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La enfermera revela los últimos momentos de Michael Jackson antes de su muerte en el hospital

El 19 de abril de 209, a las 4:30 de la madrugada, Michael Jackson se puso de pie sobre su propia cama y le gritó a una enfermera que estaba sentada en la oscuridad de su habitación. No entiendes. Tú no entiendes lo que me está pasando. Esa enfermera se llamaba Cherilyn Lee. Llevaba semanas tratando al hombre más famoso del mundo con infusiones de vitaminas y nutrientes, intentando devolverle energía a un cuerpo que ya no respondía.

Y en ese momento, parada frente a un hombre de 50 años, delgado, tembloroso, de pie sobre un colchón a las 4 de la mañana, comprendió algo que nadie más en su círculo íntimo parecía querer ver, que Michael Jackson estaba desesperado, que estaba agonizando en cámara lenta y que nadie a su alrededor iba a detenerlo.

Lo que Cherilyn Lee presenció esa noche es apenas una pieza de un rompecabezas que tardaría años en ensamblarse completo a través de juicios, testimonios bajo juramento, autopsias y declaraciones de médicos, guardaespaldas y paramédicos que estuvieron presentes durante las últimas horas de vida del rey del pop. Este es el relato de lo que ocurrió realmente contado desde las voces de quienes estuvieron ahí.

Cherry Lyn Lee no era una enfermera ordinaria, era especialista en medicina, alternativa y nutrición y había comenzado a tratar a Jackson en febrero de 2009, cuando el cantante se quejó de falta de energía y agotamiento físico. Sus sesiones consistían en administrarle vitaminas y minerales por vía intravenosa en pequeñas dosis.

Ella misma declaró en la corte que cuando lo conoció, Jackson gozaba en general de buena salud. Los problemas de sueño existían, sí, pero al principio no parecían graves. Al menos eso creyó ella durante las primeras semanas. El 12 de abril de 209 algo cambió. Jackson la llamó y le dijo con una claridad que la perturbó.

No puedo dormir y todos los productos naturales que me recomiendan no me hacen nada. Cuando duermo, quiero dormir todo seguido. Le pidió que hiciera estudios del sueño. Él le respondió que no podía, que no tenía tiempo. Los ensayos de la gira de sit consumían sus días. 50 conciertos en el ODOS Arena de Londres esperaban a partir de julio.

Las entradas ya estaban vendidas. Los productores ya habían invertido 25 millones de dólares. No había tiempo para estudios del sueño. No había tiempo para nada que no fuera bailar, ensayar y fingir que todo estaba bajo control. Una semana después, el 19 de abril, Jackson le pidió algo que Cherilyn Lee no esperaba.

Quería que se quedara a verlo dormir. Ella accedió. Se sentó en la oscuridad de su habitación en la mansión de Carol Wood Drive en Holmby Hills. Mientras Jackson intentaba conciliar el sueño. Logró dormirse alrededor de las 10 u 11 de la noche. A las 3 de la mañana se despertó 4 horas de sueño y ya no pudo volver a cerrar los ojos.

Luego, a las 4:30 fue cuando ocurrió lo que ella recordaría por el resto de su vida. Jackson se levantó de golpe, se paró sobre la cama y comenzó a decirle que tenía que conseguirle propóofol. No diprivan, no anestesia lo llamó directamente por su nombre comercial, como si lo conociera de toda la vida. Le dijo que era la única sustancia que realmente lo hacía dormir, que era la única que funcionaba.

Ella declaró ante la corte. Le dije, “Entiendo lo que quieres. Quieres que te dejen inconsciente para poder dormir, pero ¿qué pasa si no te despiertas?” Y Jackson le respondió con una calma que resultaba más perturbadora que cualquier grito. “No entiendes. Estaré seguro mientras haya alguien que me monitoree.” Cherilin Lee se negó.

le explicó que el propóofol era un anestésico de uso exclusivamente hospitalario, que no podía administrarse en casa sin equipos de monitoreo, sin sala de reanimación, sin personal especializado. Le dijo algo más, que cualquier médico que estuviera dispuesto a administrarle propóofol en su casa, no lo hacía porque se preocupara por él, lo hacía por dinero.

Jackson la escuchó y esa fue la última vez que Cherilin Lee trabajó para él. Días después, un cardiólogo llamado Conrad Murrey aceptó el trabajo. El contrato estipulaba 150,000 mensuales. Murrey fue el médico que dijo que sí, pero para entender lo que ocurrió el 25 de junio, hay que entender la noche anterior. El 24 de junio de 2009, Jackson llegó al Staple Center de Los Ángeles para uno de los últimos ensayos generales de DC.

Lo que sucedió esa noche sorprendió a todos. Cantó, bailó, repasó el repertorio completo, incluyendo Earth Song y They don’t care About Us. Su equipo de coreógrafos y directores quedó sin palabras. Alguien que semanas antes llegaba confundido a los ensayos, incapaz de recordar las letras de sus propias canciones, parecía haber resucitado.

Kenny Ortega, director artístico de la gira, que apenas unos días antes había enviado un correo electrónico a los productores de AEG Lef, advirtiendo que Jackson no podía terminar los ensayos debido a su deterioro físico. Esa noche vio a un hombre diferente. Fue un destello, un último instante de aquello que Michael Jackson había sido.

Al terminar el ensayo, pasada la medianoche, Jackson regresó a su mansión en Holmby Hills, acompañado por Murray. Según los testimonios presentados durante el juicio, lo que ocurrió durante las siguientes horas fue una batalla entre un hombre que no podía dormir y un médico que fue cediendo una barrera tras otra.

Murray declaró que intentó ayudar a Jackson administrándole primero Loracepam, luego Midazolam. Ninguno funcionó. Jackson seguía despierto, ansioso, pidiendo más. Finalmente, alrededor de las 10:40 de la mañana del 25 de junio, Murray le administró 25 ml de propofol por vía intravenosa, la dosis que Jackson llamaba su leche por el color blanquecino del líquido.

Jackson se durmió. Murrey abandonó la habitación. Según el testimonio de Alberto Álvarez, uno de los guardaespaldas de Jackson, cuando el médico regresó al dormitorio, el cuerpo sobre la cama ya no respiraba. Lo que hizo Murray en ese momento es uno de los detalles más oscuros de todo el caso.

Antes de llamar al número de emergencias, el médico recorrió la habitación y comenzó a guardar en una bolsa los viales de medicamentos y la línea intravenosa que había utilizado. El guardaespaldas Álvarez declaró bajo juramento que Murray le pidió que se deshiciera de esas bolsas antes de que llegaran los paramédicos. La llamada al 911 se realizó a las 12:21 minutos del mediodía, no a las 10:40, no a las 11, a las 12:21.

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