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Exigieron la perfección absoluta a su único hijo en Sevilla y ahora lloran desconsolados al ver en qué se ha convertido realmente

Exigieron la perfección absoluta a su único hijo en Sevilla y ahora lloran desconsolados al ver en qué se ha convertido realmente

PARTE 1

En Sevilla, cuando aprieta el calor, hasta las ideas se derriten un poquito. Las persianas bajan como si la ciudad entera estuviera echándose la siesta, los bares sacan los ventiladores a la terraza y siempre hay alguien diciendo: “Esto no es calor, esto es una freidora de aire”. Pero en el piso de los Zambrano, en pleno barrio de Nervión, no se derretía nada. Allí todo estaba ordenado, medido, calculado y plastificado.

Especialmente la vida de Mateo.

Mateo Zambrano tenía once años y una cabeza que, según su padre, “no era normal”. Y cuando Javier Zambrano decía que algo no era normal, lo decía como si estuviera anunciando una nueva ley física. Javier era gestor financiero, de esos hombres que planchan hasta los vaqueros y que se ponen colonia para bajar la basura. Su mujer, Rocío, era profesora de instituto, pero no de las que entran en clase con ojeras y un café de máquina. Rocío corregía exámenes con bolígrafo rojo, verde y azul, según la gravedad del error. En su casa, hasta el frutero parecía tener rúbrica de evaluación.

Mateo, por su parte, solo quería una bicicleta azul.

No una beca internacional. No una entrevista en televisión. No una medalla con cinta roja. Una bicicleta azul con timbre, cesta pequeña y ruedas lo bastante grandes como para seguir a su primo Nico por el parque de María Luisa sin quedarse atrás.

Pero aquel deseo, en casa de los Zambrano, sonaba casi vulgar.

—Una bicicleta —repitió Javier una tarde, dejando las gafas sobre la mesa del comedor—. ¿Para qué quiere una bicicleta un niño que está preparándose para la Olimpiada Matemática Juvenil Europea?

—Para montarse, papá —dijo Mateo, con una lógica tan limpia que por un segundo pareció que iba a ganar la discusión.

Javier lo miró como si acabara de proponer invertir todos los ahorros familiares en una tienda de abanicos para pingüinos.

—Mateo, cariño —intervino Rocío, más dulce, pero igual de firme—, las bicicletas están muy bien para otros niños. Pero tú tienes una oportunidad que no tiene cualquiera.

—Nico tiene una bici —murmuró él.

—Nico también suspendió Conocimiento del Medio porque escribió que el Guadalquivir desemboca en Cádiz “más o menos” —dijo Javier—. No pongamos a Nico como referente.

Mateo bajó la vista. Encima de la mesa había un cuaderno de problemas, una calculadora que no le dejaban usar, tres lápices perfectamente afilados y un plato con rodajas de manzana cortadas en forma de media luna. Su madre decía que el azúcar de las galletas le daba picos de energía y luego bajones. Mateo no sabía qué era peor, si los picos, los bajones o la manzana triste.

Desde muy pequeño había tenido facilidad para los números. Con cuatro años contaba las baldosas del portal. Con cinco descubrió que los botones del ascensor tenían una relación secreta con los pisos, las luces y los tiempos de espera. Con seis, durante una cena familiar, corrigió a su tío Manolo porque había calculado mal el precio por persona de una mariscada.

—Este niño es un genio —dijo entonces la abuela Carmen, orgullosísima.

Y esa frase, que en otra casa habría quedado como anécdota para Navidad, en casa de los Zambrano se convirtió en un contrato.

 

Desde entonces, Mateo dejó de ser simplemente Mateo. Pasó a ser “el niño”. “El niño promete”. “El niño tiene capacidad”. “El niño no puede perder el tiempo”. “El niño, si se enfoca, llega donde quiera”.

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