo acumulado. Mentía, porque no sabía cómo decirle lo que estaba descubriendo, [música] porque ni yo mismo sabía todavía qué hacer con eso. Leí a San Clemente de Roma. Su carta a los corintios fue escrita aproximadamente en el año 96 después de Cristo, mientras el apóstol Juan todavía vivía.
Clemente era el obispo de Roma y escribe a los corintios con una autoridad que no pide disculpas, no sugiere, no recomienda, corrige y ordena con la autoridad de quien se sabe en la línea directa de algo sagrado. Leía San Policarpo de Esmirna, discípulo directo del apóstol Juan, que falleció mártir a los 86 años sin haberse apartado nunca de la fe que recibió.
Leía a San Ireneo de León, que en el año 180 escribe que para conocer la fe apostólica auténtica hay que mirar a Roma, porque en Roma confluye la tradición de los apóstoles Pedro y Pablo. Cada documento me decía lo mismo, lo mismo, lo mismo. La misa, los sacramentos, los obispos, la Eucaristía como cuerpo y sangre de Cristo, la autoridad del obispo de Roma, todo presente, vivo, claro, en escritos que tienen entre 1800 y 1900 años.
Y yo había pasado 12 años enseñando que era una invención medieval. El jueves 28 de abril de 2022 me quedé solo en el estudio hasta las 3 de la mañana. Patricia dormía, los niños dormían. La casa estaba en un silencio que parecía físico, que tenía peso. Yo tenía frente a mí el cuaderno con las dos columnas y en ese momento, a las 3 de la mañana me quebré. No lloro fácilmente.
Soy un hombre de voz calmada que siempre ha creído que las emociones se controlan. Pero esa noche, en ese estudio que olía a café viejo y a papel impreso, lloré como no había llorado desde el fallecimiento de mi madre. Un llanto que no tenía sonido, solo el cuerpo temblando. No lloraba por rabia, lloraba porque acababa de entender algo que no tenía vuelta atrás.
Me habían mentido. No con mala intención. Quizás mi abuelo Erneston no lo sabía, mi presbítero no lo sabía. Nadie me había dicho nunca, Rodrigo, antes de enseñar que esto fue inventado en el siglo X, lee lo que escribieron en el siglo iero. Y luego pensé algo mucho peor que eso. Yo también había mentido. Yo también había estado frente a 130 familias de esa congregación durante 12 años.
enseñándoles algo que simplemente no era cierto. Felipe, el joven de 23 años que me trajo la lista, ya lo sabía. Había intentado avisarme con humildad y respeto y yo lo había despachado con condescendencia de experto. Rodrigo me dije esa noche en voz alta, completamente solo en ese cuarto oscuro. Tienes que hacer algo con esto.
No hice nada durante 4 meses. Lo sé. Era cobardía y no voy a llamarlo de otra manera. Seguí dando mis clases de apologética, seguí siendo el anciano, seguí presentándome cada domingo como el hombre que tenía las respuestas, pero por dentro algo se había partido. Cada vez que ponía un argumento anticatólico frente a mi congregación, me sentía un fraude completo.

En septiembre de 2022, por fin le dije a Patricia lo que había descubierto. La conversación duró 4 horas largas. Patricia es una mujer inteligente y valiente. No gritó, no lloró, escuchó. Y cuando terminé me dijo algo que todavía me emociona cuando lo recuerdo. Rodrigo, si eso es lo que los documentos dicen, tenemos que seguir la verdad aunque cueste. Pero costó. Vaya, si costó.
Le comuniqué mi renuncia como anciano al presbítero en octubre de 2022. No le dije que me estaba siendo católico todavía, solo que tenía dudas sobre algunas cosas y necesitaba tiempo para procesarlas. El presbítero, el hermano Guillermo Torres, que me conocía desde que yo tenía 20 años y era casi como un segundo padre para mí, me miró con una mezcla de tristeza y confusión que todavía me duele recordar.
Cuando mis amigos más cercanos de la congregación se enteraron de que yo estaba asistiendo a una parroquia católica, las llamadas comenzaron. La primera fue del hermano Álvaro Castañeda, con quien había compartido 12 años de ministerio hombro a hombro. me llamó a las 9 de una noche de noviembre y me dijo, “Rodrigo, me parece imposible que tú, que enseñabas apologética, vayas a caer en eso.
” La llamada duró 16 minutos. Terminó mal. No volvió a llamarme por más de 3 años. Mi hermana mayor, Claudia, que es presbiteriana de Bota y con quien siempre habíamos sido muy unidos, no me habló durante 5co meses. Cinco meses de silencio entre los dos, que habíamos crecido juntos compartiendo cada cosa. Mi suegro, don Ricardo, en el almuerzo de Navidad de 2022 le dijo a Patricia frente a toda la familia, Patricia, ¿te das cuenta de lo que está haciendo tu marido? No me habló a mí directamente, como si yo ya no estuviera presente en
la mesa, pero el momento más duro de todos no fue ninguno de esos. El momento más duro fue una tarde de octubre cuando Sebastián, mi hijo mayor, que tenía 15 años, llegó del colegio y me dijo con los ojos hacia el suelo, “Papá, ¿es verdad que te vas a volver católico? Es que en el colegio me están molestando por eso.
” Ese fue el momento en que consideré seriamente rendirme, no por mí, por él, por ese muchacho de 15 años que yo amaba con todo lo que soy y que estaba pagando un costo que no le correspondía. Pero ya no podía desaprender lo que había aprendido. Cuando uno sabe lo que sabe, no puede desandarlo. En enero de 2023 entré por primera vez a la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en el barrio La Soledad de Bogotá.
Era un martes a las 11 de la mañana y la iglesia estaba prácticamente vacía. Me senté en la última banca, lo más cerca posible de la puerta de salida. No sabía qué hacer con mis manos. No sabía cuándo sentarme, cuándo levantarme, cuándo persignarme. Miré el sagrario durante 20 minutos sin moverme.
Un sacerdote de unos 55 años, con el cabello gris y unos lentes redondos que le daban un aire de profesor distraído, se acercó lentamente y se sentó a mi lado. No dijo nada durante un rato, solo estuvo ahí en silencio, mirando también hacia el frente. Luego me extendió la mano y dijo con una voz tranquila, “Padre Tomás Arango, ¿puedo ayudarte en algo?” Le miré y no supe bien por dónde empezar, así que empecé por el principio.
Padre, fui anciano presbiteriano durante 12 años. Enseñé apologética anticatólica. Mi biblioteca tiene 73 libros refutando el catolicismo. Y llevo 10 meses leyendo a los padres de la iglesia. Y lo que encontré no coincide con nada de lo que yo enseñé durante una década. No sé qué hacer con lo que sé. El padre Tomás me escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, me miró por encima de los lentes y sonró de una manera que no tenía nada de triunfo. Dijo, “Eso se llama gracia. Bienvenido. El padre Tomás Arango fue durante los 16 meses siguientes la persona más importante de mi proceso. No me convenció de nada. No necesitaba convencerme. Lo que hizo fue algo completamente diferente.
Me acompañó con paciencia sin límite. Respondí a mis preguntas sin soberbia. Cuando yo llegaba con un argumento protestante nuevo, él no lo descartaba. lo estudiaba conmigo. Me decía, “Mira qué dice San Agustín sobre esto. Mira qué dice el concilio de Nicea. Mira qué dice el apóstol Pablo en ese contexto completo. Me visitó en mi casa cuatro veces a tomar café en la sala, a hablar con Patricia, a conocer a Sebastián y a Ana Lucía.
La tercera vez que vino, Sebastián, que tenía 16 años para entonces, le preguntó de frente, “Padre, ¿por qué la Iglesia Católica tiene tanto poder político si se supone que es de Cristo? No lo preguntó con respeto forzado, lo preguntó con el tono directo y un poco desafiante que tienen los adolescentes inteligentes cuando quieren ver si el adulto tiene o no tiene respuestas reales.
El padre Tomás se acomodó en el sofá, se tomó el café con calma y pasó casi una hora completa respondiéndole con una honestidad que me sorprendió. Habló de los errores históricos de la Iglesia sin esconder nada. habló de las cruzadas, de la Inquisición, de los papas corruptos del Renacimiento. No los justificó, los explicó con alucidez de quien conoce bien la historia y no le tiene miedo.
Cuando el padre Tomás se fue esa tarde, Sebastián me dijo mientras cerrábamos la puerta, [música] “Papá, ese man sí sabe lo que cree.” Ese comentario de mi hijo de 16 años fue en cierta forma mi propia confirmación interior. Empecé el proceso de RCIA, el rito de iniciación cristiana para adultos en septiembre de 2023. Era un grupo de 16 personas con historias muy distintas.
Una mujer que venía del Islam, un joven que había crecido completamente sin ninguna religión, una pareja de venezolanos que eran evangélicos. Nos reuníamos cada martes por la noche en el salón parroquial de Nuestra Señora del Carmen. Fue en ese proceso donde pasé de entender el catolicismo intelectualmente a comenzar a vivirlo desde adentro.
Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas. Yo ya sabía todo lo que San Ignacio decía sobre la Eucaristía. Lo sabía de memoria. Pero saber una cosa es muy distinto a estar de rodillas frente a esa misma realidad durante una hora de adoración en silencio, sin que nadie te exija nada. La primera vez que fui a la adoración eucarística fue un miércoles de octubre de 2023 a las 7 de la noche.
La capilla de adoración perpetua de la parroquia era un cuarto pequeño con espacio quizás para unas 20 personas. Había como 12 cuando llegué en un silencio que no era vacío, sino lleno, lleno de algo que yo no sabía nombrar todavía. Me senté en la última silla, miré la custodia, miré la blanca en el centro y pensé, San Ignacio de Antioquía se arrodillaría exactamente aquí ante esto mismo.

San Justino mártir llamaría esto con exactamente las mismas palabras que estoy pensando ahora. No es una tradición inventada, es lo más antiguo que existe en el cristianismo. Es lo primero que tenían. Y algo pasó en mi pecho que no sé de escribir con precisión. No fue un éxtasis, no fue una visión, fue algo mucho más sencillo y mucho más profundo.
Fue como cuando uno lleva mucho tiempo cargando algo muy pesado y de repente por fin lo deja caer. Lloré en silencio durante 20 minutos. Nadie me dijo nada. Nadie me miró raro. Cuando salí de esa capilla a las 8 de la noche, el cielo sobre Bogotá tenía ese color naranja que tiene a veces en noviembre y yo era, [música] en alguna forma que todavía no entiendo completamente, una persona diferente a la que había entrado.
El 30 de marzo de 2025 fue el sábado santo, la vigilia pascual. La iglesia estaba a oscuras cuando llegamos. Patricia caminó a mi lado con la mano tomada de la mía. Sebastián venía detrás con Ana Lucía. Y mi hermana Claudia, que hacía 8 meses había vuelto a hablarme y había empezado a hacerse sus propias preguntas en silencio, vino esa noche también.
No fue bautizada, vino como testigo, pero vino. La ceremonia empezó con el fuego nuevo en el atrio. El padre Tomás bendijo las llamas. El sirio pascual fue encendido y luego comenzó esa procesión de luz en la oscuridad con toda la congregación portando velas encendidas mientras el padre Tomás cantaba el pregón pascual.
Alégrate, iglesia de Dios. Éramos 11 los que íbamos a ser bautizados o recibidos en la iglesia esa noche. Cuando llegó mi turno, me incliné sobre la pila bautismal. El agua fría cayó sobre mi cabeza tres veces. El padre Tomás Arango pronunció las palabras que San Ignacio de Antioquía conocía, que San Justino Mártir conocía, que los primeros cristianos de Roma conocían antes de que los leones los despedazaran.
Rodrigo Esteban, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Me incorporé. Patricia estaba llorando con la mano en la boca. Ana Lucía tenía los ojos brillantes y llenos. Sebastián, mi hijo de 18 años que no llora fácilmente, tenía la cabeza inclinada y los labios apretados de la manera en que uno los aprieta cuando está haciendo todo lo posible por contenerse.
Luego recibí la confirmación y luego por primera vez en mi vida, me acerqué a recibir la Eucaristía, el cuerpo de Cristo. La misma fe que Ignacio de Antioquía defendió mientras iba encadenado hacia su martirio. La misma fe que Justino mártir describió ante el emperador romano en el año 155, 400 años antes de que el catolicismo existiera según lo que yo había enseñado.
No soy capaz de describir lo que sentí en ese momento. Solo sé que cuando volví a mi asiento y me arrodillé durante un minuto, no pude ni pensar. Solo estar, solo estar ahí. Eso fue suficiente. Han pasado casi 12 meses desde esa vigilia pascual. Voy a la misa diaria desde hace 6. Patricia empezó su propio proceso de RCIA en agosto de 2025 y fue recibida en la iglesia en diciembre de ese mismo año.
Mi hermana Claudia todavía está haciendo preguntas. No sé a dónde llegará, pero sé que las preguntas honestas tienen sus propios tiempos y sus propios caminos. El hermano Álvaro Castañeda, mi amigo de 12 años de ministerio, que no me había vuelto a llamar, me llamó en enero de 2026. La conversación fue muy distinta a la de 3 años atrás.
me dijo, “Rodrigo, no comparto lo que hiciste, pero te respeto y te extraño. Ese fue uno de los mejores regalos que he recibido en mucho tiempo. Mi suegro, don Ricardo, todavía no habla mucho conmigo en los almuerzos familiares. Eso duele. Quizás siempre dolera un poco, pero Patricia me contó que a veces él se queda solo en la sala por las noches con un libro que ella no había visto antes en su casa.
No le preguntó de qué era. Yo tampoco le pregunté a Patricia. A veces pienso en Felipe, el joven de 23 años que me dejó esa lista en enero de 2022. No sé dónde está ahora, no sé si llegó a la iglesia cosó otro camino. Pero donde sea que esté, quiero que sepa esto. Esa lista cambió mi vida. La lista y la valentía tranquila que tuvo para entregársela a alguien que podría haberlo humillado sin ningún esfuerzo.
Los 73 libros anticatólicos todavía están en mi biblioteca. No los tiré. A veces los saco y los abro, no para refutarlos. sino para entender el camino que recorrí, para recordarme que la ignorancia no siempre es culpa, que a veces simplemente nadie nos mostró los documentos. Pero si alguien me los hubiera mostrado antes, si alguien me hubiera dicho, “Rodrigo, antes de enseñar que esto fue inventado en el siglo XV, lee lo que escribieron los discípulos de los apóstoles.
Si alguien me hubiera dicho eso cuando yo tenía 30 años, quizás hoy no estaría aquí contando esta historia. O quizás sí, quizás la gracia tiene sus propios tiempos. Yermío pasó por la lista de un joven de 23 años por 73 libros equivocados, por un martes ordinario a las 9 de la noche y una carta escrita por un hombre que iba camino al martirio pensando no que estaba inventando algo nuevo, sino que estaba transmitiendo lo que había recibido, lo que había recibido de Juan, lo que Juan había recibido de Cristo. Mi
nombre es Rodrigo Esteban Valverde Parra. Tengo 44 años y estoy agradecido de haberme convertido al catolicismo. Leí a los discípulos de los apóstoles y no pude seguir ignorando lo que decían. Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto. Si este vídeo tocó algo en ti, si te sentiste identificado o si simplemente te hizo reflexionar, te invitamos a suscribirte al canal.
Activa las notificaciones para que no te pierdas los próximos testimonios. Comparte este vídeo con alguien que necesite escucharlo. A veces una historia puede cambiar una vida. Y déjanos saber en los comentarios qué te llevaste de este testimonio. Tienes tu propia historia. Nos encantaría leerte. Recuerda, la fe es un camino y en ese camino nunca estás solo.
Te esperamos en el próximo testimonio. Hasta pronto.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.