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LUIS BRANDONI: La Hija que OCULTÓ 60 Años… y la Carta que su Nieta Publicó Cuando Ya Era Tarde

 Una historia que arranca cuando él tenía apenas 17. Una historia que involucra a una mujer joven, a un embarazo inesperado y a una decisión que marcó para siempre a una persona que nunca eligió nada de lo que le tocó vivir. Una persona que creció sabiendo quién era su padre. una persona que vio su cara en los afiches, en la televisión, en los homenajes.

Una persona que esperó décadas para que ese hombre la pusiera en el centro de su historia y que esperó en vano. Y hay una carta, una carta que una joven publicó en las redes sociales pocos días después de su muerte desde las sierras de Córdoba. con pocas palabras y con toda la fuerza del mundo.

 Una carta que en pocas líneas dijo lo que 60 años de silencio no pudieron callar. Una carta que los medios tocaron de pasada y que nadie se animó a desarrollar del todo. ¿Quién escribió esa carta? ¿Qué decía exactamente? ¿Y por qué las propias palabras de esa joven destruyen para siempre la imagen del héroe intachable que los homenajes construyeron? Eso es exactamente lo que vas a descubrir hoy.

Pero hay algo más, porque esta historia no termina con una carta. Esta historia termina con una herencia millonaria, con un departamento en el centro de Buenos Aires, con un juicio sucesorio que acaba de empezar y con tres hermanas que nunca se criaron juntas, pero que hoy comparten un apellido, un dolor y tal vez algo que se parece a una reparación tardía.

Quédate porque lo que viene es lo que nadie te contó. Para entender esta historia hay que empezar desde el principio, desde el verdadero principio. No desde la fama, no desde los premios, desde Dogs Sud. Docud en los años 40 era un mundo aparte, una zona industrial densa con olor a puerto y a fábrica, pegada a Abellaneda en el conurbano bonaerense.

El lugar donde nacían los chicos que iban a trabajar desde jóvenes, que iban a aprender un oficio, que iban a sostener a sus familias antes de cumplir 20 años. No era el mundo del teatro, no era el mundo de los flashes, ni de las alfombras rojas, ni de los premios. Era el mundo real, el de la pileta en el patio y el almuerzo del domingo con toda la familia apretada alrededor de una mesa chica.

Adalberto Luis Brandoni nació ahí el 18 de abril de 1940, hijo de una familia de trabajadores, criado en ese ambiente donde el lujo no existía, pero el orgullo sí, donde la palabra empeñada valía más que cualquier contrato, donde uno era lo que hacía, no lo que decía. Y en ese mundo, Brandoni tenía algo distinto, algo que no se aprende en ningún conservatorio, algo que se tiene o no se tiene, una presencia, una forma de mirar que atravesaba a la gente, una manera de ocupar el espacio que hacía que todos lo miraran a él, aunque hubiera 100

personas más en la habitación. Pero antes de que ese don se transformara en carrera, antes de que el teatro lo eligiera o él eligiera el teatro, pasó algo. Corría el año 1957. Brandoni tenía 17 años. 17 años. Pensá en eso. La edad en que uno todavía no sabe bien quién es. La edad en que las decisiones se toman desde el impulso, desde el momento, desde esa mezcla de adrenalina e ingenuidad que tiene la juventud y que después, cuando la vida pesa, uno mira hacia atrás y no sabe si fue valentía o inconsciencia.

A los 17 años, Brandoni tuvo una relación con una joven llamada Juana. Una relación breve, una relación que él mismo describió décadas después en su libro autobiográfico, con una economía de palabras que dice tanto por lo que incluye como por lo que deja afuera. “Tuve una relación fugaz”, escribió con una joven llamada Juana.

 Ella quedó embarazada e inmediatamente se fue al interior del país con su familia. Eso es todo. Una sola oración. Como si 65 años de historia pudieran caber en una sola oración, como si el peso de lo que siguió después de esa frase pudiera resumirse en 20 palabras. Pero, ¿qué pasó realmente? ¿Quién era Juana? ¿Por qué se fue? ¿Fue una decisión de ella? ¿Fue una decisión de su familia? Fue una conversación que tuvo con Brandoni y que terminó en esa partida hacia el interior o fue una huida silenciosa, sin despedida, sin explicaciones de esas que ocurrían en la

Argentina de los años 50, cuando una chica joven quedaba embarazada y la familia decidía que lo mejor era irse lejos y empezar de nuevo. Eso no se sabe porque Brandoni nunca lo contó y Juana nunca habló públicamente. Y lo que quedó entre esos dos jóvenes de 17 años en 1957 se quedó ahí guardado, enterrado bajo décadas de silencio y de fama y de homenajes.

Lo que sí se sabe es lo que vino después. Esa criatura nació, se llamó Soy la Adriana. Creció en el interior del país, lejos de Buenos Aires, lejos de los teatros donde su padre empezaba a construir una carrera que iba a durar más de seis décadas, lejos de los aplausos y de los premios y de todo lo que rodeó la vida pública de un hombre que ella conocía, pero que no la conocía a ella o que la conocía, pero no del modo en que una hija necesita ser conocida.

Hoy Adriana tiene 67 años. 67 años. más que muchas personas que viven vidas enteras sin cargar con el peso de saber que su padre es famoso, querido por millones, respetado como a pocos y que sin embargo, su nombre nunca apareció en ninguna entrevista, en ninguna nota, en ninguna foto oficial durante décadas.

¿Cómo se vive eso? ¿Cómo se mira la pantalla cuando el hombre que aparece ahí es tu padre y al mismo tiempo es alguien que durante décadas actuó como si vos existieras en un segundo plano? ¿Cómo se explica eso a los propios hijos? ¿Cómo se responde cuando alguien pregunta si sos la hija de Brandoni y uno sabe que la respuesta es sí, pero que ese sí no tiene el mismo peso que el sí de las otras? Esas preguntas no tienen respuesta fácil y probablemente Adriana las haya cargado durante décadas sin que nadie, salvo su

familia más cercana, supiera que existían. Brandoni debutó en el teatro en 1962. Tenía 22 años. Adriana tenía cinco. Al año siguiente debutó en televisión. En 1966 hizo su primera película y desde ahí no paró más. Una carrera que fue creciendo año a año, papel a papel, reconocimiento a reconocimiento, hasta convertirse en una de las figuras más respetadas de la cultura argentina.

Pero en paralelo a esa carrera brillante había una historia que se desarrollaba en silencio. En algún lugar del interior del país, una nena llamada Adriana crecía, iba a la escuela, hacía su vida y sabía, según trascendió, quién era su padre. Sabía que ese hombre que aparecía en la televisión y en los carteles del cine y en las notas de los diarios era su padre.

¿Qué sentía cuando lo veía? Orgullo, dolor, las dos cosas mezcladas de una manera que no tiene nombre. En esos mismos años, Brandoni conoció a Marta Biankey, se casó con ella. Tuvieron dos hijas, Florencia y Micaela. construyeron una familia, una familia que apareció en las entrevistas, en las fotos, en el relato oficial de quién era Luis Brandón y detrás de las cámaras.

Dos hijas, eso decían todas las notas, eso repetían todos los que lo conocían. Eso aparecía en todas las semblanzas sobre su vida cuando preguntaban por su familia, pero eran tres. Y la tercera, la primera en realidad, la que llegó antes que todas, vivía al costado de esa historia. Presente, pero invisible, existente pero no nombrada, real, pero no oficial.

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