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Su trabajo era recoger a alguien en el aeropuerto — Y por error terminó recogiendo a un Millonario

 El señor Morel preguntó con voz segura. Aunque por dentro temblaba. “Sí”, respondió él  con una sonrisa educada. “Soy Elena Duarte. Estoy aquí para llevarlo al hotel”, improvisó con tono profesional. Él la observó por un instante  con una expresión que mezclaba curiosidad y un dejo de diversión. Luego asintió.

  “¡Perfecto, gracias, señorita Duarte.” Elena lo condujo hacia el exterior. El viento helado de Toronto les golpeó el rostro  al salir. La nieve caía en pequeños copos que se deshacían sobre su abrigo. Estacionado cerca del borde de la acera, un sedán modesto los esperaba.

 No era un auto de lujo, pero al menos estaba limpio. Lo había conseguido prestado por un amigo que trabajaba en un servicio de transporte. Una vez dentro, el aire caliente del auto tardó unos segundos en encenderse. Elena  ajustó los espejos con nerviosismo y se incorporó al tráfico. Durante un rato solo se escuchaba el murmullo de los autos en la autopista.

¿El vuelo fue cómodo?, preguntó al fin  buscando romper el silencio. Lo fue, gracias, respondió él con voz tranquila,  grave y una pronunciación precisa. Me alegro. Elena sonrió con timidez. No suelo hacer esto, la verdad.  ¿Trabaja para el grupo de inversión? No, no rio suavemente. En realidad soy maestra de arte para niños,  pero mi prima me pidió el favor.

 No sé decirle que no. Adrián giró la cabeza hacia ella intrigado. Arte. No lo habría imaginado. Sí. Pinto cuando puedo pagar los materiales”,  dijo en tono medio burlón, medio resignado. Por primera vez él sonrió, una sonrisa  corta pero genuina. “La familia sabe convencer”, comentó. Elena soltó una leve risa y por primera vez desde que llegó al aeropuerto se sintió un poco más tranquila.

La autopista los  llevó hasta Downtown Toronto, donde los edificios brillaban con reflejos blancos del atardecer. Al llegar al hotel, Elena estacionó y bajó a ayudarlo con el equipaje. “Gracias por su paciencia, señor Morel”, dijo con una sonrisa sincera. “Que tenga una buena estancia.

” Él tomó su maleta, pero antes de que ella pudiera despedirse,  la detuvo. “¿Le gustaría tomar un café antes de irse? Hace frío afuera  y no me gustaría que conduzca con el estómago vacío. Elena se quedó congelada por un segundo.  No esperaba eso. Bueno, supongo que un café no hace daño  respondió con una sonrisa nerviosa.

Entraron al restaurante del hotel. El ambiente era cálido, con luz tenue y el olor a café recién molido. Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Durante unos  minutos apenas hablaron, solo el tintinear de las tazas y el sonido suave de la música llenaban el espacio. Adrián la observaba con discreción.

Había algo en esa mujer.  No era solo su sonrisa o la forma en que hablaba, sino la naturalidad con la que parecía ajena a su propio encantó. “Entonces enseña arte”, comentó  él finalmente. Eso requiere paciencia. Y café, respondió ella riendo. Mucho café. Él sonrió. Tiene suerte de dedicarse a algo  que ama.

 A veces, dijo Elena mirando su taza. Pero también es difícil. No siempre hay dinero para materiales  o clases. Adrián la escuchaba con atención, sin interrumpirla. Estaba acostumbrado a reuniones llenas de cifras,  estrategias y promesas vacías, pero escucharla hablar de sueños lo hacía sentir  humano.

 Cuando terminaron, ella se levantó para despedirse. Gracias por el café, señor Morel. El placer fue mío, Elena. y por primera  vez dijo su nombre sin formalidades. Cuídese en el camino. Esa noche,  en su pequeño departamento en Scarbero, Elena no podía dormir. Se sentó en la cama con su cuaderno de dibujo abierto y comenzó  a trazar el perfil del hombre que había conocido por error.

 Cada línea del rostro de Adrián parecía tener vida propia,  sereno, distante y a la vez cálido. “Ridícula, se dijo a sí misma entre risas. Solo fue amable. Eso es todo. Pero no pudo evitar pensar en él mientras miraba por la ventana donde la nieve seguía cayendo. A la mañana siguiente, el reloj marcaba las 7:45 cuando Elena dio un salto de la cama. “¡Voy tarde!”, gritó.

 Su turno en la cafetería comenzaba en 30 minutos. Corrió a vestirse,  metió su cuaderno en la bolsa y salió apresurada con el viento helado golpeándole la cara. El café olía a pan tostado y expreso cuando llegó. Buenos días, Elena. Otra vez tarde. Dao  Carla, su jefa, cruzada de brazos. Lo sé, lo siento.

 El tren se detuvo un rato respondió  mientras se ponía el delantal. Anda, la máquina de café está fallando. I a sala de respaldo y no olvides rellenar las tazas de la mesa. Cuatro. Elena trabajó sin parar durante horas, sirviendo  bebidas, limpiando mesas y escuchando pedido sin fin. Cuando por fin tuvo un descanso, se sentó junto a la ventana del fondo y abrió su cuaderno.

 Entre  pedidos y bandejas, agregó detalles al retrato de Adrián. Su compañera Jimena se asomó  detrás de ella. ¿Quién es ese?, preguntó divertida. Nadie. Elena cerró el cuaderno rápido. Nadie. Eh, río Jimena. Tiene cara  de alguien. Elena se sonrojó. Es solo un dibujo. Jimena levantó una ceja con picardía y se alejó.

Elena suspiró observando  por la ventana como el sol del mediodía se reflejaba en los charcos congelados. Lo que no sabía era que en ese mismo momento, desde una oficina con vista al centro de Toronto, Adrián Morel observaba la ciudad con una taza de café en la mano. En el escritorio, frente a él, había una servilleta con notas de su próxima reunión y, junto a ella, un boceto rápido que había hecho sin pensarlo, una mujer rubia sentada frente a una ventana con una taza entre las manos. Sin entenderlo del todo, sonrió.

Tres días después, la nieve había cesado, pero  el frío aún mordía el aire de Toronto. Elena caminaba por el mercado al aire libre de su vecindario en Scarberow, con una bolsa de lona donde llevaba unos pocos pinceles,  un par de tubos de pintura y un blog nuevo. Había gastado casi todo lo  que tenía, pero al menos eso le bastaría para seguir dibujando otra semana.

 Encontró un banco en un pequeño parque  cercano, limpió con la mano la fina capa de nieve y se sentó. Abrió su cuaderno y comenzó a trazar figuras de los transeútes, una madre apurada, un anciano con su perro, un grupo de estudiantes riendo bajo el aliento visible del invierno. Cada línea  que dibujaba parecía devolverle calma, como si el lápiz hablara por ella.

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