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“LE OCULTARON LA VERDAD HASTA EL FINAL”: LO QUE REVELÓ UNA AMIGA DE ANDREA DEL BOCA

Andrea nació en Buenos Aires en octubre de 1965 y a los 4 años, cuando la mayoría de los chicos todavía estaban aprendiendo a atarse los cordones, a dibujar con crayones, a jugar en una plaza sin que nadie los mirara ni los juzgara, ella ya estaba parada frente a una cámara de televisión, memorizando líneas que un adulto había escrito para que ella las dijera con cara de nena buena una y otra vez, hasta que quedaran perfectas.

Debutó en un programa familiar, la familia Falcón, y desde ese momento su vida dejó de pertenecerle del todo. Se especula que esa infancia adelantada, esa exposición temprana frente a millones de personas que la veían crecer semana a semana, fue uno de los primeros capítulos de lo que después la persona cercana describiría con una frase que duele, “Una vida construida para que todos la miraran, menos para que alguien la cuidara de verdad.

No tuvo una infancia común, tuvo ensayos, tuvo estudios de grabación, tuvo aplausos de un público que no conocía personalmente. Lo que no tuvo, dicen quienes la conocieron de cerca en esos años, fue tiempo. Tiempo de ser nena sin que nadie estuviera filmando. Tiempo de equivocarse sin que un noticiero lo contara al día siguiente.

Y esa frase no tuvo tiempo de ser nena quedó grabada en su entorno durante décadas, repetida casi como una explicación silenciosa de todo lo que vendría después en su vida adulta. Quienes trabajaron con ella en esos primeros años de carrera cuentan algo curioso, algo que sorprende incluso hoy, que Andrea, desde muy chica ya sabía actuar mejor que muchos adultos del elenco que la rodeaban, que tenía una capacidad casi antinatural para mostrar en cámara exactamente lo que el guion pedía, sin titubear, sin necesitar

repetir la toma demasiadas veces. El problema, dicen quienes la vieron crecer dentro de los estudios de televisión, es que esa misma habilidad terminó funcionando también fuera de cámara. Aprendió desde muy chica, a mostrar lo que el entorno necesitaba ver y a guardarse para ella lo que realmente sentía. Esto recién empieza y te prometo que la parte que viene ahora te va a sorprender todavía más.

Durante los años 80 y 90, Andrea del Boca dejó de ser una promesa y se convirtió en un fenómeno imposible de ignorar para cualquiera que mirara televisión en esa época. Telenovelas como Estrellita, Celeste y Perla Negra la transformaron en una de las actrices más queridas de toda Latinoamérica, capítulo tras capítulo, año tras año.

 Pero la verdadera dimensión de su fama se entendió en realidad fuera de Argentina, en lugares que ella ni siquiera había pisado todavía. En Italia, sus novelas se emitían con un éxito que pocos actores argentinos lograron repetir antes o después de ella. En México, en Rusia, en distintos rincones del mundo, miles de personas seguían su historia capítulo a capítulo, sin saber una palabra de español más que su nombre, repitiéndolo en la calle como si fuera de la familia, como si la conocieran de toda la vida.

Imagínate eso por un segundo. Una nena de Buenos Aires convertida en un nombre familiar en hogares de Moscú, de Roma, de Ciudad de México, sin entender del todo en ese momento, cómo había llegado tan lejos con una historia tan simple como la de una novela de amor. Acá aparece la primera ironía artística de esta historia y es difícil no detenerse en ella un instante.

Andrea del Boca interpretaba una y otra vez, casi como un sello personal, a mujeres que sufrían en silencio, que disimulaban su dolor frente a los demás, que sonreían en público mientras por dentro se les caía el mundo entero encima. Ese era su personaje de cabecera, el que el público le pedía repetir una y otra vez.

 La mujer fuerte que aguanta, que no llora delante de nadie, que sigue adelante pase lo que pase, sin mostrar jamás la grieta. Personajes de ficción que, según contaría después la persona que finalmente decidió hablar, no estaban tan lejos de lo que la propia Andrea vivía fuera de cámara en su vida real, lejos de los sets de grabación. La actriz que mejor sabía actuar el sufrimiento ajeno terminó siendo, según esta versión, la que mejor sabía esconder el propio sufrimiento de todos los que la rodeaban.

Y hay algo más que esa persona cercana mencionó, algo que pocas veces se cuenta en una nota de espectáculos, que en los rodajes entre toma y toma, Andrea solía quedarse callada mirando hacia un punto fijo en la pared del estudio, como si necesitara unos segundos para volver a ser ella misma antes de tener que sonreír otra vez para una nota de prensa o para un fotógrafo que la esperaba afuera.

Durante esos años, además, su agenda era agotadora de solo imaginarla. Grabaciones que arrancaban temprano y terminaban de noche, viajes de promoción a distintos países, entrevistas en idiomas que apenas entendía, fotos para revistas que después circulaban por el mundo entero sin que ella pudiera controlar del todo cómo se usaban.

Era en todo sentido una máquina de producir contenido en una época donde esa palabra ni siquiera existía todavía. Si esta historia te está atrapando, quédate, porque lo que viene es la parte que casi nadie conoce de verdad. A mediados de los 80, Andrea del Boca empezó una relación con un actor mucho mayor que ella.

 Se llamaba Giian Franco Pagliaro, conocido artísticamente como Silvestre. La diferencia de edad ya generaba ruido en una sociedad que en esa época discutía estas cosas con mucha menos sutileza que ahora, casi sin filtro. Pero lo que terminó de incendiar todo fue otra cosa, algo mucho más grave. Trascendió que Silvestre en ese momento esperaba un tercer hijo con la que todavía era su esposa.

Y aún así abandonó esa relación a esa mujer embarazada por la joven estrella que se estaba convirtiendo en la actriz más vista del país. El escándalo ocupó tapas de revistas durante meses enteros. Una mujer embarazada, abandonada, con ganas de hablar y de contar su versión a quien quisiera escucharla en cualquier programa que la invitara.

Y una Andrea de apenas veinti y pico de años en el centro de una tormenta mediática que ella en gran parte no había elegido del todo y que no sabía bien cómo manejar. Los periodistas de la época, cuenta la persona cercana, especulaban con cada detalle de su intimidad, incluso con el momento exacto en que había perdido la virginidad, como si eso fuera un dato de interés público.

 Mientras ella se mostraba en las revistas con poses que el mercado le pedía, vendiendo una imagen de mujer sensual que muchas veces no se correspondía con lo que sentía puertas adentro de su propia casa. Acá aparece el primer detonador real de esta historia y no es la ambición, según remarca quien finalmente contó todo esto, es la pérdida.

 Porque mientras el país discutía si Andrea era la villana o la víctima de ese romance, repartiéndose en bandos como si fuera un partido de fútbol, ella perdía algo que nunca recuperaría del todo, la posibilidad de vivir un amor de juventud sin que medio país opinara todos los días en cada noticiero sobre su vida privada. La relación con Silvestre duró casi 5 años.

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