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Edith Piaf: The Most Famous Voice in the World… and the Love That Destroyed Her Forever

Esa lección la llevaría siempre grabada en el corazón y explicaría por qué durante toda su vida sintió una compasión tan por los caídos, los despreciados, los que viven en los márgenes, porque ella había sido una de ellos, porque los que el mundo consideraba basura habían sido su familia.

Y en esa casa ocurrió algo que Edit contaría después como un milagro. Siendo niña, quedó ciega. perdió la vista por completo durante varios años, probablemente a causa de una infección grave en los ojos que hoy se trataría en una tarde, pero que en aquella época y en aquella pobreza no tenía cura fácil. Durante ese tiempo, la pequeña vivió a oscuras, una niña ya golpeada por el abandono, ahora también encerrada en la ceguera.

Y las mujeres del burdel, desesperadas por ayudarla, hicieron lo único que sabían hacer. Rezaron, la llevaron en peregrinación a rezarle a Santa Teresa de Licié, la santa de aquella región. Y poco después Edit recuperó la vista. ¿Fue un milagro? ¿Fue simplemente que la infección se curó sola con el tiempo? No importa demasiado.

Lo que importa es lo que esa experiencia dejó en el alma de Edit. Durante el resto de su vida cargó con una fe intensa, casi supersticiosa, y con una imagen de Santa Teresa, que la acompañó siempre hasta el día de su muerte. La niña, que había estado ciega y que había vuelto a ver, estaba convencida de que había sido tocada por algo más grande que ella.

Esa certeza la sostendría en los peores momentos y también quizás la empujaría a creer que podía sobrevivir a cualquier cosa, incluso a lo que no se sobrevive. Cuando Ideth tenía alrededor de 7 años, su padre volvió a buscarla y a partir de ese momento su infancia se transformó en otra cosa, en trabajo. Louis Gion la sacó del burdel y se la llevó consigo por los caminos de Francia, de plaza en plaza, de pueblo en pueblo.

Él hacía sus números de acróbata en el suelo sobre una alfombrilla raída, pasaba el sombrero. Pero un día descubrió que la gente daba más monedas y después de sus contorsiones, la niña cantaba algo. Así que empezó a hacerla cantar. Edit, con nueve o 10 años de pie en medio de un círculo de desconocidos, abría la boca y de ese cuerpo pequeñísimo salía una voz que no encajaba con su tamaño, una voz enorme, ronca, adulta, que hacía que los transeútes se detuvieran.

Esa fue su verdadera escuela. No hubo colegio de música, no hubo profesores de canto, no hubo dinero para clases, hubo hambre, frío y la necesidad urgente de que la gente se emocionara lo suficiente como para soltar unas monedas. Edit aprendió desde niña que su voz era su única herramienta de supervivencia, que si cantaba bien comía y que si cantaba de verdad con todo lo que llevaba dentro la gente no podía apartar la mirada.

Toda su carrera, todo su estilo desgarrado y directo al corazón nació de esa lección brutal aprendida en las aceras. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Con los años, Edith fue creciendo y con ella creció también su necesidad de independencia.

Alrededor de los 15 años se separó de su padre y empezó a cantar por su cuenta en las calles de París. Ya no compartía las monedas con nadie. se juntó con una amiga de su edad, una chica llamada Simone, a la que apodaban Momone y a la que siempre presentaba como su hermana, aunque no lo fuera de sangre, y las dos recorrían los barrios más duros de la ciudad, Pigalle, Montmre, los alrededores de las estaciones, las zonas donde se mezclaban los obreros, los soldados, las prostitutas y los maleantes. Ese era el mundo de Edit, un

mundo de gente que vivía al día, que bebía para olvidar y que a veces se enamoraba entre la basura y el humo. La relación con su padre no era fácil. Luis Gion podía ser un hombre duro, de mal carácter, exigente, más patrón que padre. Le reclamaba a Edit su parte de las monedas, la trataba a veces con severidad y entre ellos había tantas peleas como necesidad mutua.

Edit lo quería y lo temía a partes iguales. Y llegó un momento, en plena adolescencia en que ya no pudo más. Necesitaba respirar. Necesitaba ser dueña de su propia voz y de sus propias monedas. Así que se marchó. En esos años de calle, Edith y Momone formaban una pareja inseparable de chicas pobres que se ganaban la vida cantando de esquina en esquina y que compartían el poco pan, los pocos cigarrillos y las muchas noches sin techo.

Dormían donde podían, comían cuando aparecía una moneda y sobrevivían con esa mezcla de picardía, coraje y desesperación que da la miseria absoluta. Era un mundo peligroso, lleno de hombres que se aprovechaban de las chicas sin protección, de trampas por todos lados, de tentaciones fáciles. Edit conoció ese mundo por dentro, sin adornos.

Conoció el hambre real, la de días enteros sin comer. Conoció el frío de las noches a la intemperie. Conoció a la gente más rota de París. Y de toda esa experiencia sacó algo que ningún conservatorio de música podría haberle dado nunca. la capacidad de cantar el dolor humano, porque lo había vivido en carne propia hasta el último rincón.

Vivía en cuartuchos miserables, en hoteles baratos donde se pagaba por noche, comiendo cuando había con qué. Y en ese ambiente conoció, siendo todavía casi una niña, al primer hombre importante de su vida. Se llamaba Louis Dupong, aunque todos lo conocían como el pequeño Luis. Era un muchacho pobre, un chico de recados.

tan joven y tan desamparado como ella, se enamoraron con la intensidad de los que no tienen nada más que darse. Y de esa relación, cuando Edit tenía apenas 17 años, nació una hija. La niña se llamó Marcele y con su llegada, Edit se enfrentó a una vida que no sabía cómo vivir. Era una madre adolescente, sin dinero, sin casa fija, sin un oficio más allá de cantar en las esquinas.

intentó a su manera ser madre, pero la calle tiraba de ella con demasiada fuerza. No conseguía quedarse quieta en un cuarto cuidando a un bebé mientras el hambre golpeaba la puerta. Necesitaba salir a cantar, a ganar unas monedas, a moverse. A veces se llevaba a la pequeña Marcel consigo por las calles, envuelta en trapos mientras cantaba.

Otras veces la dejaba al cuidado del padre o de alguna casera. La relación con el pequeño Luis se fue deshaciendo, como se deshacía casi todo en aquella vida sin cimientos. Y entonces llegó el golpe, el primero de los muchos golpes verdaderamente insoportables que marcarían la existencia de Editth Piaf. Un día del verano de 1935, cuando Marcel tenía poco más de 2 años, la niña enfermó. Una meningitis.

En aquella época, para una familia pobre, sin acceso a medicinas ni a médicos, ese diagnóstico era prácticamente una sentencia. La pequeña Marcel murió en un hospital de París con apenas 28 meses de vida. Edith tenía 19 años y acababa de enterrar a su única hija. Nunca tendría otra.

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